“¡Venga, vamos!”, el placer de perderse en los detalles

Autor e ilustrador: Philip Waechter
Editorial: Lóguez, 2025
Edad recomendada: Desde 3 años

Los pequeños lectores, y también los adultos, disfrutan de esos libros que se pueden mirar y remirar sin parar, como este ¡Venga, vamos!, que pertenece al género de obras sin texto que renuncian a las palabras para dejar que el ojo disfrute de la inmensidad de la página y sus detalles, contemplando el mundo y tropezando con multitud de historias.

Philip Waechter es un ilustrador alemán que lleva décadas explorando las emociones contemporáneas con una mezcla de ironía y ternura. Aquí se adentra en el territorio del Wimmelbuch, un género que funciona tan bien en Alemania y que en castellano solemos traducir como “libro de imágenes” o “libro de busca y encuentra”, aunque ninguna traducción hace justicia al significado literal y muy certero de “libro abigarrado”, “libro bullicioso” o “libro rebosante”.

No es la primera vez que Lóguez publica a Waechter: ya nos había traído títulos como Muy famoso, Yo o Días de hijo, obras en las que el ilustrador demostraba su habilidad para capturar los matices de la cotidianidad con humor y sutileza. Pero en ¡Venga, vamos! no hay texto, no hay narrador que guíe, no hay voz que nos diga lo que sucede. Solo el despliegue gráfico de un mundo lleno de personajes que se cruzan, se buscan y se encuentran.

El formato es generoso —25 x 32,7 cm— y las páginas de cartón invitan al manoseo, al uso intensivo que los libros infantiles merecen. Cada doble página es un escenario donde suceden muchas cosas. La primera despliega una escena urbana; la última, un campo de fútbol donde convergen todos los hilos “narrativos”. En medio de todo esto, el campo se convierte en protagonista: prados, bosques, espacios abiertos donde la naturaleza acoge las pequeñas aventuras de una fauna variopinta.

Waechter propone un juego que será familiar a los seguidores de Rotraut Susanne Berner, la gran maestra del Wimmelbuch, pero con su sello personal, quizá con más caos organizado, en el que cada personaje parece estar escribiendo su propia historia. Ocho protagonistas recurrentes —presentados en la cuarta de cubierta— atraviesan todas las escenas: Mapache, Tejón, Zorro, Oso, Corneja y otros compañeros de aventuras que el lector aprende a reconocer página tras página. Localizarlos se convierte en un ritual, en ese orgullo infantil de señalar con el dedo y exclamar “¡ahí está!”.

Además, cada relectura abre puertas nuevas. Ese topo que come helado, esas setas que parecen desplazarse de un sitio a otro, el gato de expresión melancólica, el pingüino que intenta volar, el peluche perdido, los acróbatas, los pollitos veloces, los anfibios lectores… Cada detalle es el germen de una historia que el niño (o el adulto) puede construir con su imaginación a partir de las semillas sembradas por Waechter.

Siendo un libro sin palabras, no deja de ser narrativo. Las historias están ahí, latentes, esperando a que alguien las formule en voz alta. Es un libro que invita a la conversación, al diálogo entre el adulto y el niño, a esa complicidad que surge cuando ambos intentan descifrar qué diablos hace ese cerdo con esa pecera, por qué el oso y el buey están excavando, por qué hay un plátano y un limón paseando por el campo, o de quién son esos ojos inquietantes que asoman por la ventana de un sótano.

También vale la pena mencionar el cuidado editorial con el que Lóguez ha tratado este libro. Impreso en Alemania —un detalle a destacar en un formato donde la deslocalización de la impresión y encuadernación suele ser la norma, por los elevados costes de fabricación—, se ha utilizado barniz de impresión a base de agua y se ha prescindido de laminados plásticos, apostando por una producción más sostenible que además es de mejor calidad. Las páginas de cartón son robustas pero no excesivamente pesadas, las esquinas redondeadas protegen dedos y paredes, y el conjunto transmite esa sensación de objeto bien hecho que invita a usar una y otra vez.

A pesar de sus similitudes con otras propuestas, sobre todo las de Rotraut S. Berner, el mundo animal de Waechter tiene mucho humor, mucha ironía, esa capacidad para capturar lo ridículo de la existencia. Sus personajes parecen torpes, imperfectos, llenos de deseos contradictorios, y precisamente por eso resultan tan humanos a pesar de su apariencia animal.

¡Venga, vamos! hace también referencia al movimiento, al impulso de salir, explorar, hacer. Una celebración de la aventura al aire libre, del juego sin estructura, de la posibilidad de perderse para encontrar algo inesperado. Al final, nos recuerda que leer no es solo pasar la vista por palabras ordenadas, sino también aprender a mirar, a detenerse, a preguntarse. Un libro que confía en la capacidad de los pequeños lectores para construir sentido a partir de imágenes de calidad.

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