Una joya en 3D: “Pataslargas y el misterio de las profundidades”

Autor e ilustrador: Matthias Picard
Editorial: Fulgencio Pimentel, 2025
Edad recomendada: A partir de 6 años

Pocos libros requieren ponerte unas gafas bicolor para sumergirte en ellos. Pataslargas y el misterio de las profundidades es uno de esos raros ejemplares. Matthias Picard regresa con una nueva aventura tridimensional que nos lleva a las entrañas de la tierra con la misma originalidad visual con la que antes nos zambulló en el océano y la selva.

Este álbum es la tercera entrega de una trilogía que Fulgencio Pimentel ha venido publicando en los últimos años. Primero llegó Curiosón (Jim Curious en el original francés), donde un escafandrista decimonónico exploraba los fondos marinos. Después vino Jim Curious. Viaje a través de la jungla, donde el mismo personaje se adentraba en la espesura tropical.

Ahora, con Pataslargas y el misterio de las profundidades —originalmente Jean-Jambe et le mystère des profondeurs, publicado por Éditions 2042 en Francia en 2024—, Picard cierra el círculo con un descenso al mundo subterráneo. Tres elementos, tres aventuras, un mismo espíritu: el asombro ante lo desconocido. Cada libro funciona de manera independiente, así que no es necesario haber leído los anteriores para disfrutar este.

Matthias Picard (Reims, 1982) es un creador difíciles de etiquetar. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Estrasburgo, su trayectoria arranca en el underground del fanzine francés —Troglodyte, Écarquillettes— antes de publicar su primera novela gráfica, Jeanine, con L’Association en 2011.

Pero fue con la serie de Jim Curious cuando encontró su lenguaje más personal: la técnica del anaglifo aplicada al libro ilustrado. Este procedimiento superpone dos imágenes ligeramente desfasadas para crear profundidad mediante gafas con filtros rojo y azul. Lo que en otras manos podría ser un truco simple, Picard lo convierte en poesía visual.

La historia arranca con una premisa sugerente: una cuerda aflora en la superficie del agua. Sobre su barca, un ser extraño —todo extremidades largas, orejas de conejo y nariz prominente— tira de ese hilo para ver adónde conduce. La cuerda lo lleva hasta una isla, y de ahí, siguiendo ese cordón umbilical narrativo, Pataslargas (Jean-Jambe en el original, nombre que alude a sus piernas características) se adentra en las profundidades terrestres.

No hay palabras en este viaje, solo imágenes en tres dimensiones: simas calcáreas, bosques de cristal, murciélagos que vuelan hacia el lector, tormentas que sacuden la página. El personaje atraviesa cuevas, se desliza por paredes minerales y se encuentra con formaciones geológicas que parecen catedrales de la naturaleza.

Lo fascinante de este libro no está tanto en lo que cuenta como en cómo lo cuenta. Picard trabaja como un director de fotografía: juega con las distancias focales, utiliza la fotografía macroscópica, construye dioramas con yeso y captura en primer plano minerales reales —cuarzo, calcita, moluscos, erizos fósiles— procedentes de las colecciones del Museo de Historia Natural de Aix-en-Provence.

Cada imagen es un collage entre lo fotográfico y lo dibujado (que generalmente ocupa un primer plano en línea negra), entre lo natural y lo artificial. El resultado es alucinante: los decorados poseen una textura orgánica que es difícil alcanzar con el dibujo tradicional. Cristales que parecen brillar verdad, piedras que parecen pesar, hongos que parecen palpitar. De hecho, el final del libro, que no vamos a revelar, es la gran sorpresa de un mago que ha hecho un truco maravilloso.

La técnica del anaglifo, que parece cosa de otros tiempos, cobra aquí una dimensión cinematográfica. Picard, además de generar sensación de profundidad, construye planos, maneja el claroscuro, orquesta el movimiento del ojo del lector. Hay páginas donde Pataslargas parece a punto de salirse del libro; otras en las que las cavernas se hunden hacia el infinito. Es un libro que exige ser mirado con atención y con cierto vértigo.

El personaje de Pataslargas funciona como contrapunto perfecto a tanta suntuosidad visual. Con su diseño minimalista —casi un garabato animado—, aporta humanidad a ese universo mineral. Sus grandes orejas le dan movimiento, su nariz larga orienta la mirada, sus extremidades filiformes lo convierten en una especie de Quijote espeleológico. Su curiosidad es el motor narrativo. Y esa cuerda que aparece página tras página es el hilo que nos mantiene unidos a lo familiar mientras exploramos el misterio.

En este libro no hay villanos que vencer ni tesoros que encontrar. Solo hay un recorrido a través de espacios imposibles. Picard recupera algo del espíritu de Jules Verne —la analogía con Viaje al centro de la Tierra es evidente— pero traducido a una mirada contemporánea que privilegia la experiencia sensorial sobre la narrativa convencional. No importa tanto el destino como el camino.

Para los más pequeños, es una aventura visual repleta de sorpresas: murciélagos que salen volando, tormentas eléctricas subterráneas, paisajes alienígenas, y por encima de todo, una sensación de profundidad que las sorprende y fascina. Para los adultos, es una reflexión sobre cómo convertir lo minúsculo en monumental, cómo una piedra cualquiera puede transformarse en montaña si se fotografía desde el ángulo correcto. El propio autor confiesa, con un toque infantil, que sigue considerando los guijarros como tesoros.

El formato del libro permite que las imágenes respiren y que se pueda disfrutar la profundidad tridimensional en todo su esplendor. Un detalle especialmente acertado: el libro incluye dos pares de gafas anaglifas en su interior, invitando a la lectura compartida. Ver este libro es una experiencia que mejora en compañía, comentando cada escena. Las sesenta páginas pasan volando, aunque la posibilidad de volver atrás para revisar los detalles hace que la lectura se alargue todo lo que queramos.

Pataslargas y el misterio de las profundidades es, en definitiva, una celebración del libro como objeto físico, como experiencia táctil y visual. Es un recordatorio de que todavía hay espacio para el asombro en un mundo saturado de pantallas.

Cuando cierras la última página y te quitas las gafas, el mundo cotidiano parece un poco menos mágico. Pero entonces recuerdas que bajo nuestros pies siguen existiendo esas profundidades insondables, esos mundos paralelos esperando a ser explorados. Y eso, precisamente, es lo que hacen los grandes libros infantiles: nos enseñan a mirar el mundo con otros ojos.

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