“Atlas del mundo”, edición verde (10º aniversario)

Título: Atlas del mundo. Edición Verde
Autores e ilustradores: Aleksandra Mizielińska y Daniel Mizieliński
Traductoras: Katarzyna Mołoniewicz y Rocío Isasa
Editorial: Maeva Young, 2026
Edad recomendada: A partir de 6 años y para cualquier edad

¿Quién no ha dedicado un rato de relajación a recorrer con el dedo índice un atlas o un globo terráqueo, imaginando cómo será la vida en países exóticos y lejanos o qué extraños nombres nos muestra el azar? Los mapas poseen un magnetismo particular. Así lo entendió hace ya una década una joven pareja de diseñadores polacos: la geografía no se asimila memorizando listas interminables de capitales, sino perdiéndose en los detalles cotidianos que hacen especial cada rincón del planeta. Bajo esa premisa nació un fenómeno editorial de éxito indudable que ahora, para conmemorar su décimo aniversario, se viste de un nuevo color en una versión ampliada.

Se trata de la “Edición Verde” del Atlas del mundo, una nueva edición que expande los horizontes que conocimos en su icónico debut de cubierta azul. En el ecuador de este viaje de más de diez años (desde 2015), la editorial Maeva ya nos ofreció una “Edición Púrpura” que añadía 20 mapas al compendio original. En este décimo aniversario encontramos 4 mapas más (Serbia, Bulgaria, Israel y Palestina), hasta llegar a un total de 79 mapas que abarcan 69 países a lo largo de seis continentes, lo que supone la adición de 23 nuevos territorios respecto a la primera entrega. Es un libro que ha crecido en contenido (no en tamaño, que eso ya sería imposible) al mismo ritmo que su legión de lectores.

Detrás de este objeto tan atractivo se encuentran Aleksandra Mizielińska y Daniel Mizieliński, una pareja creativa cuyo sello de identidad es el diseño minucioso y la obsesión por ocupar la página en blanco. Formados en la Academia de Bellas Artes de Varsovia y curtidos en la creación de tipografías y formatos experimentales, su enfoque huye de la frialdad de lo digital y optan por el calor del trazo manual, las paletas de color temperadas y una atención casi obsesiva al detalle.

Al abrir este volumen de gran formato, uno comprende de inmediato por qué la obra ha echado raíces en todo el mundo. Cada doble página es un país por descubrir donde la geografía física deja paso a la geografía humana y cultural. Lo que ofrece este atlas es una radiografía emocional de los territorios a través de su fauna, sus platos tradicionales, sus hitos arquitectónicos, sus mitos y sus figuras históricas más relevantes.

En el caso de España, por ejemplo, los autores plasman la pluralidad de nuestro país con la convivencia del español, el catalán, el gallego y el euskera. Visualmente, la península y sus islas son un lienzo donde conviven la sobriedad histórica y el color de nuestras tradiciones. Las siluetas de Velázquez, Goya, Picasso y Dalí custodian el norte y el sur, mientras que la literatura cobra vida con un Don Quijote y un Sancho Panza que cabalgan por Castilla. Aquí conviven hitos monumentales de distintas épocas: desde el Acueducto de Segovia y el Teatro Romano de Mérida hasta la vanguardia de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia o la silueta inconfundible de la Sagrada Familia en Barcelona. El mapa tampoco obvia la riqueza gastronómica de la península, tentando al lector con la paella, la tortilla española, el gazpacho y los churros. Tampoco omite tradiciones tan espectaculares como los castells catalanes o cuestiones medioambientales, mostrando desde el lince ibérico en el monte bajo hasta el majestuoso volcán del Teide rodeado de plátanos en las Islas Canarias.

Si cambiamos de página y vamos hacia el continente americano, el mapa de México es una explosión de color y misticismo. Los autores captan la inmensidad mexicana yuxtaponiendo el legado de los aztecas y los mayas con la vida contemporánea. Las pirámides de Kukulcán en Chichén Itzá, el Templo de las Inscripciones en Palenque y las colosales cabezas olmecas emergen de la tierra rodeadas de jaguares, iguanas negras y monos araña. Mirando a la cultura más contemporánea, los inconfundibles rostros de Frida Kahlo y Diego Rivera se sitúan cerca de las calaveras de azúcar de la Catrina y de los músicos de mariachi, sintetizando ese vínculo tan especial que el país mantiene con sus muertos y su folclore. La gastronomía mexicana ocupa los márgenes del mapa con apetitosos dibujos de tacos, tamales, chiles y vainilla, mientras que las costas de Baja California se ven bendecidas por la imponente silueta de la ballena de aleta.

Al descender por el mapa de Chile, la accidentada y vertical fisonomía del país andino obliga al lector a girar el libro. Coexisten en perfecta armonía la aridez extrema del desierto de Atacama —con sus telescopios astronómicos de La Silla y la evocadora escultura de la Mano del Desierto— con los canales gélidos del sur, custodiados por el pingüino de Magallanes y el escurridizo pudú. En esa franja kilométrica de tierra, las miradas de Gabriela Mistral, Pablo Neruda e Isabel Allende se cruzan de forma sutil con ilustraciones de la vida cotidiana, como los funiculares de Valparaíso o un huaso a caballo. La cocina marinera y de interior chilena está presente a través del caldillo de congrio, el pastel de choclo y las humitas. En los márgenes oceánicos, los colosales moáis de la Isla de Pascua emergen de las aguas.

Finalmente, al cruzar la cordillera andina nos topamos con el mapa de Argentina. La inmensidad de su territorio se despliega desde los valles del norte, donde serpentea el Tren a las Nubes y se imponen las Cataratas del Iguazú, hasta los confines australes de Ushuaia y el faro Les Éclaireurs. Los autores atrapan la esencia de la identidad argentina a través de sus rituales más sagrados: el mate con su bombilla, el humo del asado y el churrasco, el dulce de leche y el encanto de una pareja bailando tango en las calles de Buenos Aires. El panteón de las letras argentinas está muy bien representado por Borges, Cortázar y Silvina Ocampo, que dejan también espacio a la voz de Mercedes Sosa. En el ámbito más natural, tenemos al majestuoso glaciar Perito Moreno y al monte Fitz Roy, que se complementan con la fauna local —el hornero, el yacaré y la ballena franca austral— e incluso con la prehistoria, con la imponente figura del Giganotosaurus carolinii, uno de los dinosaurios carnívoros más grandes del mundo que habitó estas tierras.

Pero ¿cuáles son las verdaderas claves del rotundo éxito mundial de este libro? En primer lugar, los Mizieliński consiguieron inventar un género intermedio: la cartografía narrativa. Su atlas no compite con la precisión de Google Maps, sino que se encuentra en el lado opuesto de lo que significa una pantalla. Ofrece una experiencia analógica, táctil y pausada. Los autores consiguen que el mapa no sea una herramienta de orientación sino un tablero de juego y exploración.

Otra de los ingredientes para el éxito sin duda es el horror vacui. Cada página está deliberadamente saturada de estímulos visuales, pero organizados de tal forma que el ojo no se satura, sino que viaja de un descubrimiento a otro con la emoción de quien reconoce lo que ya sabe y aprende muchas cosas nuevas. Esto genera una obra de múltiples lecturas: un lector de seis años se aproximará al libro buscando ballenas, jaguares o pingüinos; uno de doce se interesará por las pirámides o los trajes típicos; y un adulto se quedará cómodo reconociendo a Borges, la arquitectura de Toledo o los platos tradicionales que ha probado en sus viajes. Un formato transversal que une a distintas generaciones.

Por último, otro elemento que hay que reseñar es el buen ojo de los creadores equilibrando referentes de alta cultura con la cultura popular y cotidiana: un premio Nobel de literatura, una empanada, un monumento romano, una especie de escarabajo. Ese enfoque resulta moderno y conecta con la manera en que las nuevas generaciones procesan el mundo: sin barreras rígidas entre lo académico y lo cotidiano.

En conclusión, diez años después, podemos afirmar que esta obra se ha consolidado como un clásico atemporal de la edición contemporánea. Un libro difícil de colocar en la estantería, eso sí, pero que destaca por su imponente belleza exterior y su capacidad para estimular las mentes de quienes lo abren. Una ventana al mundo que nos recuerda que, a pesar del impacto homogeinizador de la globalización, nuestro planeta no sería el mismo sin su maravillosa diversidad.

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