Guía visual de la editorial Bruguera

Tino Regueira (compilación y edición)
Barcelona: Glénat, 2005

Si, como dijo aquél (en este caso Rilke), “la infancia es la patria del hombre”, yo debo reconocer que mi patria está plagada de tebeos, entre otras cosas porque algunos de los recuerdos más vívidos tienen que ver con ellos. Recuerdo, por ejemplo, que los días de Reyes una de las cosas que nunca faltaba entre los pocos o muchos regalos que tuviera eran los especiales – entonces se les llamaba almanaques – de Navidad de Mortadelo, Pulgarcito, Tiovivo… Recuerdo también que todos los domingos iba con mi padre al mismo quiosco en el que él cambiaba sus novelas del oeste y, siempre al final como en una estudiada ceremonia, pedía para mí “el Mortadelo y un paquete de chicles”. Y recuerdo la primera vez que alguien me regaló un Superhumor con motivo de mi primera comunión: en ese volumen, que todavía conservo como un tesoro, aparecían aventuras de Mortadelo y Filemón, el genial Anacleto, el botones Sacarino y Cinelocuras, una serie de estrambóticos personajes que representaban una curiosa versión de la guerra al estilo de Gila, tal y como deberían ser todas: incruenta, sin muertos.

En todos estos recuerdos, el denominador común está presidido por productos de la editorial Bruguera, tal y como lo estuvo después, cuando descubrí las aventuras del Capitán Trueno, el Jabato, las Joyas Literarias Juveniles, etc… para pasar más tarde a los tebeos (hoy denominados cómics) de superhéroes y a las primeras novelas de Ciencia Ficción, Oeste o de Policías y a las de la colección Club Joven. También leí al Vázquez más erótico: un auténtico genio.

Posiblemente a quien esto lea le parezca que más que la crítica de un libro, lo que escribo es una crónica sentimental… Bien, no deja de ser cierto. Pero es que para todos aquellos que ya no cumplimos los treinta, Bruguera supuso durante muchos años todo un mundo de fantasía, una ventana a la que asomarse y desde la que se podían atisbar multitud de universos. Yo soy uno de aquellos que se hizo lector no a base de leer a Salgari, Stevenson o Verne; leí tebeos y, afortunadamente, lo demás vino por añadidura.

Esta guía visual me produce, lo reconozco, cierta nostalgia; me queda la sensación de haber vivido la mejor etapa de una editorial mítica que ocupó un espacio esencial en el divertimento – y, por qué no, en la educación – de un buen número de niños y adolescentes. Pero es algo que no ha de volver. Dicho espacio no ha vuelto a ser ocupado; posiblemente porque el signo de los tiempos es otro o porque falta imaginación y talento para conseguir algo semejante. Creo sinceramente que productos como las Witch o los tebeos de estética Manga nunca podrán producir el efecto que conseguían una historieta de Pepe Gotera y Otilio, Zipi y Zape o Rompetechos.

Por todo ello, esta guía visual es un merecidísimo homenaje y recuerdo a una editorial y a toda una serie de autores que inmerecidamente habían caido en el olvido – la peor de las muertes por otra parte – cuando, como dice Tino Regueira, “con su esfuerzo y con su arte, lograron hacernos reir y soñar durante más de medio siglo”. Qué bueno es que podamos recordar nuestra historia.

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