El jinete del dragón

Cornelia Funke
Ilustraciones de la autora
Traducción de Rosa Pilar Blanco
Madrid, Siruela, 2002

Aunque El jinete del dragón fue publicado en alemán en 1997 no se tradujo al castellano sino hasta el 2002, a rebufo del éxito alcanzado por El señor de los ladrones, un libro posterior de la misma autora publicado en España por Destino y que ha obtenido varios premios, como el de la Casa de la Literatura Infantil de Viena. La aparición de estas dos novelas en ese escaso intervalo de tiempo ha sido ampliamente promocionada tanto por las respectivas editoriales como por la prensa, que ha señalado a Funke como una digna contendiente de Rowling. En este nuevo auge de historias aderezadas con elfos, trolls y enanos, El jinete del dragón constituye, sin duda, una atractiva oferta para los lectores, aunque sus méritos literarios no sean equiparables a los de obras como La historia interminable o El señor de los anillos, con las que se le compara.

Para los dragones, como para los demás seres fantásticos, es difícil encontrar en la Tierra lugares apartados de los humanos. Por eso el dragón más anciano, preocupado por la inminente llegada de los hombres, reúne a los suyos y les pide buscar un lugar mítico del que hablan las leyendas, La orilla del cielo, a donde puedan irse a vivir. Sólo Lung, uno de los dragones más jóvenes, se atreve a emprender el viaje. Le acompañará, subida a su lomo, Piel de Azufre, una duende rezongona y siempre hambrienta de setas. Al llegar a la primera ciudad, donde recogen un mapa de que les entrega un cartógrafo rata, se encuentran con Ben, un niño huérfano que les salva de una explosión y que se une al viaje.

Juntos emprenden un largo trayecto, siempre nocturno -porque los dragones, para volar, necesitan de la energía de la luz de la luna- y siempre lleno de inminentes peligros. En la primera parada, un malvado ser con apariencia de dragón -Ortiga Dorada-, creado por un alquimista para acabar con los dragones, se entera de la existencia de la expedición y envía a su esclavo y a un cuervo para que les sigan y así dar él también con el lugar donde, miles de años atrás, se refugiaron de sus artes los dragones. El esclavo es un homúnculo, también creación alquímica, quien pronto descubre la bondad de los tres que conforman la expedición y se incorpora al grupo, traicionando a Ortiga Dorada para protegerles. Los episodios siguientes van marcando el recorrido desde Europa a Asia, sobrevolando desiertos y selvas. Tanto en los vuelos nocturnos como en las paradas diurnas se presentan dificultades que los protagonistas van venciendo, mientras el temible pseudodragón y sus cuervos les siguen el rastro. En ese difícil trayecto muchos son los ayudantes, algunos fantásticos y otros humanos: el profesor Barrabás Wiesengrund, Vita, su mujer, y Ginebra, su hija, una familia amante de los seres fantásticos; un djin que les orienta con lenguaje cifrado e imágenes reflejadas en sus ojos; una serpiente marina que los lleva por el río Indo al pueblo de Subaida Ghalib, la famosa especialista en dragones quien enseña a Lung el secreto para volar sin luna y le muestra a Ben la profecía del jinete del dragón; los monjes tibetanos que resguardan la memoria de la profecía; un duende de cuatro brazos que conoce la entrada de la puerta de los dragones (quien se incorpora a la expedición) y Lola Rabogris, una intrépida rata aviadora, sobrina del cartógrafo (que se une a su vez a los aventureros).

También se encuentran con peligros importantes: un nauseabundo basilisco que se aloja en una cueva de Egipto; los humanos que capturan a Piel de Azufre y al homúnculo; el ave Roc que lleva a Ben como presa a su nido, y, por supuesto, la persecución de Ortiga Dorada y el codicioso enano Barba de Guijo.

Finalmente, los expedicionarios encuentran el mítico paraje de los dragones, pero allí sólo está la dragona Maya, porque los demás duermen un sueño pétreo ya que el temor hacia Ortiga Dorada les ha impedido salir a alimentarse de la luz de la luna. En la cueva, el equipo, ahora compuesto de Lung y Maya, el niño, los dos duendes, el diminuto homúnculo y la rata aviadora, trazan un plan para atraer y combatir al malvado Ortiga Dorada y demuestran, una vez más, que “la unión hace la fuerza”. Esta entretenida aventura posee tintes “new age” (la hermosura de lo pequeño, la amenaza de la guerra, la bucólica felicidad de los pueblos menos industrializados, el poder de la fe, y la sabiduría y felicidad budista, reencarnación incluida) y tiene, por supuesto, un final feliz, en el que se produce el tradicional “cada oveja con su pareja”: Lung y la dragona Maya van al Norte a buscar a los compañeros dragones para llevarlos a La orilla del Cielo; Ben es adoptado por los Wiesengrund, el homúnculo, hombrecillo al fin, se va con él, y los duendes asiáticos enseñan a los duendes europeos a cultivar setas shitakes.

El jinete del dragón es, en definitiva, la conocida narración del viaje del héroe o de la tribu hacia un lugar mítico, con un enemigo que sigue los pasos. Una narración cuyo personaje principal, en este caso, y a despecho del título, es el equipo, en el que cada uno tiene una habilidad característica y en el que los miembros por separado son demasiado jóvenes o diminutos. En este contexto, el principal acierto de la novela es encajar el universo fantástico en la geografía terrestre y hacer convivir de ambos mundos de forma convincente.

No obstante, aunque el relato incluye suficientes seres extraordinarios como para hacer un catálogo, los personajes no resultan especialmente memorables, están trazados a partir de un solo rasgo característico y a veces, estereotipado, sin mayor profundización psicológica: así por ejemplo: “el dragón noble”, “el profesor distraído”, “la duende hambrienta” o el “enano codicioso”.

Tampoco son especialmente memorables las imágenes creadas, pues no tienen la densidad de las que aparecen en los mundos de Tolkien y Ende Tal vez esto se deba a un rasgo formal: el narrador cede permanentemente la palabra a los personajes y apenas describe el mundo en donde se desarrolla la acción. Los diálogos, en consecuencia, se fuerzan para hacerlos recapitular la narrativa, convirtiéndose en peroratas que traicionan la naturalidad de las situaciones comunicativas y que resultan poco significativas o, en ocasiones, incluso tediosas. Lo que se gana en facilitar la lectura, se pierde en crear un mundo hecho de palabras. En fin, es con un lenguaje, más cercano al de la televisión que al de la literatura con lo que se construye una narración ágil, con dosis adecuadas de tensión y sobresalto. El mundo de la fantasía no es sólo el marco, sino el tema mismo de la obra, y puede atraer, e incluso emocionar, a algunos lectores. Pero los que busquen la revelación literaria que prometen las fajas que acompañan a este título podrían experimentar cierta dosis de insatisfacción ante la opaca sensación del dejà vú.

2 comentarios en “El jinete del dragón

  1. Anónimo
    15/06/2009 a las 19:18

    Te recomiendo leerlo, ya que alimentas el fruto de tu imaginación.
    !Qué magnífico libro!…

  2. lucas
    27/05/2009 a las 21:05

    hola, soy chris,y lei este cuento. me parece que es medio fantacioso, si era de terror estaba mas piola.
    gracias

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