Zepelín

Tormod Haugen
Ilustraciones de Ignasi Blanch
Traducción de Annelise Cloetta
Madrid: Oxford University Press, 2011

Otro excelente libro que regresa a nuestras estanterías y aulas, tras algún tiempo descatalogado después de su paso por la editorial Juventud (cuya traducción de 1989 se utiliza para esta edición). Tormod Haugen, uno de los autores noruegos más reconocidos, lo escribió en los años 70, pero el tema y el estilo literario son tan modernos y avanzados que dejan anticuados a muchos de los libros escritos y publicados hoy en día.

Nina, la protagonista de esta historia, ha de ir de veraneo con sus padres a la casa del campo. Unos padres sobreprotectores, que «sonreían siempre cerca de Nina. Pero raras veces sonreían con los ojos». Al llegar a la casa, se asustan al comprobar que alguien ha entrado allí, y la ha estado utilizando en su ausencia. El único rastro, unos zapatos de color azul y un poco de chocolate en la mesilla. En la suela de los zapatos, un nombre escrito: Zepelín.

Frente al pánico de sus padres, y del resto de vecinos de la zona, que movilizan rápidamente a la policía para detener a quien se imaginan que es un peligroso delincuente, Nina siente curiosidad y atracción hacia quien sea que haya estado ahí. Y por lo que comprueba pronto, no anda demasiado lejos. Zepelín pronto se convierte en alguien real y misterioso, y posteriormente en una persona muy cercana a ella. A diferencia de sus padres, que enfrascados en sus discusiones, preocupaciones, tensiones y proteccionismo, cada vez se alejan más de Nina.

Mediante frases cortas, un estilo poético y simbólico, y descripciones brillantes del mundo emocional de la protagonista, el autor nos sumerge en un ambiente misterioso y opresivo, donde las tensiones familiares encuentran una vía de escape en la exploración de lo oculto, aquello que no está permitido porque es desconocido y arriesgado. El narrador, que economiza en palabras innecesarias, brinda un perfil definido, aunque volcado en la mirada de Nina, de modelos familiares y educativos fracasados, en los que el niño se siente o bien sobreprotegido, o bien ignorado, al tiempo que sufre los conflictos paternos en primera persona, aunque intenten ocultárselos. Cada uno de los protagonistas, Nina y Zepelín, tiene razones para refugiarse en un mundo salvaje, no ocupado por los adultos, que se muestran irracionales e incluso más infantiles que los niños. Quizá hace treinta años esto podía parecer maniqueo y sesgado, en aras de un punto de vista más infantil, pero hoy en día no resulta tan difícil creer el comportamiento de los adultos que vemos en esta novela.

Las ilustraciones de Ignasi Blanch, creadas para esta nueva edición, sí que parecen trasladarnos a un tiempo pretérito, con un bitono azul y negro que nos trasmite ese ambiente gris, de infelicidad, conflictos y secretos que flota durante la lectura del texto. Unos dibujos desprovistos igualmente de todo artificio, como el texto, sintéticos y delicados, que se centran en las miradas y los silencios, que se ajustan a la perfección al lenguaje narrativo del texto con su propia narración callada.

Un libro necesario, que nos hace pensar en cosas realmente importantes, que nos atrapa en el mundo interior de sus protagonistas, que nos fascina también por la belleza y concisión de su poesía, y que celebramos tener de nuevo entre nosotros, como un antídoto frente a la banalidad y la simpleza (que no sencillez) del discurso que nos rodea.

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