Autor e ilustrador: Antoine de Saint-Exupéry
Traductora: Joëlle Eyheramonno Fouché
Editorial: Kalandraka, 2025
Edad recomendada: para todas las edades
Este estuche de El Principito con dos volúmenes terminó de imprimirse el 2 de septiembre de 2025, y no es una fecha arbitraria: ese mismo día, ochenta años atrás, terminaba la Segunda Guerra Mundial. Un guiño editorial, un colofón bien traído (ojalá más libros con colofones) que subraya lo que esta edición viene a decirnos: El Principito no nació de la nada, sino en pleno horror bélico, en el exilio neoyorquino de un aviador cuyo destino estaba ligado a esa guerra. Si Antoine de Saint-Exupéry no hubiera pilotado ese avión Lightning, si no hubiera conocido el exilio, la pregunta que lo atormentaba (“¿Qué se puede, qué hay que decir a los hombres?”) probablemente nunca habría encontrado respuesta. Y no tendríamos este libro.
Kalandraka presenta una edición que no es simplemente otro Principito más en el mercado tan poblado de reediciones y versiones, ahora que los derechos del texto han entrado en dominio público. Es, en realidad, un estuche con dos obras: una de ellas, el relato que conocemos, fiel a la edición neoyorquina de 1943, con cubierta en papel gofrado y esas acuarelas míticas. La otra obra, un volumen en rústica escrito por la traductora Joëlle Eyheramonno Fouché, titulado La cara oculta de los dibujos del principito, que es donde esta edición marca la diferencia. Porque, según nos cuenta la traductora, aquellas ilustraciones aparentemente ingenuas —el sombrero que no es un sombrero, la rosa bajo su fanal, el zorro entre las espigas— esconden un segundo nivel de lectura que transforma por completo nuestra manera de entender la obra.
Saint-Exupéry, aviador y héroe de guerra, autor serio conocido por Vuelo nocturno, Tierra de los hombres y el comprometido Piloto de guerra, sorprendió a todos en 1943 publicando un relato infantil. La crítica se rascó la cabeza. Un cuento de apenas cien páginas sobre un piloto que aterriza de emergencia en el desierto y se encuentra con un niño venido de un asteroide. El desconcierto fue mayúsculo. Nadie esperaba aquello de él. Pero el libro nunca fue solo para niños. Era, como afirma la traductora, un acto de resistencia poética disfrazado de fábula: un grito que buscaba la reacción de sus compatriotas para que miraran a las cosas que realmente importan.
Joëlle Eyheramonno desvela que cada dibujo funciona como un jeroglífico biográfico, una crónica cifrada de la vida del autor en plena debacle. Tomemos la ilustración del capítulo XX, esas rosas dispuestas en un muro. Para la traductora, es la más importante del libro: vista con los ojos de un adulto muy bien informado, reproduce el mapa de las playas del desembarco de junio de 1944. El Principito está de pie sobre la arena —como la que había en aquellas costas normandas—, y las rosas de la izquierda tienen un tono distinto a las de la derecha, marcando el territorio aún ocupado por los alemanes. Pero ¿cómo es posible que en un libro escrito en 1942 y publicado en 1943 aparezca una operación militar de 1944? La respuesta que nos da Eyheramonno desmontaría las acusaciones que sus compatriotas le lanzaron: Saint-Exupéry conocía los planes del desembarco, había aportado su experiencia del litoral francés a la causa aliada. Y esos dibujos lo demuestran.
Esta lectura arqueológica de las ilustraciones resulta fascinante porque nos obliga a repensar toda la estructura del libro. El texto narra la historia de un niño de ficción, su doble inocente, su propia infancia recuperada; los dibujos contienen la crónica visual más íntima de su autor, a veces con un humor sutil, siempre con detalles sorprendentes que documentan una época sombría. “Las cosas no suelen ser lo que parecen”, advierte Saint-Exupéry en las primeras páginas con aquel elefante dentro de una boa que todo el mundo confunde con un sombrero. “Los adultos nunca entienden nada por sí solos y los niños acaban hartos de tener que estar dándoles más y más explicaciones”. La frase adquiere ahora un nuevo significado: el autor nos estaba pidiendo que miráramos más allá del sombrero, que buscáramos el elefante. Nos lo dijo desde el principio.
El estudio de Eyheramonno explora también la intrahistoria de la publicación, la correspondencia con los editores, las tensiones creativas, las negociaciones difíciles. “Me costó mucho convencer a mis editores de que la historia debía terminar con la muerte del Principito”, confesó el autor. Este detalle ya nos avisa de que Saint-Exupéry jugaba a otro nivel. Insistió en que texto e imágenes eran inseparables, en que cada ilustración debía tener su tamaño exacto, su colocación precisa, sus leyendas en el lugar correcto. Los dibujos no decoraban la historia: eran la historia paralela, la oscura, la que hablaba de guerra y muerte y resistencia mientras el Principito conversaba con zorros y flores. Este animal, de hecho, se ha interpretado a menudo como una alusión a la Resistencia Francesa o aquellos amigos que, en la clandestinidad, mantenían viva la humanidad.
Lo sorprendente es que esta visión pesimista Saint-Exupéry se presenta envuelta en ternura. Ahí reside el verdadero genio de esta obra: su capacidad para contener dos discursos simultáneos sin que ninguno anule al otro. El joven lector lee una fábula sobre la amistad y lo esencial invisible a los ojos; el adulto lee una elegía, una despedida, casi un testamento.
El estilo narrativo es de una simplicidad engañosa, con la voz del aviador melancólico que ha olvidado cómo ser niño y que recupera esa mirada a través de su doble de ficción. El lenguaje es accesible y fluido, lo que garantiza su perdurabilidad y su capacidad para emocionar a cualquiera. La nueva traducción de Eyheramonno mantiene esa musicalidad que exige el texto, esa cadencia agridulce y melancólica.
El libro termina (spoiler) con la muerte del Principito, metáfora de la muerte del propio autor, cuyo avión desapareció en el mar en julio de 1944. En 2008, un piloto alemán confesó haber derribado un Lightning, disparándole en las alas. El ensayo incluye esta dolorosa crónica del descubrimiento de los restos del avión y la confesión del piloto, un cierre trágico que nos recuerda el sacrificio personal del autor en el conflicto. Junto a ello, una cronología detallada de Saint-Exupéry y su tiempo, desde su nacimiento en 1900 hasta la publicación póstuma de Ciudadela (Citadelle) en 1948, cierra el conjunto.
Eyheramonno propone hipótesis, contextos, posibilidades, interpretaciones, unas más plausibles que otras. El lector es libre de aceptarlas o rechazarlas, pero ya no podremos mirar los dibujos con la misma ingenuidad. Una vez que sabes que aquellas rosas pueden ser las playas de Normandía, el libro entero cambia. Es un antes y un después entender que aquel aviador-escritor no nos dejó un cuento bonito sino un mensaje cifrado: que en tiempos de horror hay que seguir mirando las cosas importantes, las que no se ven pero están. Que la esperanza puede esconderse dentro del pesimismo, como un elefante dentro de una serpiente. Y que los dibujos también cuentan historias, a veces más verdaderas que las palabras.
En resumen, este estuche de Kalandraka rescata para el lector contemporáneo un libro imprescindible y también las claves de su génesis, el contexto de su creación, la biografía escondida en cada dibujo. Una edición que tiene un componente académico pero que no renuncia a la belleza, y amplía nuestra comprensión del clásico sin destruir su magia. No es solo una reedición para coleccionistas, sino una invitación a releer con nuevos ojos, a desentrañar el genio de este autor.
Porque El Principito seguirá siendo, incluso después de conocer todos sus secretos, un libro inexplicable: pequeño y enorme, sencillo y complejo, infantil y adulto, desesperado y esperanzador. Como su autor, que pintaba rosas mientras el mundo ardía.



