Leer a Browne siendo adulto

Un análisis multimodal del libro-álbum Cambios (Anthony Browne)

Cambios Anthony BrowneAbro un libro curioso: Cambios, se titula. La singular mirada del niño en la portada y un extraño fenómeno de tetera me invitan a mirar la primera página. Nada parece muy admirable ante la imagen de un huevo tibio sobre su clásica copa de cerámica, pero cuando noto que el huevo presenta dos caras con expresiones opuesta —alegría y desconcierto—, quiero entonces mirar la siguiente página. Aparece ahora un reloj, también de cerámica que hace juego con la copa del huevo, marca las 10:15 hrs. (de la mañana supongo, por aquello de que los huevos tibios suelen ser solicitados alimentos del desayuno). Por lo visto, en este libro, el excelente estilo de las ilustraciones donde todo se muestra como en la vida real, permite resaltar las metamorfosis visuales que de pronto asaltan entre las páginas, con las que Anthony Browne, su autor, juega a través de la narración. Metamorfosis que introducen un clima de irrealidad, a pesar del tono coloquial en que me habla el texto.

He escuchado decir, en espesos discursos, que el significado que aguarda entre las hojas de un libro no se encontrará solo por descifrar el código de palabras y enunciaciones, expresamente entendidas o directamente dichas, pero tampoco se encontrará, si es que el libro contiene imágenes, en lo inmediatamente visible. Y más aún, tampoco se encontrará en las primeras evocaciones que textos e imágenes brinden al lector. El libro arrojará referentes simbólicos ―dicen los exploradores y amantes del significado―, mas no se debe caer en la trampa de pensar que tras ello se ha captado ya el significado definitivo; es preciso seguir adelante en la lectura, como hacia un horizonte titilante. Pero ese seguir en la lectura no será solo un seguir, digamos en forma lineal o de corrido, ―me advierten los sapientes―, también será un seguir hacia el fondo de los significados, en un tiempo que no es lineal, sino redondo. Aguardo entonces… amén de explorar el misterio que borda la historia de José Kaf, quien, al levantarse un día, a las diez y cuarto, encontró algo extraño en la tetera.

Estoy ahora en la página donde inicia la narración. Veo, leo, noto que palabras e imágenes se han asociado para lanzarme aquello que me advirtieron los exploradores. El texto dice:

El jueves en la mañana,
a las diez y cuarto,

José Kaf
notó algo extraño
en la tetera.

“Algo extraño”: esta marca textual de indeterminación me lleva a mirar al mismo lugar que José, el protagonista de la historia, mientras que la imagen me muestra aquello: la cotidianidad alterada, como en la portada, una tetera que parece estar mutando en gato. Voy a las siguientes páginas, y es un hecho: veo en la tetera más y más elementos felinos, mientras el texto me refuerza la idea de que todo parece normal en la cocina de José, todo menos la gato-tetera:

Todas las otras cosas de la cocina
estaban en su lugar,
limpias y ordenadas.

Hasta olían igual que siempre.

Y veo a José de espaldas, escudriñando la cocina, así que mi expectativa avanza, y me pregunto: ¿se transformará la tetera por completo?, ¡pero cómo es posible!, ¿será que José sueña? Siguiente página: de la tetera ni sus luces, ahora veo el cuarto de José, según me indica el texto, y sé que todo sigue en aparente calma, aunque nuevamente la expresión “vio la pantufla” se confabula con la imagen de la página derecha, para asegurarse de que miraré un nuevo hallazgo sobre el mueble:

La casa estaba callada,
muy callada,
y el cuarto de José
estaba tal como lo había dejado.
En ese momento,
vio la pantufla.

La ilustración a la izquierda nos muestra el cuarto de José; ahora recuerdo particularmente las palabras aquellas: “el lenguaje te lanzará referentes”. Y, en efecto, la imagen no solo me muestra el cuarto del niño; además me presenta una serie de significantes extra. Por ejemplo, una alusión cinematográfica, pues entre los cuadros que decoran la habitación, reconozco a un famoso extraterrestre que se elevó en bicicleta frente a la luna. Y veo también alusiones pictóricas. La imagen en sí alude a una composición impresionista del pintor holandés Vincent van Gogh. Además, tanto la cama alargada hacia el primer plano de la imagen como la serie de elementos que completan el ambiente de la habitación crean el marco donde el autor inserta un detalle que en la página anterior había quedado en suspenso. En la pared junto a la cama, el grupo de cuadros sugieren un gusto de José por el universo: el ciclo lunar, una imagen de Saturno, el extraterrestre mentado, y un fragmento del sistema solar. Pero a su vez, estas imágenes se relacionan con otro cuadro en la pared frontal que evoca La noche estrellada, cuya ubicación al lado de la ventana nos conecta con el cielo azul al exterior de la habitación, de donde proviene la luz del sol que, proyectándose hasta el piso, nos devuelve la mirada a la habitación, justo debajo de la cama donde asoma una pequeña cola de gato; el mismo de la tetera. Así que también en este lugar, donde aparentemente reina la normalidad, algo se oculta bajo la cama. Luego, a manera de close up, la imagen contigua refuerza el ambiente de alteración a lo cotidiano, con la pantufla alada.

Vuelta a la página. Ahora el texto y la imagen se reparten las tareas para continuar la narración. Por el texto me llegan varias pistas. Por ejemplo, que José se encuentra sin sus padres en casa y que había sido prevenido de los cambios en las cosas. Por las ilustraciones me llega un tono surrealista, se muestran más y más cambios. Veo que la cadena de mutaciones ha avanzado de la cocina a la habitación, ¡y ahora al baño! Parece que el lavamanos en cualquier momento podría hablar, o andar. Y espejo arriba, como en un espejismo semántico, veo un ave que me significa una pantufla, y tras la pierna del lavabo se asoma un gato que me significa una tetera; curioso lenguaje. El texto dice:

Esa mañana su papá había
ido a recoger a su mamá.

Antes de irse le había dicho a José
que las cosas iban a cambiar.

La ambigüedad de la frase “las cosas iban a cambiar” se quedará como eco a través de las siguientes páginas, donde el texto parece llevarme dentro de la cabeza de José, a quien ahora veo sentado en el sofá de la sala, descubriendo que este también “cambia”. El texto bajo la imagen funciona como un pensamiento:

¿Era esto lo que él había querido decir?

Las ilustraciones desambiguan la expresión “era esto” en la pregunta. Y ya no solo veo a la tetera completamente convertida en gato, ahora tengo la certeza de que los objetos se transforman en seres vivos, o mejor dicho, en animales mutantes, pues ahora el mismo gato ¡sigue mutando!, y en su cola asecha una serpiente; otro sillón ostenta gruesas manos, veo alas y puntas de colas, y al fondo, un televisor encendido proyectando la imagen de un ave. Este me aparece como una extraña caja que quiere decirme algo. Por ahora no sé qué. Volteo la página y el texto extiende la pregunta anterior (“¿Era esto..?”): “¿O esto?”, interrogante que se agrega ante la denotada fiereza que han cobrado las cosas.

En la ilustración que veo ahora, el sillón con dedos es ya casi un gorila de profunda y roja mirada, aposentado en la sala. Y en lugar de la cola que tras el sillón aparecía, veo ahora un lagarto abriendo las fauces, como si fuese a devorar la cola serpiente del gato. Pero, además de ello, la imagen del televisor (en lugar de un ave) muestra ahora un nido con huevos, lo cual confirma mis sospechas. La extraña caja sugiere ideas, pensamientos que incluso me hacen volver a mirar páginas atrás, donde recupero el cuadro de la virgen cargando al niño (justo arriba de José), hilando un diálogo con la foto familiar sobre la tele en la página contigua. Cadena de ideas hilvanada a su vez con la serie de imágenes que se suceden en la pantalla del televisor: el ave volando, el nido con huevos; y en una página posterior, un pequeño pájaro alimentándose de su madre.

Aúno además que tal serie de implicaciones temáticas ocurre a la par dentro del retrato familiar que se muestra sobre la tele. En este, a la escena de madre, padre e hijo, ingresa un pequeño cerdito. Junto ahora los hallazgos: madre e hijo, ave y huevos, nacimiento, alimentación, familia, familia que aumenta… Hay una idea que subrepticiamente se ha introducido a la lectura. Comienzo a captar ahora aquello que me decían, del andar en la lectura como en un tiempo redondo.

Volviendo a la cadena de mutaciones, páginas adelante se muestra que los cambios en la casa de José no se limitan solo a los binomios objeto-animal, objeto-humanoide o animal-animal: aparece un nuevo binomio surrealista, animal-fruta. La situación resulta insólita, la expresión del texto en estas imágenes lo corrobora: “José no comprendía”. Claro, porque a todo esto, debo recordar que hay un niño en la escena que debe de estar aterrado, y con razón, ante los extraños sucesos. Encuentro después una pausa dramática:

Tal vez
todo estaría mejor afuera.
Al principio, parecía que así era.

Con justa razón, José ha salido a tomar un respiro. El texto de esta doble página parece exteriorizar estados mentales y emocionales de José, mientras las imágenes me entregan un aparente estado de vuelta a la normalidad. Aparente, porque las expresiones hipotéticas “Tal vez” y “Al principio, parecía” me previenen sobre lo que ocurrirá en la secuencia visual de las páginas siguientes. Aunque de hecho, algo me ha advertido también de la mirada de José hacia el balón de futbol: hay una mancha en el objeto. En vista de la poca inocencia del autor, sospecho que será un indicio. Y es así, en las siguientes páginas el mundo alterado se desborda al exterior. El balón, en efecto, se ha contagiado del extraño misterio, pues justo al ser pateado por José, como en una condensación de desarrollo, se torna en cascarón del que escapa presurosa un ave.

Avanzo en las páginas y ahora una escoba, la bicicleta, pinzas, calcetines… Los objetos siguen su metamorfosis sin aparente sentido. A esto el texto aporta: “José no sabía qué hacer. Tal vez si diera una vuelta en bicicleta…”. José prueba a distraerse montando en bicicleta, aunque no logrará avanzar cuando una rueda de pronto es una manzana. Más tarde decide echar una ojeada al edificio vecino, tal vez para averiguar hasta dónde llegarán los cambios. Unas páginas más adelante, el siguiente texto confirma tal inquietud de José: ¿Cambiaría todo?

Aparentemente, la ilustración junto al texto responde que aquellos trastornos ocurren también fuera de casa, llegándose al punto climático en la vorágine de alteraciones. El efecto de la ilustración en esta página es curioso: la composición misma parece un juego de “cambios” (cambia cabeza por nariz, cornisa por ceja, brazos por boca, pared por piel…) como si el autor, más allá de lo evidente, construyera un rostro a toda página, hecho de distintos elementos. Pero esto es solo especulación, pura impertinencia ―escucho decir a los amantes del tercer sentido.

Tras la siguiente página encuentro otro corte. Ilustración y texto se unen para mostrarme la reacción final de José ante la inminencia de su mundo alterado. En la página izquierda, visiblemente angustiado, el niño se refugia:

José se regresó
a su cuarto,
cerró la puerta
y apagó la luz.

Tengo ahora la impresión de que José se ha refugiado de una vorágine de especulaciones, las expresiones hipotéticas a lo largo de la narración me lo sugieren. Pero la imagen umbral que me brinda la página derecha, donde puedo estar a la vez dentro y fuera, entre la oscuridad o la claridad, me lanza nuevos referentes; pues si José ha cerrado la puerta, como me indica el texto, ¿por qué se muestra abierta? ¿Es un salto en el tiempo? ¿Alguien más la abrió?…

Si continuara esta narración de mi lectura, muchas dudas serían resueltas, aunque aparecerían otras tantas: las que cada lector quisiera sugerir, y también otras tantas respuestas, las que cada quien quisiera completar. El juego del arte suele provocar un ir y venir de significaciones. Es un horizonte que siempre se escapa ―me han dicho―. Nos hace andar más por lo posible que por lo certero. Tal vez porque entre tanto, llevándonos por caminos sinuosos, nos pone frente a lo singular o lo insólito, a lo que difícilmente se llega sin tener detrás una pregunta. Y a Browne le gusta interrogar.

Josemari, a sus siete años, una de las lectoras con quien he compartido este libro, dice que tales cosas le han sucedido a ella: “A veces casi todo cobra vida… y se ve padre”, dice, “pero todo cambia cuando llegan mis papás”. A pesar del torrente de irrealidad que Anthony Browne, maravilloso autor del libro, emplea dentro de su narración, Cambios tiene un alto grado de identificación con la vida íntima de niñas y niños. He tenido oportunidad de compartir la lectura del álbum con varios de ellos y en sus primeras impresiones surge de inmediato la identificación de los sucesos con su propia experiencia: “Yo también…”, “Cuando a mí…”, “Una vez yo…”, me han dicho varios lectores corriendo entre los seis, siete y ocho años.

Y es que si algo enriquece al mundo del niño, como al mundo del arte, es esa capacidad que otorga el juego de la resignificación. La extraña necesidad de la autorrepresentación que acompaña al ser humano desde sus remotos orígenes, y que ha llegado a ser arte, símbolo, fiesta ―escucho como último eco de los estetas―. Pero no concluiré la lectura, quede en cada posible lector advertir lo sucedido a José Kaf aquella mañana. Por ahora será misterio, solo para algunos, o por algún tiempo.

Cierro el libro y en la contraportada me despide un gato, aunque en realidad, veo literalmente una tetera.


Cambios, Anthony Browne. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

Agradecemos a la editorial el permiso y el material para poder reproducir las páginas de este álbum.

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