Título: La chica que hablaba oso
Autora: Sophie Anderson
Ilustradora: Kathrin Honesta
Traductora: Silvia Moreno Parrado
Editorial: Errata Naturae, 2024
Edad recomendada: a partir de 10 años
Yanka vive con su madre adoptiva, Mamochka muy cerca del Bosque de las Nieves, en un pueblo en el que cada vez se siente más extraña. Tiene vagos recuerdos de la niña que fue criada por una osa, y del día en que se quedó dormida en los brazos de su madre cuando la recogió de esa osera en la que vivía. Pocos recuerdos más tiene y eso la atormenta porque se sabe diferente al resto de los niños del pueblo, y porque no sabe quiénes fueron sus padres. Si la quisieron y la perdieron, si no la quisieron y la abandonaron…
Solo sabe que su familia la componen Mamochka, Sasha –su único amigo–, y Anatoly, que cuando regresa de una de sus expediciones le cuenta historias preciosas sobre princesas, osos y dragones en las que ella cree adivinar las respuestas a todas sus preguntas.
—Mis historias encierran algo de verdad —susurra Anatoly, que me acerca un pryanik. Sonrío y le doy un bocado a la galleta. Y él empieza su relato, como hace siempre, con «érase una vez…».
Pero un día, tras intentar escalar la muralla de hielo que han hecho los niños para jugar, Yanka se cae desde una altura considerable. Algo muy grave ha debido suceder porque ha perdido la consciencia y cuando despierta… ¡Ay, no puede ser!
Con las manos temblando, me subo la falda, Las botas no se acaban. Me sobrepasan los tobillos y las rodillas. La sangre se me va del rostro y el corazón me golpetea el pecho. No son botas. Ni pantalones. Son mis piernas.
Sus piernas se han convertido en unas gruesas patas de osa con pezuñas y todo. ¿Qué está pasando? ¿Cómo puede ser que esté sucediendo esto precisamente ahora? Es cierto que llevaba un tiempo sintiéndose rara, parecía incluso entender lo que hablaban los árboles, el viento, y lo que le decían los animales… Pero es que ahora… ¡Hasta entiende las protestas de Ratonero, su comadreja domesticada!
Sí, la vida de Yanka no volverá a ser la misma. Decide dejarse guiar por su instinto y adentrarse en el Bosque de las Nieves acompañada de Ratonero y allí vivirá aventuras con las que nunca habría soñado, enfrentándose a lobos hambrientos, brujas, dragones, y sobre todo conocerá la maldición que pesa sobre su familia ¿Quién es Yanka? ¿Osa o humana? Y lo que es todavía peor, una vez rota la maldición, tendrá que tomar una difícil decisión… ¿Qué elegirá?
Sophie Anderson es galesa pero creció escuchando las historias que su abuela (de origen prusiano) le contaba, historias siempre relacionadas con leyendas eslavas. De ahí que en su primer libro, La casa con patas de gallina (Planeta 2020), y ahora en este delicioso La chica que hablaba oso (Errata Naturae 2024), las referencias sean constantes a la tradición cultural eslava: la Baba Yagá y su casa con patas de gallina, el simbolismo del oso como animal totémico, el tilo como árbol sagrado, la presencia constante de los impresionantes bosques nevados, los lobos… Todo ello narrado de forma espléndida y magníficamente documentado.
Llevamos aquí dos semanas y sigo sin haber visto a ningún ser vivo. En cuanto a los muertos, por supuesto que he visto muchos. Vienen a visitar a Baba y ella los guía para cruzar el Portal.
Este extracto corresponde al primero de los libros que he mencionado y en el que Marinka, la protagonista, presenta la casa con patas de gallina rodeada de una cerca de huesos en la que vive con su madre, y de paso hace mención al trabajo que realiza en ella: acompañar a los muertos en su paso a la otra vida.
Baba dice que la cerca es importante para impedir que pasen los vivos y para guiar a los muertos, pero esa no es la razón por la que la arreglo. Me gusta trabajar con los huesos porque mis padres los tocaron alguna vez hace mucho tiempo, cuando construían cercas y guiaban a los muertos.
Podría parecer que un libro donde se habla todo el tiempo de muertos no es el más indicado para niños, pero teniendo en cuenta que a estos se les ha inculcado que les encanten las tradiciones importadas desde América, y se les anima a vestirse de esqueletos, brujas, se les regala caramelos en forma de cerebro y se les lleva a fiestas donde todo está rodeado de telarañas, sapos y culebras… ¿Qué hay de malo en que lean historias donde las almas son guiadas hasta el «otro lado» y se fabriquen cercas con huesos?
Y no solo eso, es que además hay otro punto en favor de estas dos historias, con ellas el lector aprende mucho, no solo de leyendas también de tradiciones culturales, incluidas palabras, nombres, guisos y costumbres. «—Te ves adorable, mi pchelka», le dice la madre de Marinka. Pchelka es una palabra rusa y su significado es «abeja».
Palabras como shchi (sopa con col), borsch (sopa de remolacha), kvas (bebida tradicional), trost (bebida alcohólica que se ofrece a los muertos), Baba Yagá (bruja)…
¿Quién es esa Baba que aparece en los dos libros? ¿Qué significado tiene? Baba Yagá es una bruja del folclore eslavo que vive en una cabaña escondida en el bosque, es una de las figuras más famosas de los cuentos populares, y más terroríficas también hay que decirlo. Baba Yagá es un ser perverso y cruel que come personas, especialmente niños.
La gente del pueblo cuenta historias sobre las yagas, unas brujas que viven en casas con patas de gallina rodeadas de cercas de cráneos y huesos. Según dice, se comen a los niños perdidos y les roban el alma.
Yanka, la protagonista de La chica que hablaba oso, no las tiene todas consigo cuando se encuentra en el bosque con Elena y su madre Valentyna. Sin embargo, en esta historia las yagas no son brujas malas y carnívoras, simplemente ayudan a las almas de los muertos y también a las niñas confusas que no saben quiénes son en realidad.
Las yagas ayudan a la gente a recordar cosas y celebrar sus vidas antes de cruzar el Portal y marcharse a las estrellas. En eso consiste guiar a los muertos.
Hay continuas referencias a las leyendas, no solo de las yagas («Está dormida en un sillón junto al fuego». «A mi madre le molesta, porque en teoría deberíamos estar escondidas en el bosque»), también a todo aquello que tiene que ver con la naturaleza y el entorno tan hostil en el que se desarrolla la vida en aquellos países cubiertos durante gran parte del año por la nieve.
Es lógico que en países como Rusia la estación que más se celebre sea la llegada de la primavera, aunque en actualidad la tradición se celebre casi exclusivamente en los pueblos y ciudades pequeñas. Habitualmente se construye una muñeca de paja sobre un palo largo de madera en forma de cruz. Esta figura se viste con una tela blanca con elementos del traje regional y se adorna con un collar de sushki (especie de rosquillas de pan duro). El acontecimiento sigue con una procesión por el pueblo acompañada de bailes y canciones tradicionales. En algunas regiones, antes de arrojar la figura al río, se le suele desvestir y prenderle fuego. En el libro es Yanka la encargada de transportar esta figura.
—¡Te han elegido para llevar a Invierno! —exclama, estrechándome entre sus brazos. Me distraigo al pensar en que apenas rodean la mitad de mi cuerpo, así que tardo un poco en asimilar sus palabras. Todos los años, en el festival, se quema una enorme muñeca de paja llamada Invierno, que simboliza el final de este y la llegada de la primavera. Llevar a Invierno a la hoguera es un auténtico honor que suele concederse a uno de los adultos que más hayan aportado al pueblo durante la estación.
¿Por qué una osa se convierte en protagonista de esta historia? ¿Qué significado tiene en la tradición eslava este animal? En Rusia se tiene un gran respeto por los osos e incluso varios de sus cuentos folclóricos los contienen. El culto al oso era muy común entre los pueblos paganos que ocuparon los territorios que hoy conforman la Federación Rusa. Pero es que desde antes de que se asentaran los eslavos la zona ha estado siempre habitada por osos.
¿Y el tilo? El tilo es un árbol originario de los bosques de la zona de los Balcanes, Hungría y suroeste de Rusia. Los pueblos eslavos lo conocían como Lipa y lo consideraban un árbol sagrado (por ejemplo, es el símbolo nacional de Eslovenia), hasta el punto de concebir el mundo en forma de árbol, el árbol del Mundo, debido a la cercanía de sus vidas con el mundo natural. Cada árbol tenía una función, la del tilo era transmitir la sabiduría de los dioses a los humanos. En la antigüedad los pueblos se erigían alrededor de uno de estos árboles y los ancianos se reunían bajo su copa para hablar de los asuntos importantes.
¿Y el lobo? Para los eslavos primitivos, el lobo era un símbolo de los dioses, especialmente el lobo blanco como el que aparece en esta historia, en relación con la diosa a la que he hecho referencia antes (Marzanna, Morana), y simbolizaba la ferocidad de la naturaleza y debía ser respetado y a menudo venerado.
Un lobo blanco sale de detrás de un árbol y enseña los dientes. No es tan grande como Iván, pero sí parece más musculoso, y sus ojos azules brillan con una frialdad que hiela el aire.
Animales que son mitos, tradiciones que perduran en el tiempo, la naturaleza siempre unida a la historia de los seres humanos sean del país que sean y de la tradición cultural que sea. Brujas que comen niños, osos que se transforman, lobos que se convierten en líderes, y árboles entre cuyas ramas descansan las almas de los muertos mientras los vivos encaramados en el tronco intentan dialogar con los dioses. Pero esto no acaba aquí, quizá lo más importante es que nos encontramos ante un viaje, un viaje iniciático en el que una niña que se va transformando en osa descubre quién es en realidad no sin antes pasar por infinidad de penalidades. Y ese viaje nos vuelve a poner en bandeja el conocimiento de la tradición a través de ese barco volador que acaba en una isla…
Volaron desde el fin del mundo, más allá de la Estrella del Norte, hasta la isla de Buyán y aún más lejos.
Es una de las leyendas más conocidas. La isla de Buyán sirve de refugio al Sol y a los vientos, además de a los viajeros. En ella podemos encontrar también las aguas curativas generadas gracias a la piedra Alaturi y a la doncella Zarya, la cual cose las heridas. En la isla guarda su alma Koschei el Inmortal, el joven gigante que separó su alma de su cuerpo y la colocó en una aguja dentro de un huevo el cual está dentro de un plato, que está dentro de un conejo, que a su vez está en un baúl que está enterrado en las raíces de un árbol. Si alguien se hace con dicho huevo o aguja tiene poder casi absoluto sobre el hechicero, y si fuera dañado Koschei moriría.
Y como no podía ser de otro modo aquí también hay una gruta y un dragón (¿en qué tradición antigua no lo hay?). Zmey, es el nombre que recibe el dragón eslavo de tres cabezas y que aparece en Rusia, Bulgaria, Serbia, Polonia o Eslovenia, entre otros, con otros nombres, pero cuyo significado en todos ellos es serpiente. En Liubliana forma parte del escudo de la ciudad.
Smey crece hasta ocupar el cielo entero. Sus tres cabezas se agitan a ciegas de un lado a otro, con los ollares abiertos, olisqueando el aire. Tiene los ojos negros y vacíos… menos uno, que es un torbellino de colores: naranja, rojo, morado y azul. Debe de ser cierto entonces que mi madre acertó a cinco ojos de Smey. Las cuencas oscuras son la prueba de que sus flechas sofocaron las llamas del dragón, aunque fuera solo en esas cinco partes tan pequeñas. El pecho se me llena de orgullo y esperanza. Porque, si es posible apagar esas llamas, también es posible derrotarlo.
Tanto La chica que hablaba oso, como La casa con patas de gallina, son historias muy bonitas, estupendamente escritas, tremendamente originales no ya por lo que cuenta y los temas que toca como la importancia de la familia, la amistad, el coraje de ser uno mismo, el valor de enfrentarse a los retos por muy difíciles que sean, o el sentimiento de pertenencia, sino por abordarlo a través de leyendas del folclore eslavo.
De este modo la lectura no solo entretiene con un planteamiento dinámico (viaje iniciático) que aborda infinidad de temas (familia, amistad, superación, coraje…) sino que a través de ese dinamismo vamos conociendo leyendas con ese consabido Érase una vez que incorpora alternando con los capítulos de la historia principal. Y si resulta fascinante para un adulto que no conozca en exceso la tradición cultural eslava (caso de la que aquí escribe) imagino que para los lectores más jóvenes puede resultar cuanto menos curioso. Si a eso unimos las maravillosas ilustraciones de la jovencísima ilustradora indonesia Kathrin Honesta el resultado es una delicia, ya no solo para leer sino para tener, disfrutar y regalar.



