Berta Páramo
Zahorí Books, 2024
Edad recomendada: a partir de 8 años
¿Quién construyó el primer robot de la historia? ¿Fue un genio griego con ansias de emular a los dioses, un inventor renacentista obsesionado con engranajes, o una mente de Hollywood que soñaba con un asistente metálico de voz grave y lógica implacable? En Robotland, Berta Páramo nos da las respuestas. Con una mirada curiosa y contagiosa, nos guía por un museo ilustrado —que combina lo real y lo fantástico— donde conviven desde los autómatas hidráulicos del mundo antiguo hasta los androides cinematográficos, los juguetes mecánicos, los asistentes virtuales y los robots de rescate.
Este libro no es un atlas, ni un cuento, ni una enciclopedia, y sin embargo tiene algo de las tres cosas. Berta Páramo —ilustradora, diseñadora e investigadora visual, con formación en arquitectura y álbum ilustrado y experiencia en medios y editoriales— hace aquí un trabajo ambicioso: una obra de no ficción que informa con rigor, pero que nunca pierde el pulso de la fascinación ni el juego. Robotland invita a la lectura cruzada, al salto de página, al asombro compartido.
La estructura del libro se organiza a lo largo de ejes temáticos, cada uno dedicado a un tipo de robot o concepto: robots recreativos, dedicados a la medición del tiempo, a la asistencia o vigilancia, a las artes… Desde las fuentes animadas de la Grecia clásica hasta los perros robot de Boston Dynamics. No hay una narración lineal, pero sí una estructura con cierta lógica que avanza desde el mito hasta la tecnología punta. En cada página conviven dibujos explicativos, esquemas, recortes históricos y textos breves pero cargados de información.
Uno de los mayores logros del libro está en su capacidad para reconciliar lo técnico con la reflexión más literaria. Así, Robotland no solo nos muestra “lo que hace” un robot, sino “lo que significa” en cada época: un deseo de poder, una fantasía, una herramienta, una amenaza o una promesa.
Las ilustraciones, que ocupan el corazón del libro, son tan rigurosas como expresivas. Páramo domina el lenguaje visual con un estilo de línea definida, paleta contenida y un gusto por el detalle mecánico. Muchas de las imágenes cortan por la mitad a los robots para mostrar su funcionamiento interno: tubos, pesos, poleas, depósitos de agua, válvulas. Hay algo casi enciclopédico en esa voluntad de mostrar “cómo está hecho”, pero siempre con un guiño lúdico, como si estuviéramos ante un juego de construcción gigante. Incluso los robots más amenazantes (como los militares o los industriales) están tratados con una mezcla de respeto y humor que los humaniza sin idealizarlos.
En cuanto al lenguaje, el tono es directo, accesible, lleno de frases breves y con vocación divulgativa. No hay jerga técnica, pero sí precisión conceptual. La autora no subestima a sus lectores: habla de automatización, de inteligencia artificial, de biomimética, de ética robótica… pero lo hace con naturalidad, como si todos hubiéramos estado conversando sobre ello desde pequeños.
A diferencia de otras obras sobre tecnología dirigidas al público infantil, Robotland no se limita al “futuro” ni a las novedades. Al contrario: su fuerza está en la mirada histórica. Es revelador comprobar cómo las preguntas que nos hacemos hoy sobre los robots —¿podrán sentir?, ¿sustituirán a los humanos?, ¿deben tener derechos?— ya estaban presentes, de otro modo, en el mito de Pigmalión, en los sueños de Leonardo da Vinci o en la imaginación de Mary Shelley. Páramo conecta de forma sutil estas tradiciones culturales con el presente, haciendo visible la genealogía de nuestras máquinas.
Una de las características más interesantes del libro es la inclusión de robots de ficción como Robby (Planeta Prohibido), tratados aquí como personajes culturales con tanto peso como los autómatas reales. Esta convivencia de lo real y lo imaginado no es caprichosa, sino una elección estética y narrativa que refuerza el planteamiento del libro: los robots siempre han sido tanto artefactos como metáforas.
Desde un punto de vista pedagógico, Robotland puede funcionar como puerta de entrada a la historia de la tecnología, como estímulo para la lectura transversal, como recurso en el aula o como detonante de conversaciones en familia. Pero más allá de su utilidad, lo que lo hace especial es su capacidad para hacer soñar con los ojos abiertos, para mirar un engranaje y ver en él una historia.
Robotland es un ejemplo de cómo la no ficción ilustrada puede ser igual de envolvente y significativa. En comparación con otros títulos del mismo ámbito, este libro se sitúa a medio camino entre el rigor documental y la imaginación estética, con un equilibrio poco habitual. Un libro informativo que no solo informa: construye una mirada sobre la tecnología que huye tanto del entusiasmo ingenuo como del miedo apocalíptico.




