“Una vuelta al año”, un álbum redondo

Autora e ilustradora: Mariana Ruiz Johnson
Editorial: Kalandraka, 2026
Edad recomendada: A partir de 3 años

Cuando Mariana Ruiz Johnson explica el origen de Una vuelta al año, habla de una serie de pequeños dibujos que publicaba en Instagram casi por diversión, registros cotidianos vinculados a las estaciones del año que tituló «Pequeños lujos»: desayunar un helado en pleno verano, encontrarse con la lana de los abrigos en otoño, atravesar un remolino de hojas… Ese registro, según dice, la ayudó a ser consciente de las cosas que cada estación nos ofrece y de la naturaleza cíclica del año. De ese hábito nació este álbum redondo y lleno de detalles divertidos y emotivos.

Una vuelta al año llega a las librerías en castellano de la mano de Kalandraka apenas unos meses después de que la canadiense Greystone Books lo publicara en inglés con el título All Around a Year. No hay traductor porque el libro fue concebido directamente en español por su autora, y llega además en versión gallega, catalana, euskera y portuguesa.

Mariana Ruiz Johnson nació en Buenos Aires en 1984 en el seno de una familia de libros: su padre trabajaba en una editorial y a veces la llevaba consigo; su madre ilustraba para revistas y libros infantiles. En casa siempre hubo bibliotecas y útiles de pintura. No sorprende, entonces, que desde pequeña se pasara el día dibujando, ni que terminara estudiando Artes Visuales en La Boca y luego ilustración en Sótano Blanco (San Telmo). Hoy compagina su trabajo creativo con la docencia en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, y sus libros se han publicado en Europa, Asia y América Latina.

Entre sus influencias confesas está Richard Scarry, cuyo universo de animales antropomorfos en ciudades bulliciosas reconoce que le influye mucho; y Quino, el autor de Mafalda, del que aprendió a acercarse a la imagen con humor e inteligencia. También ha citado a Wes Anderson y Pedro Almodóvar como referencias visuales, por su capacidad de construir un imaginario personal reconocible donde el color y la composición están al servicio de la historia. El arte popular y folklórico de México, el rock, la moda y, sobre todo, la observación de sus hijos y sus amigos completan sus fuentes de inspiración.

Este libro sigue a una familia de ratones humanizados a lo largo de un año completo, desde el arranque del invierno hasta las celebraciones navideñas, para volver a empezar con el comienzo de un nuevo año. Sin mencionar los meses por su nombre, tan solo las estaciones (tengamos en cuenta que los meses y las estaciones no coinciden en los dos hemisferios), la narración avanza siguiendo la lógica del clima y las actividades asociadas a él: la nieve y el refugio del hogar en invierno, la floración y los paseos en primavera, los baños en la piscina y la playa en verano, la vuelta a los abrigos y a la casa en otoño. Es una estructura circular: el libro no tiene final en sentido convencional; termina donde empezó, pero con la certeza de que algo ha cambiado entre medias.

Lo que a priori podría haber sido un repaso convencional de las cuatro estaciones se convierte en algo bastante más interesante. La identificación del lector se refuerza con el uso de la segunda persona. Ese «tú» es un recurso que funciona muy bien: de repente el libro no habla de los ratones sino de quien lee, y las experiencias narradas —ponerse un jersey que pica, tirarse a la piscina con miedo y salir triunfante, la necesidad inexplicable de comerse un helado en cuanto aprieta el calor— se convierten en memoria propia.

La estructura interna del libro alterna viñetas de cómic con bocadillos de diálogo, páginas de texto más convencionales y composiciones visuales dobles, todo enlazado por la frase recurrente «y los días van pasando…». Pero una de las grandes virtudes del libro no está en las palabras, sino en los detalles de cada escena. Las ilustraciones de Ruiz Johnson están plagadas de guiños que amplían, matizan o contradicen con gracia lo que dice el texto: un personaje secundario que aparece sistemáticamente en situaciones absurdas, un objeto que reaparece de escena en escena con una lógica propia, pequeños chistes visuales que solo descubrirás en la segunda o la tercera lectura. Ese doble nivel de lectura —el texto para quien escucha, los detalles para quien mira— hacen que este tipo de álbumes sean ideales para la lectura en voz alta: cada uno encuentra cosas distintas, y eso puede dar lugar a conversaciones, preguntas…

Hay, de postre, una historia que el texto no cuenta pero que las imágenes sí, y que el lector deberá descubrir por sí mismo en la última escena (o antes, si ha sido muy observador). Si al llegar al final te tomas un momento para comparar ese primer invierno con el que cierra el libro —aparentemente idéntico, la misma familia, el mismo frío, las mismas rutinas— verás que algo muy importante ha cambiado. Esa pequeña revelación visual es, quizás, lo más emocionante del libro, y lo que mejor resume su tesis de fondo: el tiempo pasa, las estaciones se repiten, pero nada vuelve a ser exactamente lo mismo.

El humor es uno de los pilares del libro. Un humor de observación, el que nace de reconocer algo verdadero y ridículo al mismo tiempo: la cara que pone un niño cuando le dicen que ya toca bañarse, la lógica aplastante con la que un adulto explica algo que no tiene ningún sentido, el caos perfectamente orquestado de una reunión familiar. Ese tono hace que la sonrisa no abandone al lector en ningún momento. El libro es muy realista en su manera de retratar la vida familiar —con sus tensiones, sus rituales, sus pequeñas alegrías y sus momentos de absurdo— y eso no cambia por el hecho de que sus protagonistas sean ratones con orejas de tamaño generoso. Al contrario: la distancia que da la animalización permite observar la condición humana con la perspectiva justa para que resulte más divertida.

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