Una gran historia de vaqueros

Una-gran-historia-de-vaquerosDelphine Perret
Traducción de Delfina Cabrera
Buenos Aires: Limonero, 2019

Quienes se acerquen a la cubierta del libro álbum Una gran historia de vaqueros, de la escritora e ilustradora francesa Delphine Perret, tal vez se sientan algo desconcertados al descubrir en ella la ilustración de un pequeño mono que come una banana. Si esos mismos lectores se detienen en el texto de contratapa, hallarán una primera pista para despejar el desconcierto inicial:

«Lo reemplacé por un mono porque me dijeron que un vaquero, con sus dientes amarillos y su cara de malo, daría muchísimo miedo».

Este juego planteado en el paratexto replica el principio de construcción del libro, que pone en diálogo tres historias: en las páginas pares y a través de un narrador externo al relato, la historia de un vaquero despiadado que come conejitos, fuma, toma whisky y asalta bancos con éxito; mientras tanto, en las páginas impares, se suceden las ilustraciones del mono, que se lava los dientes, practica cómo hacer globos con un chicle, baila en el gimnasio, aguarda el autobús junto a una gallina… Haciendo puente entre texto e imágenes –al pie de estas─ ingresa un narrador que ficcionaliza la voz de quien ilustra; esta voz se ocupa de explicitar y justificar las decisiones tomadas al realizar los dibujos, dando cuenta de la distancia entre estos (protagonizados por el mono) y el relato del vaquero. En el encuentro cómplice de estos tres elementos, se instala el humor con su potencia transgresora y desacralizadora.

El gesto humorístico de esta obra se inscribe en al menos dos direcciones. Por un lado, en la desconexión entre el relato del vaquero y las ilustraciones que lo acompañan, que quiebra toda lógica al trasgredir «lo esperable» en la relación texto-imagen. En este movimiento, Una gran historia de vaqueros lleva más allá la operación propia de los álbumes de poner en discusión el carácter muchas veces redundante de la ilustración, ya que instaura el absurdo sin preocuparse por defraudar las expectativas del lector, que no encontrará ninguna relación entre texto e imagen.

Por otro lado, un humor más corrosivo aparece en la ironía que puede leerse en el tono casi naif asumido por la voz del narrador-ilustrador, que apuesta al juego metaficcional para desmontar cierto sentido común en torno a los libros publicados para las infancias. En este punto, luego de avisar que ha reemplazado al vaquero por un mono, las intervenciones del narrador-ilustrador proponen un crescendo que pone en evidencia las limitaciones y exigencias que a menudo enfrentan los/las autores/as de textos e imágenes en este campo de la literatura, así como los/las mediadores/es entre los libros y los niños y niñas:

«Como esto tampoco se puede mostrar en un libro para niños y niñas, elegí reemplazar el asalto al banco por una clase de gimnasia. Acá el mono se está cambiando en el vestuario».

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De este modo, el narrador-ilustrador explica que toma decisiones tales como no dibujar la «pelea infernal» que se ha desatado porque «es demasiado violento», o reemplazar la sangre por jugo de tomate «para que nadie se desmaye».

El recurso al absurdo y la exageración resulta especialmente interesante y efectivo en algunas páginas, que podrían ser pensadas como una respuesta en clave humorística a la concepción ─demasiado difundida en las sociedades, aun hoy─ de que la lectura de ciertos textos literarios puede condicionar los comportamientos de niños y niñas; por ejemplo, cuando el narrador-ilustrador explica:

«Para evitar que los lectores alérgicos estornuden, reemplacé los campos de heno por un piso de baldosas blancas».

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En una edición cuidada en todos sus detalles, cabe destacar también las decisiones estéticas tomadas por la autora para su obra: minimalista, con una paleta reducida (negro, blanco y dorado), ilustraciones que dialogan con el tono naif del narrador-ilustrador y un juego tipográfico que pone de relieve las particularidades de cada grupo de textos (el relato del vaquero, en cuerpo tipográfico grande y con mayúsculas, con mucho «peso» en las páginas; el texto del narrador-ilustrador, en tipografía pequeña, clara y liviana, ocupando pies de página).

En tiempos en que la corrección política avanza sobre muchas producciones culturales ─al punto de poner en riesgo acerbos de bibliotecas─, es de celebrar esta propuesta inteligente y divertida de Delphine Perret, que evidencia un gran respeto por los y las lectoras más jóvenes.

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