22 cartas extraordinarias de escritores muy reales

22 cartas extraordinariasMaría Negroni
Ilustraciones de Jean-François Martin
Madrid: Demipage, 2016

Existen muchas maneras de rendir homenaje a escritores y personajes de ficción más queridos y, de paso, elaborar un listado de las lecturas que más nos marcaron en nuestra infancia. Tal vez este es el propósito principal de la escritora y periodista argentina María Negroni (Rosario, 1951) que ha tenido una idea excelente.

Se trata de un libro que presenta una recopilación de cartas que, de manera unilateral, algunos personajes dirigen a sus autores reales, como se insiste en el título; además de otras misivas entre autores contemporáneos, o no siempre. Estos escritos destacan por su sinceridad y la osadía al saber que el mensaje no llegará nunca y que, posiblemente, a la autora real del libro le hubiese gustado enviar. Encontramos cartas de todo tipo, como la que escribe el escritor italiano Emilio Salgari —que ejerció de marino y periodista— a sus cuatro hijos y donde trata de desvelarnos el misterio de la vida:

Hay que romper el contrato con lo cotidiano para poder ser quien se es, vale decir, un desconocido para los demás y sobre todo, uno mismo.

Otro escritor italiano es Carlo Collodi, el creador de la historia de Pinocho, que a pesar de pertenecer al siglo XIX se pone en contacto por escrito con Paul Auster, nacido en 1947. Personalmente, las cartas que encuentro más estimulantes son las que los personajes de ficción envían a sus autores en un afán de metaficción y subversión con el objetivo de agradecerles haberles dado la vida sin los reproches que muchos quisieran encontrar de parte de los hijos de carne y hueso. Un buen ejemplo de este amor incondicional es la carta de Heidi a Johanna Spyri:

El abuelo me ha dicho que tú eres mi autora. ¿Qué quiere decir “autora”? Le pregunté. Y él contestó que me tejiste con lo que amabas: la tierra y el paisaje, las palabras, los recuerdos que se acurrucan contra lo invisible. Y que después me pusiste aquí, en tu refugio blanco y sedoso -el reluciente mundo de la nieve- como si dibujaras esas bellas imágenes que nunca se ven.

James Barrie también da un excelente consejo de vida a todos sus hijos adoptivos después de privarlos de los juegos y aventuras en el País de Nunca Jamás para darles un futuro repleto de las obligaciones y del protocolo de los que Peter Pan logró escapar:

Nada de lo que ocurre a los 12 años importa demasiado, os lo aseguro.

La actitud de Lewis Carroll es muy diferente puesto que no puede esconder la decepción que siente porque Alicia ha crecido. A través de sus amargas palabras se adivinan las frustraciones y anhelos de un hombre que sentía una incomprensible atracción por las niñas y que desaparecía por completo cuando estas crecían. Muy diferente del tono de los escritores que se dirigen a sus personajes y dejan entrever cierto sentimiento de culpa y unas ansias de justificar la situación poco privilegiada que sus “padres de pluma” inventaron para ellos y que, a pesar de todo, es una muestra de la envidia de una vida que ellos no tuvieron oportunidad de disfrutar. Es el caso de Mark Twain con Huckleberry Finn:

Es mejor ser un niño sucio, Huck, un niño hambriento, abandonado y libre. ¿Cómo pude ignorarlo? Ah, si pudiera morirme por unos días. Irme lejos, muy lejos, a buscar signos al pie de una caverna: una piedra, una espada, una luna colorada.

Emily Dickinson y Louise May Alcott no se conocieron nunca, aunque eso no representa ningún contratiempo para que la poeta americana destaque los puntos que tienen en común ambas en relación al mundo de la escritura y los libros. La creadora de Mujercitas expresa su admiración y agradecimiento por Emily con estas palabras:

¿Cómo explicarle el efecto que esos versos surtieron en mí? ¿La necesidad inmediata que sentí de escribirle, aun cuando Higginson habló, con insistencia, de su carácter reservado.

La admiración que siente Alcott por Dickinson va mucho más allá y lo ejemplifica con la cita de los versos exactas que más la impactaron y que hace pensar que la ayudaron a conformar su carácter esquivo:

Me encierran en la prosa
como cuando de chica
me encerraban en el baño
para mantenerme quieta.

Una carta muy próxima a la realidad es la que Julio Verne escribe a su padre hablándoles de la pasión literaria y de los viajes que su progenitor nunca le perdonó. A través de un genial juego de diseño —obra de Jean-François Martin, como el resto de bellas ilustraciones del libro— podemos visualizar un mapamundi al mismo tiempo que se narran los episodios más significativos de una vida que todo hijo desearía dar a conocer al padre que no creído en él.

Otro tema aparte son las versiones de las historias populares y los efectos no deseados por autores que no tuvieron más remedio que consentir se hacen notar en la carta de Jacob Grimm a su hermano gemelo Wilhelm que murió antes que él:

No eran libros para niños. Nunca escribimos libros para niños, Wilhelm. Tú lo supiste enseguida, antes que yo. Por eso te opusiste, de entrada, a las censuras (que considerabas timoratas) y disentías con los editores sobre la necesidad de ilustrarlos.

Aunque todas estas cartas no tienen ninguna posibilidad de llegar a su destinatario las podemos considerar plenamente vigentes y bienvenidas. Además del valor literario, el trabajo de documentación es admirable y demuestra las circunstancias históricas, socioculturales y emocionales de los escritores de hace un tiempo. Además de los autores y personajes ya mencionados, también aparecen J.D. Salinger, Herman Melville, J.L. Stevenson, Edgar Allan Poe, Charles Dickens y muchos otros, como una declaración con todas las líneas ralladas de Charlotte Brönte a un amor secreto que nunca sabremos de quién se trata.

2 comentarios en “22 cartas extraordinarias de escritores muy reales

  1. José Cruz Bustillo
    24/06/2019 a las 15:39

    Muy interesante libro. Sólo ojo, Wilhelm y Jacob Grimm no eran gemelos! A menos que hubiera sido un parto muy prolongado pues nacieron con 13 meses de diferencia. =)
    Saludos!

  2. 13/03/2019 a las 16:38

    Los fragmentos citados no me incitan a leer este libro. Parece bastante melancolico y como que opone algunos autores a sus personajes. Mal veo a Twain en esa pose de nostalgia por una infancia perdida ni me queda claro lo que se atribuye a Barrie. Un libro de estas características es por naturaleza subjetivo y no sé si la autora ha conseguido lo suficiente borrarse a sí misma al disfrazarse de esos autores y personajes

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