Alfredo Gómez Cerdá
Loqueleo, 2022
Edad recomendada: a partir de 14 años
Yoni José no recuerda sus primeros cinco años de vida, su más tierna infancia. Pasaron muchas cosas, muchísimas para un periodo tan corto, pero él era demasiado pequeño para recordarlo y ahora necesita saber cómo fueron esos años que cambiarían el rumbo de su vida incluso antes de que naciera. Tiene que reconstruir ese lapso de tiempo, así que intenta por todos los medios recuperar los recuerdos que no tiene a través de los de su madre y de sus hermanos mayores con el afán de tener la fotografía completa. Sin embargo, no es nada fácil: cuando Yoni pregunta a su familia nunca parecen querer hablar de ello.
Con un estilo distinto al habitual, casi epistolar, a ratos casi telegráfico, la narración avanza, retrocede, se detiene y también se repite; va y viene exactamente igual que los recuerdos, que van y vienen a veces a retazos, a veces completos. Y así, a través de los retales que le cuentan (o que les consigue sonsacar a su madre y sus hermanos), Yoni José va reconstruyendo su historia, la de su familia, uniendo todas las partes de un puzle al que siempre parece seguir faltándole alguna pieza.
La pertenencia a un lugar aunque no hayas nacido en él, la fuerza de una madre para sacar a sus hijos adelante en las peores circunstancias posibles, la profunda admiración de un hijo por su madre y la necesidad de encontrar una identidad propia son algunos de los temas que se entrelazan en esta historia enmarcados en un escenario inmejorable: el municipio de Cariño, en A Coruña. El relato de Yoni en primera persona, con un estilo narrativo tan peculiar, directo y deliberadamente sin artificios, resulta conmovedor por su brutal sinceridad, es hermoso y doloroso a partes iguales; bello y terrible como los acantilados de Cariño.
Una vez más, Gómez Cerdá maneja con maestría la nostalgia y los recuerdos dolorosos de los personajes para crear una historia en el presente, entretejiendo ambos tiempos, el pasado y el actual, de forma que a veces no se distingue uno de otro. Un relato que es una auténtica delicia y que confirma el mimo con el que Gómez Cerdá escoge cada palabra, subrayando la importancia de ponerle nombre a las cosas:
«Desde que comencé a ir a la escuela las cosas tuvieron otro sentido para mí. iLas cosas! Cuando aprendí a leer y a escribir descubrí que todas las cosas se encontraban dentro de las palabras. ¡Todas las cosas! El mundo entero. La vida. Bastaba con encontrar las palabras precisas para descubrir las cosas que estaban ahí esperando.»
Los recuerdos de los demás nos alienta a perseguir la fe aunque sea tan difícil como escalar una montaña en bañador y chanclas, y es también un alegato en defensa de la empatía, tan necesaria como escasa en la sociedad en que vivimos.
