Título: Nada y yo
Autora e ilustradora: Kitty Crowther
Traductores: Joana Carro y César Sánchez
Editorial: Fulgencio Pimentel e hijos, 2026
Edad recomendada: A partir de 6 años
A los cuatro años, Kitty Crowther descubrió que su mundo tenía un volumen distinto al que escuchaban los demás. Diagnosticada con una sordera congénita, la creadora belga transformó esa limitación sensorial en una facultad para descifrar lo inaudible y dibujar lo invisible.
De esa capacidad para sintonizar con los silencios nació en el año 2000 Moi et Rien, editado originalmente en Francia por la siempre interesante L’École des loisirs. Tras más de dos décadas ganando prestigio como álbum de culto e inspirar adaptaciones para el teatro —como las de la compañía italiana Teatro Gioco Vita o el Théâtre Gérard Philipe—, este libro nos llega en español de la mano de Fulgencio Pimentel bajo el título Nada y yo, ampliando un catálogo donde ya figuran otras obras de la autora como Farwest, Ana del Lago o Yo quiero un perro.
La historia nos presenta a Lila, una niña golpeada por la ausencia de su madre. Con un padre sumergido en su propio dolor e incapaz de ofrecerle consuelo, la pequeña crea su refugio emocional: un amigo imaginario llamado Nada. Esta criatura no ocupa espacio físico pero llena el vacío que siente Lila, camina junto a ella, escucha sus confidencias y la ayuda a sobrellevar sus días más tristes. Hasta que un día Lila encuentra una semilla en el bolsillo de su abrigo, decide enterrarla en el jardín y cuidar de ella, comenzando así un proceso de “regeneración”.
Crowther escribe con delicadeza y elegancia, evitando el dramatismo. Su estilo narrativo destaca por la economía verbal, con una prosa destilada que va encontrando la palabra necesaria en cada caso. La autora confía plenamente en el lector infantil para completar lo que no pone el texto, utilizando cambios en el punto de vista narrativo: la voz va yendo de la tercera a la primera persona, permitiendo adentrarnos en la mente de Lila en esos momentos en los que hace falta cercanía y vulnerabilidad.
En cuanto a las ilustraciones, Crowther despliega su trazo mediante lápices de colores y líneas que cobran vida en cada página. Utiliza la textura imperfecta del dibujo a mano alzada y llena las páginas de espacios en blanco que son como silencios que permiten respirar al lector. Imágenes que añaden nuevas capas de significado al crecimiento de la protagonista.
El tratamiento del duelo familiar es impecable. No se muestra al amigo imaginario como una tara psicológica ni se pretende prescindir de la tristeza antes de tiempo: se plasma el dolor como una etapa natural. Nada no es algo de lo que desprenderse, sino un apoyo emocional que permite a Lila procesar la pérdida hasta que la vida pueda seguir adelante. La semilla que la niña entierra funciona como una metáfora sobre el tiempo, la paciencia y los cuidados que exige una herida como esta.
Crowther aborda en Nada y yo los grandes interrogantes de la existencia —la muerte, la soledad, la búsqueda de identidad— con rigor, honestidad y un gran respeto por la infancia, por esa manera tan peculiar y hermética que tienen los niños de sentir y vivir sus emociones. Un álbum atemporal sobre la necesidad que tenemos a veces de abrazar la nada para poco a poco volver a construirlo todo.


