“Bibliomanía”, el primer cuento de Flaubert

Autor: Gustave Flaubert
Traductora e ilustradora: Saru Hernández
Editorial: Diego Pun Ediciones, 2026
Edad recomendada: A partir de 12 años

Hay una historia —no sabemos si real o no— que circuló por Barcelona a mediados del siglo XIX y que acabó llegando a oídos de un adolescente llamado Gustave Flaubert (1821-1880). La recogió de las páginas de La Gazette des Tribunaux: un monje exclaustrado del monasterio de Poblet, que tras la destrucción del cenobio en 1835 se había instalado en Barcelona como librero de viejo, había ido asesinando a sus propios clientes para recuperar los volúmenes que les había vendido. Lo más perturbador del caso no era la serie de crímenes, sino lo que ocurrió cuando el monje fue capturado: no mostró arrepentimiento alguno por los muertos, pero cayó en la mayor desesperación al enterarse de que el libro que creía único tenía otras copias. Eso —y no la sangre derramada— fue lo que lo destruyó.

El 12 de febrero de 1837, Flaubert publicó su versión de esta historia en Le Colibri de Rouen, firmada únicamente con la inicial F. Tenía quince años. Este texto, Bibliomanie, es hoy considerado el primer cuento publicado por el autor de Madame Bovary, aunque durante décadas se atribuyó ese honor a otro texto aparecido un mes después en la misma revista. Esta edición de Diego Pun, ilustrada por Saru Hernández, lo rescata para un público juvenil con una nueva propuesta visual y editorial.

No es la primera vez que el relato llega al lector hispanohablante. Gadir lo publicó en su colección El Bosque Viejo con ilustraciones de Marcos Morán, y El Desvelo lo incluyó en una recopilación de obras de juventud flaubertianas junto a otros tres relatos escritos por el autor entre los quince y los dieciocho años. Pero la propuesta de Diego Pun, con tapa dura, formato generoso (17,5 x 24 cm), 64 páginas, y las ilustraciones de Saru Hernández, le dan al texto una dimensión visual nueva. La edición original en francés ya conoció adaptaciones llamativas: en 1924, el bibliófilo catalán Ramon Miquel y Planas publicó bajo el título El llibreter assassí una versión que el propio autor definía como “más un arreglo que una traducción”, en la que catalanizó nombres, escenarios y referencias bibliográficas para acercar la historia al lector local. El texto de Flaubert, en definitiva, lleva casi dos siglos provocando reinterpretaciones, y la de Diego Pun es la más reciente y, en términos visuales, probablemente la más ambiciosa.

El argumento arranca de ese suceso que comentábamos al principio: la historia del librero asesino se instala en una Barcelona que Flaubert, que nunca había pisado la ciudad, construye de manera deliberadamente gótica y tópica, con nombres de personajes más italianos que catalanes —Giacomo, el librero; Baptisto, su última víctima— y una geografía urbana que debe más a la imaginación romántica que a la realidad. El joven Flaubert no parecía muy preocupado por la verosimilitud geográfica ni por la realidad catalana. Eso, lejos de ser un defecto menor, acaba siendo un rasgo que define el relato: Bibliomanía no es una crónica de costumbres sino una fábula sobre la obsesión, y la Barcelona neblinosa y gótica que inventa Flaubert es exactamente el escenario que necesita esa fábula.

 

Giacomo es un librero cuya relación con los libros no tiene nada que ver con el amor a la lectura ni a las ideas. Para él, cada volumen es un objeto de deseo casi físico, algo que se posee, se acumula, se codicia. Hay en este personaje una especie de fetichismo que Flaubert dibuja sin concesiones: no es un bibliófilo excéntrico con sus manías encantadoras, sino alguien cuya obsesión lo va vaciando por dentro hasta que el deseo de posesión lo arrastra hacia lo irreparable. No desvelamos más, pero quien espere una historia costumbrista sobre libreros simpáticos se va a llevar un susto considerable.

Lo que impresiona, dado que hablamos de un adolescente escribiendo esto, es la madurez con la que Flaubert construye la psicología del personaje. Giacomo no despierta simpatía, pero tampoco resulta un villano de cartón; es algo peor: alguien perfectamente reconocible en su lógica interna, aunque esa lógica conduzca al abismo. Esta capacidad para trazar personajes moralmente perturbadores pero internamente coherentes es exactamente lo que Flaubert desarrollaría años después en Madame Bovary o en La educación sentimental. Los gérmenes están ya aquí, en esta Barcelona decimonónica que parece sacada de una pesadilla romántica.

El estilo del texto original es bastante deficiente para lo que sería el Flaubert adulto, y contiene torpezas de las que el escritor maduro se habría avergonzado. El tono narrativo es tenso, casi claustrofóbico, y la tensión no proviene de la sorpresa sino del crescendo de la obsesión. Para lectores de 12 años en adelante, el reto no es exactamente fácil, pero tampoco imposible.

Saru Hernández, ilustradora canaria formada en la Universidad de Swansea (Gales) y con un máster en Ars in Fabula en Italia, conjuga la formación académica con una sensibilidad visual muy personal, influida por sus orígenes en el sur de Tenerife y por referentes que van desde Cicely Mary Barker hasta la acuarela tradicional. Sus ilustraciones para este libro tienen entidad propia, reinterpretan la intensidad emocional del relato y funcionan como contrapunto de esa oscuridad que Flaubert insinúa. El resultado es una conversación entre dos épocas y dos sensibilidades.

Para quienes ya conocen el relato en versiones anteriores, esta edición tiene un nuevo atractivo visual y un formato generoso. Para quienes lleguen a Flaubert por primera vez a través de estas páginas, el desconcierto puede ser considerable: descubrir que el autor de Madame Bovary escribía así a los quince años, y que el primer texto que publicó trataba de un librero asesino en una Barcelona inventada, es, como mínimo, curioso.

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