Setenta años en pijama: “Harold y el lápiz morado”

Harold y el lápiz moradoTexto e ilustraciones de Crockett Johnson
Traducción de Ellen Duthie
Editorial: Wonder Ponder, 2025
Edad recomendada: a partir de 3 años

No es habitual que un niño en pijama decida salir a pasear bajo la luz de la luna. Pero más raro aún es que esa luna no exista y decida dibujarla él mismo. Porque Harold no es un niño cualquiera: es un pequeño creador de realidades armado únicamente con un lápiz morado y una imaginación sin fin.

En 2025 se han cumplido siete décadas desde que Harold apareció por primera vez en las librerías estadounidenses. Setenta años dibujando dragones, navegando océanos y comiendo pasteles de nueve sabores distintos. Esta edición conmemorativa que nos trae Wonder Ponder —con traducción de Ellen Duthie— es la oportunidad de recuperar un clásico que, sorprendentemente, nunca había tenido en español demasiada suerte.

Porque Harold ya había pisado territorio hispanohablante. HarperCollins lo intentó en 1995 sin mucho éxito. Jaguar lo rescató en 2012, pero tampoco logró que el personaje calara en nuestras librerías. Quizá sea porque Harold es uno de esos libros que parecen sencillos pero esconden una complejidad filosófica que requiere mediadores capaces de transmitir su genio. O quizá, simplemente, necesitaba llegar en el momento justo y a la editorial adecuada.

David Johnson Leisk creó este personaje en 1955. Crockett Johnson, que en realidad era su pseudónimo, ya era famoso por su tira cómica Barnaby (1942), una obra maestra del humor inteligente que le valió el elogio de Dorothy Parker y la vigilancia del FBI (que lo consideraba un comunista encubierto por sus ideas progresistas sobre igualdad racial). Casado con la escritora Ruth Krauss, Johnson vivía en Connecticut dibujando y navegando, orgulloso de su calvicie. “Dibujo gente sin pelo porque es mucho más fácil”, decía con humor.

Barnaby - Crockett Johnson

Harold nace de esa misma economía de líneas. El argumento es engañosamente simple: un niño sale a pasear de noche y, como no hay luna ni camino, los dibuja. Con su lápiz morado va creando todo lo que necesita: un bosque, un dragón que guarda manzanas, un océano donde naufragar, un globo aerostático que lo salve, una ciudad entera de ventanas mientras busca la suya. Al final, dibuja su propia cama y se duerme, agotado pero satisfecho. Fin.

Lo que Johnson propone es algo muy interesante: el niño no espera a que alguien le construya un mundo. Lo construye él. No pide permiso, no consulta, no duda. Ve un problema y lo resuelve a golpe de lápiz. Se asusta de su propio dragón y dibuja agua para ahogarlo. Se cae al océano y dibuja un bote. El bote se hunde y dibuja un globo. Es la imaginación como herramienta de supervivencia.

El estilo visual de Johnson es minimalista hasta decir basta, con esa línea morada sobre fondo blanco. Harold apenas tiene rasgos: cabeza redonda, cuatro pelos, pijama de una pieza. Pero esa aparente simplicidad es todo menos casual. Johnson, que había trabajado como editor de arte en la revista marxista New Masses y dominaba el diseño, sabía exactamente lo que hacía: eliminar todo lo superfluo para que la imaginación del lector tuviera espacio donde expandirse.

Harold y el lápiz morado

Respecto a Harold, hay una controversia muy peculiar que el investigador Philip Nel —biógrafo de Johnson— puso sobre la mesa: Harold podría haber sido, desde el principio, un niño negro. Nel analizó las instrucciones originales de Johnson a la imprenta y descubrió que especificaba un 10% de tinta marrón para la piel de Harold, una elección deliberada en una época donde la piel blanca se representaba con magenta. En 1998, cuando HarperCollins relanzó en inglés los libros de Harold, aclararon el tono de piel en las cubiertas, aunque dentro de los libros Harold seguía siendo moreno. Lectores como el historietista Chris Ware y el ilustrador Bryan Collier siempre vieron a Harold como un niño negro, mientras que otros lo leyeron como blanco. Harold es racialmente ambiguo, y esa ambigüedad permite que cualquier niño se vea reflejado en él.

Johnson creó seis secuelas de Harold: Harold’s Fairy Tale (1956), Harold’s Trip to the Sky (1957), Harold at the North Pole (1958), Harold’s Circus (1959), A Picture for Harold’s Room (1960) y Harold’s ABC (1963). Todos siguen la misma fórmula mágica: Harold + lápiz morado + imaginación = aventura. Ninguno alcanzó la perfección del primero, pero juntos conforman una saga coherente sobre el poder de crear tu propia realidad.

Harold y el lápiz morado

Wonder Ponder tuvo el acierto de publicar también Ellen y el león, otro libro de Johnson de 1959 que funciona como hermano gemelo de Harold. Ellen es una niña con la cabeza en las nubes; su león de peluche, un escéptico con los pies en la tierra. Juntos protagonizan doce historias breves donde Ellen arrastra al león a aventuras imaginarias sin salir de casa. Mientras que Harold es acción creativa, Ellen es conversación filosófica. Los dos libros se complementan y demuestran que Johnson entendía perfectamente cómo funcionan las mentes infantiles.

La traducción de Ellen Duthie —editora y alma de Wonder Ponder— es impecable, como de costumbre. Conoce el arte de traducir para niños sin infantilizar, y su trabajo con el texto de Johnson respeta el ritmo narrativo y la economía de palabras que caracteriza al original. En cojunto, la edición de Wonder Ponder es, al fin, la que Harold merecía en español. Formato cuidado, buena impresión, respeto por el original…

¿Por qué seguir reivindicando a Harold setenta años después? Quizá porque en esta época los niños necesitan más lápices y espacios en blanco. Harold nos muestra que crear es más interesante que consumir, y que una página en blanco no es nada malo, sino todo lo contrario. Nos recuerda también que el miedo es algo que podemos dibujar (y controlar), que perderse es parte del juego y que, al final, siempre podemos dibujar nuestra propia ventana y volver a casa.

Harold y el lápiz morado

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