Entrevista a Miguel Azaola

Miguel-AzaolaLa mayoría de los que nos dedicamos a la literatura infantil conocemos de sobra el nombre de Miguel Azaola, y los que nunca hayan oído este nombre (por ser poco aficionados a leer las páginas de créditos) han leído en multitud de ocasiones sus traducciones, y los libros que tuvo el acierto de traer a España y Latinoamérica. Editor y traductor, comenzó a trabajar en Santillana en los años 60, y llegó a ser director de varios sellos de literatura infantil, como Altea y Alfaguara Infantil y Juvenil. Fue el responsable de publicar, y de traducir en muchos casos, títulos emblemáticos como Cuentos en verso para niños perversos, El árbol generoso, La cocina de noche, La aventura formidable del hombrecillo indomable… Por sus manos han pasado los autores más interesantes de la “edad dorada” de la literatura infantil: Roald Dahl, Arnold Lobel, Tony Ross, Maurice Sendak y Gianni Rodari, entre otros. Recientemente, ha trabajado en varias reediciones de Sendak y Silverstein publicadas por Kalandraka, y en un par de obras de Sempé publicadas en Blackie Books. Junto a su labor como editor y traductor, fue el primer presidente español del IBBY (International Board on Books for Young People) de 1982 a 1986.

Háblanos de tus comienzos como editor. ¿Cómo llegas a esta profesión?

De casualidad. La ley del mínimo esfuerzo que me empujó a licenciarme en filología alemana (ya hablaba alemán de corrido cuando llegué a la Complutense) me aconsejó intentar buscar trabajo en el universo del libro, al que pertenecía mi padre y que me resultaba tan familiar como fascinante.

Estaba con mi licenciatura a medias cuando mi enorme familia de 14 hermanos (yo el mayor) se trasladó a París, pero un año después decidí volver a España para seguir estudiando. Quería casarme -aunque eso tardó mucho en ocurrir, y además fue con otra…–. No quise que mis padres me pagaran mi hospedaje de patrona y los estudios, así que necesitaba empezar a ganarme la vida. Y cuando llamé a la puerta de Pancho Pérez González, que era ya una institución en ese mundo, me la abrió de par en par: “Empiezas el lunes. Vienes y te sientas aquí mismo. Con estos dos al lado (el novelista Ramón Nieto y el eximio tipógrafo Paco Romero), aprenderás el oficio pronto”. Ser hijo de mi padre, a quien Pancho conocía y apreciaba, fue decisivo.

Tienes que vivir - SantillanaEmpecé aprendiendo a corregir pruebas (un libro para chicos, Tienes que vivir, de la colección “La Forja”) en una mesa muy larga en la que trabajábamos los tres que componíamos el equipo editorial. A mi espalda estaba el sencillo despacho de Pancho y a su lado el de Jesús Polanco. Corría el mes de octubre de 1964 y la oficina estaba en la calle Monte Esquinza, en Chamberí. Trabajaba a media jornada para sacar horas de estudio y asistir a las clases que podía. Mi sueldo eran 3.000 pesetas al mes, creo recordar. Pero el trabajo era absorbente y al poco tiempo dejé de ir a clase y me tomé un año sabático para meterme hasta el cuello en el trajín desbordante que bullía en la editorial. Creo que en ese año y pico aprendí casi todo lo fundamental del oficio. El sueldo, eso sí, subió mucho más despacio.

¿Qué recuerdos tienes de tu paso por Altea y Santillana?

Ninguno malo. Cuando la ley Villar tentó a la dirección a emprender seriamente el camino del libro de texto, la estructura de la casa dio un estirón brutal. Nos mudamos al barrio de las Ventas y ocupamos todo un edificio. A mi el libro de enseñanza no me apetecía nada, pero tuve suerte: los que mandaban decidieron que un pelotón de voluntarios se siguiera dedicando a editar libros que no fueran de texto (libros para chicos, claro) y en ese núcleo me acurruqué yo. No lo hicieron tanto porque vieran clara la vinculación entre la escuela y la lectura placentera (eso vino bastante después) como por mantener abiertas, y a ser posible enriquecerlas, unas líneas que, como se dice ahora, estaban en el ADN de la casa desde los orígenes y adquirían con asiduidad las bibliotecas en España y en América. En aquella sacudida telúrica, paradójicamente, la narrativa desapareció de mi horizonte. Los libros infantiles que hacíamos eran de referencia, de hobbies, alguna biografía… Todo lo originales que se quiera (que lo eran y mucho) pero nunca de ficción hasta mucho más tarde.

"El niño llorón", ilustrado por Carme Solé

“El niño llorón”, ilustrado por Carme Solé (Colección “Los derechos del niño”)

Poco a poco fueron sumándose al equipo, dirigido por Ramón Nieto, colaboradores que aportaban nuevas ideas, a veces geniales: gentes del mundo de la prensa, de la literatura, de la imagen, del arte… y así fueron surgiendo, primero una enciclopedia muy original y luego colecciones que seguían la vocación formativa e informativa propia de la casa, pero que acercaban sus contenidos a los chicos de formas totalmente novedosas e insólitas. Entrados los 70, sustituí a Ramón y me hice cargo de la dirección editorial de aquel núcleo experimental inicial que habíamos ya bautizado con el nombre de Ediciones Altea. El grupito, ahora en un nuevo domicilio que de algún modo lo “emancipaba” de la madre Santillana, fue creciendo y llegó a contar con más de treinta personas entre redactores, dibujantes, gente de producción, administración… No puede dejar de mencionarse la importancia crucial que tuvieron en aquellos años la inspiración y la creatividad del tándem externo que formaban Miguel Ángel Pacheco y el cineasta José Luis García Sánchez. Gracias a la simbiosis que se produjo entre ellos, el equipo editorial interior, nuestro estudio gráfico y los ilustradores de nuevo cuño (Asun Balzola, Carme Solé, Miguel Calatayud, Ulises Wensell, el propio Pacheco y muchos más…) que fueron sumándose al proyecto, se llegó a producir entre todos una constante tormenta de ideas riquísima y a veces disparatada de la que fueron naciendo lo que considerábamos nuestros propios libros.

"Soy una fiera" (colección Primera Biblioteca Altea)

“Soy una fiera” (colección Primera Biblioteca Altea)

Libros que nosotros mismos vendíamos, naturalmente. No en España (que algo, aunque muy poco, colocaba nuestra red de ventas), sino sobre todo en Europa. Yo iba a Bolonia y a Francfort con mi equipo, del que formaba parte mi hermano Juan Ramón, y entre esas ferias imprescindibles y otros agotadores viajes de trabajo conseguimos organizar coediciones de nuestros libros, todas ellas impresas en España y en más de una docena de idiomas en algún caso. Gracias a eso, y muchas veces sólo a eso, Altea pudo sobrevivir. Y yo aprendí a vender… y, de paso, aprendí italiano por placer e inglés por necesidad. Eso también se lo debo a Santillana y a Altea. Fueron, sin duda, los años más enriquecedores de mi vida profesional.

Durante la década siguiente, por un montón de razones que no hacen aquí al caso, echamos el freno a la creación propia, cambiamos la tecla y empezamos a comprar derechos en vez de vender los nuestros. Necesitábamos ampliar seriamente el catálogo, y la proyección de Altea al exterior cambió de campo y para mí empezó la segunda parte del partido. Dejamos de ser vendedores y nos hicimos compradores. Me convertí en el ojeador (o scout, como se dice en la jerga del ramo) de mi propio catálogo y en un cocinillas internacional, lo que me recompensó con preciosas amistades fuera de España y con nuevas vivencias, a veces emocionantes, dentro de mi oficio. Reconozco que para ciertas traducciones sólo me fiaba (y no del todo) de mí mismo, y eso me llevó a hacer mis primeras armas como traductor gratuito de algunos de los libros que publicábamos… Pero esa es otra historia.

¿Cómo has disfrutado más, buscando libros que publicar o traduciéndolos?

La cocina de noche (Maurice Sendak)

Reedición de “La cocina de noche” en Kalandraka

Difícil de decir. Me encanta traducir. Pero soy ya una especie de viejo ermitaño que no encuentra grandes satisfacciones fuera de la cueva, y puedo pasar muchas horas seguidas en una nube, enfrascado en mi traducción, mientras que antes era muy gregario, disfrutaba más de la gente y encontraba su compañía mucho más estimulante que ahora. Como editor, los libros que “buscaba”, si eran de creación propia o “semipropia”, me producían las alegrías y los disgustos compartidos del trabajo en equipo, y si eran ajenos me llevaban a nuevos empeños y a encontrarme con personas maravillosas que han resultado fundamentales en mi vida, tanto profesional como personal (mi mujer es una de ellas…). Pero traducirlos yo mismo era (y es) otra cosa. Un oficio también del libro, pero muy distinto y totalmente fascinante. La pelea con el diccionario y la memoria, esa cópula intelectual con el idioma que implica siempre la traducción (en realidad un exultante y a veces violento ménage a trois entre el traductor y los dos idiomas implicados) es quizá la actividad más excitante que el mundo del libro me ha ofrecido. Pero lo digo hoy, claro… A lo mejor hace treinta años hubiera dicho algo muy distinto.

Ya en 1989 hablabas de la enorme inflación que se estaba produciendo en el mercado editorial de literatura infantil. ¿Cómo ves ahora el panorama editorial en España, con tantos sellos dedicados al libro ilustrado infantil?

Mi visión está limitada por la distancia y el tiempo (vivo en Inglaterra desde hace más de 23 años) y supongo que por una cierta perplejidad que quizá sea fruto de esa misma inflación. Mi impresión es que ahora hay muchos más editores de libros infantiles que cuando se cumplió mi tiempo en España, y que la cantidad de álbumes ilustrados para niños que aparecen actualmente en el mercado es abrumadora. No he visto cifras, pero no creo que haya ningún país del mundo en que se produzcan más títulos al año. Me impresiona también la alta calidad de muchos ilustradores, que, en conjunto, me parece mayor aún que la de los escritores. Lo que veo desde mi balcón de exilado es una explosión espectacular que ha situado a España, tradicionalmente muy rezagada en este campo, en primera linea, junto a los grandes de siempre (Centroeuropa, los países anglosajones, Japón…). También me pregunto si el fenómeno es sostenible y económicamente viable. Pero mi escaso contacto directo con el país no me permite una opinión fundada.

¿De qué libro estás más satisfecho, ya sea como editor o como traductor?

"Cuentos en verso para niños perversos" (Altea)

“Cuentos en verso para niños perversos” (Altea)

El que me ha dado más reconocimiento como traductor es probablemente Revolting Rhymes, de Dahl. Fue endiabladamente difícil y divertido. Dudo todavía del acierto de mi prolijo título: Cuentos en verso para niños perversos, pero al menos le vino bien a Miquel Desclot, que hizo luego la traducción al catalán bajo el título de Versos perversos, con la que ganó el Premio Nacional de Traducción de Literatura Infantil en 1988.

Sin embargo el que me ha costado y gustado más verter al castellano ha sido Filastrocche in Cielo e in Terra (Retahílas de cielo y tierra), de Gianni Rodari. Lo traduje hace muy pocos años y creo que ha pasado bastante desapercibido, pero la satisfacción de llevarlo a puerto fue ENORME. Sin falsas modestias -sé que nada es perfecto, y menos en este resbaladizo terreno-, reconozco que me siento bastante orgulloso del resultado.

No quiero cerrar el capítulo de mis traducciones sin mencionar a El pequeño Nicolás de Goscinny y Sempé, que me ofrecieron re-traducir y cuyos numerosos capítulos inéditos fueron novedades editoriales la década pasada. Constituyeron también un inmenso disfrute -especialmente los inéditos, claro–. Y de propina llegaron un par de deliciosos álbumes del propio Sempé que he traducido hace poco para Blackie Books

Como editor, los libros que me han producido más emoción (alegría, orgullo, satisfacción, llámalo como quieras) son Celia en la revolución, el eslabón perdido de la saga de Elena Fortún y una verdadera revelación para mí en muchos aspectos, que publiqué con el sello Aguilar cuando lo adquirió el Grupo Santillana, y la Guía de Sevilla que editó con mi dirección y participación Acento Editorial, un sello del Grupo SM que dirigí antes de emigrar a la pérfida Albión; un homenaje que hice de todo corazón a una de las ciudades que más amo.

"El pequeño Nicolás" (ilustración de Sempé)

“El pequeño Nicolás” (ilustración de Sempé)

¿Y qué libro te arrepientes de haber traducido, si es que hay alguno?

De ninguno. Arrepentirse es una palabra muy tajante. Unos me han gustado más que otros. Y algunos mucho más. Pero con todos he disfrutado y he aprendido algo.

¿Cuál es el autor que más te ha costado traducir?

Sin duda, Gianni Rodari.

Repasando tu bibliografía, la mayoría de escritores son hombres. ¿Qué papel han jugado las escritoras en la literatura infantil del siglo XX y XXI?

Celia en la revolución

“El eslabón perdido de la saga de Elena Fortún y una verdadera revelación para mí en muchos aspectos”

Si fuera un experto en la materia quizá podría darte una contestación mínimamente fiable, pero no lo soy. Mi impresión es que, en este campo y seguramente en muchos otros, la aportación de las escritoras contemporáneas ha sido y sigue siendo por lo menos tan considerable como la de los escritores, tanto en calidad como en calidad. Pero es sólo una impresión sin ninguna base documental. La contestación que me pide el cuerpo es sencillamente “clave”: estoy convencido de que si amputáramos de féminas el elenco de autores infantiles de nuestro tiempo el empobrecimiento general sería pavoroso. Y yo me habría quedado sin los personajes favoritos de mi infancia: Cuchifritín Gálvez (con permiso de su hermana Celia) y Guillermo Brown. Creo que el número de buenas escritoras para niños ha aumentado en los últimos tiempos espectacularmente.

Desde tu punto de vista, ¿qué cualidades ha de tener un buen libro infantil? ¿Qué tiene que ofrecer al lector?

Es una pregunta de dimensiones y honduras cósmicas. No me atrevo a entrar a fondo en ella porque a lo mejor no sabría cómo salir. Emocionarse, reír, hacerse nuevas preguntas, releerlo, recordarlo, recomendarlo, buscar otros libros… son algunos de los síntomas inequívocos de que un texto ha valido la pena ser escrito, publicado, comprado y leído.

En alguna ocasión has afirmado que te encanta traducir libros en verso. ¿Por qué? ¿No es un trabajo mucho más complicado que la narrativa?

Retahilas de cielo y tierra (Gianni Rodari)

“El que me ha costado y gustado más verter al castellano ha sido ‘Filastrocche in Cielo e in Terra'”

Seguramente. Pero el desafío de los versos me parece irresistible. Tanto si son “serios” como si no pretenden pasar de simples ripios para entretener o divertir. Ritmo, rima (aunque no siempre) y el pie forzado insoslayable que supone la ilustración en muchísimos casos… son condiciones que obligan a la memoria y la imaginación a un sinnúmero de vueltas y revueltas léxicas y sintácticas de las que uno no sabe si va a ser capaz antes de empezar. Nunca he llegado a tirar la toalla, pero, por si acaso, siempre me hago una prueba a mí mismo antes de comprometerme a una traducción en verso, por sencilla que parezca. Hasta que la supero con éxito no me atrevo a creer que es posible que acabe llevando el texto a buen puerto.

En el mundo anglosajón es muy frecuente el uso de la rima en libros para prelectores y primeros lectores, quizá más que en el mundo hispano. ¿Qué importancia tiene para ti, qué crees que aporta?

La aportación es tan fundamental como que las rimas forman parte de nuestros primeros monólogos con los más pequeños (“Cinco lobitos tiene la loba…”, etc.) cuando tratamos de despertarlos al mismo tiempo a la palabra y a la música. El fenómeno sigue con las incontables rimas y retahílas infantiles que enriquecen todos los idiomas habidos y por haber… A la hora de traducir, yo mismo he decidido más de una vez hacer rimas para darle más “gancho” (gracia, emoción, interés…) a un texto maravilloso en el idioma original, pero que resultaba plano e insulso en castellano (único idioma al que me atrevo a traducir). Y en algún caso he recibido una felicitación (y hasta una ilustración de regalo) por parte del autor. Desde que nacieron mis hijos he comprobado que los niños pequeños se divierten más y se quedan mucho más fácilmente con las frases si, además de contarles algo que les gusta, encima riman. Mi hijo todavía se ríe con muchas historias rimadas que le cuenta de memoria a su hija, algunas traducidas por mí hace ya muchos años…

Otro recurso habitual en la LIJ, y seguro que para ti igualmente importante, es el humor. ¿Estamos perdiendo hoy en día el sentido del humor, en aras de lo políticamente correcto?

La aventura formidable del hombrecillo indomable (Hans Traxler)

Reedición en Anaya de “La aventura formidable del hombrecillo indomable”

Me temo que sí, y es una pena grande. Quizá no sea tanto que lo estemos perdiendo como que la “corrección política” y los falsos respetos han ido envenenando las fuentes de un humor que, aunque alguna vez podía resultar excesivamente desinhibido o irrespetuoso, era casi siempre inocente. El sentido del humor sigue y seguirá presente en el temperamento de quienes tienen la fortuna de nacer con él, lo que pasa es que van disminuyendo alarmantemente las ocasiones de ejercerlo.

¿Se podrían publicar hoy en día textos como El pequeño Nicolás o Las brujas si no fueran clásicos?

Tal como fueron escritos, sospecho que no. Es muy probable que los censurase el editor, o incluso el propio autor.

Por tus manos han pasado, como editor y como traductor, textos de los mejores autores de literatura infantil del siglo XX. ¿Te sientes en parte culpable de la configuración del canon de LIJ en el mundo de habla hispana?

Un poco, sí. En qué medida, ni lo sé ni soy yo quien debería decirlo si lo supiera. Yo ayudé en lo que pude y tuve la suerte de estar rodeado de gente estimulante, creativa y de mi plena confianza, y de que nuestro criterio pudiera prevalecer casi siempre sobre intereses ajenos a la calidad de lo que editábamos. Por otra parte, mi trabajo siguió muy a menudo caminos abiertos por otros, ojo.

Dentro de este canon del siglo XX, todos pensamos en Sendak, en Lobel, en Rodari, en Ungerer… Por suerte, sus libros se siguen reeditando hoy en día. Pero ¿qué otros nombres te gustaría resaltar? ¿Hay alguien a quien consideres que se ha olvidado, de manera injusta, con el paso de los años?

"El árbol generoso" (Shel Silverstein)

Reedición en Kalandraka de “El árbol generoso” (Shel Silverstein)

Los anglosajones parecen tener un talento especial para hacer que sigan vigentes sus clásicos infantiles a pesar del paso del tiempo. Desde Beatrix Potter a Richmal Crompton, su lista de clásicos “vivos” es espectacular: Carroll, Stevenson, Burnett, Alcott, Milne, Grahame, Barrie, Kipling, Nesbit, Tolkien, Lewis… ¿sigo? Y encima les han dado a los niños obras de autores que no las concibieron precisamente para ellos, como Swift, Defoe, Scott, Irving, Twain, Dickens, London, Melville, Wilde, C. Doyle, Wells, F. Cooper… Abrumador. En la Europa del sur, y más concretamente en España (y de rebote en Latinoamérica) hemos sido históricamente muchísimo más parcos en escribir libros que interesaran a los niños o que se dirigieran especialmente a ellos. Hoy parece que trata de recuperarse a Elena Fortún… Ojalá los y las que están en ello se acuerden de su Cuchifritín, que siempre fue eclipsado por su hermana Celia, pero que, como ya he dicho, fue uno de los grandes héroes de mi infancia antes de dejarme arrastrar por la atracción fatal de Guillermo Brown… Lamento, por otra parte, que no se haya decidido nadie, que yo sepa, a resucitar a Salvador Bartolozzi, el inefable autor de nuestro Pinocho nacional… Y no quiero cerrar este capítulo sin decir que me entristece mucho que no se haga algo más por Julio Verne, uno de los pilares de mi temprana afición lectora, del que no encontré un solo ejemplar en una de las librerías mejor surtidas de Madrid hace bien pocos días.

Has participado en jurados de álbum, como el Compostela, el pasado año. ¿Qué nos puedes decir de esta experiencia? ¿Cuáles son las diferencias más importantes, a tu juicio, entre el álbum anglosajón y el de habla hispana?

El trabajo en el Compostela no pudo ser más estimulante. La gente de Kalandraka es maravillosamente acogedora y de una competencia extraordinaria. Lo organizaron todo a la perfección, vi obras originales de mucho interés y los debates fueron muy enriquecedores. Solo puedo decir cosas gratas y muy positivas de la experiencia. Por cierto, muy similar a la que tuve como jurado del premio de ilustración de la Feria de Bolonia, hace ya muchos años…

Leocadio, un león de armas tomar

Reedición de “Leocadio” en Kalandraka

La segunda pregunta no sabría contestarla sin meterme en aguas en las que perdí pie hace ya tiempo. A primera vista, sí creo que la riqueza de autores/ilustradores que tienen en Anglosajonia es apabullante, tanto en calidad como en cantidad. Sin embargo ahora mismo me parece que España ha alcanzado, como he dicho más arriba, un nivel que no desmerece de lo mejor que hay por el mundo. Por cierto, que en todas partes parece haber subido muy notablemente el listón en la calidad de los álbumes ilustrados y el número de quienes se dedican a ellos. Cuando emigré eran libros de difícil venta y, en cambio, hoy las librerías parecen abarrotadas de sus espectaculares cubiertas… Pero repito: “doctores tiene la Santa Madre Iglesia”… (© Gaspar Astete S.J.)

Encontramos en las librerías multitud de libros infantiles de autoayuda, en forma de álbum ilustrado, dirigidos a resolver o trabajar con los niños determinados conflictos o situaciones. ¿Qué opinas de este tipo de títulos?

Quizá sean necesarios. Pero en el fondo no estoy seguro de que muchas de esas situaciones se resuelvan con libros.

Generalmente se ha alabado tu trabajo, pero seguro que alguna vez has recibido una crítica. ¿Cuál ha sido?

Es curioso. Se me han alabado cosas que no me han supuesto un gran esfuerzo y en cambio hay otras mucho más exigentes que creo haber resuelto con brillantez (perdón por la inmodestia) y en las que sin embargo no parece haberse fijado nadie o casi nadie.

¿Críticas? Recuerdo que alguien me echó la bronca por cambiar el nombre de un personaje cuando traduje de nuevo los libros de El pequeño Nicolás (¡una gozada mayúscula, por cierto!). Los nombres de pila de toda la obra estaban ya españolizados desde la primera edición que tradujo Esther Benítez, pero el de ese personaje no… Yo lo hice, por pura coherencia, y le di un disgusto a una crítica que era forofa de la primera edición. Nunca llueve a gusto de todos, y me lo esperaba. Pero sentí que le molestara. En cualquier caso, las críticas más duras me las hago yo mismo cuando releo algunas de mis traducciones…

Desde tu experiencia como editor y traductor, ¿qué opinas del trabajo de traducción hoy en día? ¿Se valora a los traductores? ¿Se puede vivir de esta profesión?

Marcelín

Edición de “Marcelín” publicada por Blackie Books

Creo que se les valora más que antes. De entrada se les reconocen derechos de autoría sobre sus textos, lo que no es avance menor. En cuanto a la retribución, creo que va siendo más digna, aunque no creo que en España o Latinoamérica se pueda vivir de la traducción como ocurre con fecuencia en el país en que vivo. Yo no podría, desde luego. Lo que ingreso como traductor al castellano es un bienvenido complemento a la pensión que me gané cotizando a la Seguridad Social como profesional de la edición durante mucho tiempo. Pero si no fuera por ella tendría que vivir a costa de alguien.

¿Qué autor te hubiera gustado traducir, y no has podido, o a quién te gustaría traducir en el futuro?

Me hubiera gustado ser yo quien tradujera los primeros “Guillermos” de Richmal Crompton. Pero es mejor que ya estuvieran traducidos cuando los conocí: la maestría de Lopez Hipkiss es insuperable. Espero que no los haya retraducido otra persona a estas horas, sería una pena. Eso sí, si los editores quisieran hacerlo alguna vez, que me avisen…

¿Qué proyectos tienes entre manos?

Seguir abrazándome con los diccionarios sin perder la capacidad de atreverme con textos aparentemente imposibles. Me lo siguen pidiendo mis amigos editores… Pero, antes de nada, volver a Venecia. Y además con un sueño: echar de la laguna a los grandes cruceros que la violan física y estéticamente varias veces todos los días.

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