Grant Snider
Traducción de Marina Borrás
Garbuix Books, 2024
Edad recomendada: A partir de 10 años
Hay libros difíciles de clasificar. Poesía en cómic, de Grant Snider, es uno de ellos. Esto seguramente se deba a que es una obra que nace del cruce de dos formas de expresión muy antiguas (las más, quizá): la poesía y la narrativa gráfica. ¿Qué pasa cuando las imágenes piensan como poetas y los versos habitan las viñetas? Lo que pasa es este libro: una especie de artefacto visual y textual que no es una antología, ni un manual de escritura creativa, ni una novela gráfica, y sin embargo lo es todo un poco. Y sobre todo, es una invitación a mirar —y leer— de otro modo.
Snider es ortodoncista de profesión (y artista de vocación), un dato que cobra sentido cuando vemos que su obra parece ensamblada con la precisión de alguien que ha pasado muchas horas afinando detalles minúsculos. Desde su web y redes, donde publica desde hace más de una década tiras cómicas sobre creatividad, lectura y escritura, ha ido construyendo una comunidad de lectores apasionados que encuentran en sus viñetas no solo humor e ingenio, sino también una pausa para pensar y sentir. Este libro recoge una selección de esos trabajos, reorganizados en cuatro bloques correspondientes a las estaciones del año. Cada uno de ellos aborda la identidad, la observación del mundo, los pequeños hechos cotidianos, los hábitos del escritor y el misterio mismo de la poesía.
Aunque no sigue una trama como tal, el libro construye un recorrido casi narrativo: empieza en la nebulosa de las ideas, se adentra en los rincones del lenguaje, se detiene en los obstáculos del día a día —el bloqueo, la distracción, el perfeccionismo— y termina celebrando la poesía como una forma de estar en el mundo: “Cada día espero a mi musa. Algunos días… no viene. Y me planteo… dejar de escribir. Pero los días que me ilumino y me invade la creatividad entiendo que… la musa siempre está conmigo”. Es, en cierto modo, una autobiografía emocional del oficio de escribir.
Cada página es una pequeña joya gráfica, una viñeta o historieta de estructura libre que puede leerse como un poema visual, un microensayo o una meditación en voz baja. A veces hay rimas, otras no; a veces hay personajes, otras solo metáforas. Snider juega con todo: el espacio en blanco, los colores planos, los dobles sentidos, los caligramas, los tropos visuales, los silencios. Uno de sus grandes méritos es que consigue que lo complejo parezca sencillo. Y lo hace con una voz cálida, irónica, humilde. No hay grandilocuencia ni solemnidad: hay una ternura que atraviesa todas las páginas y que hace que uno quiera seguir leyendo, aunque no haya un hilo argumental.
Traducir poesía ya es una labor delicada, pero si a eso se le suma que los textos están integrados en ilustraciones, con juegos tipográficos, ambigüedades y juegos de palabras, el reto es monumental. Y sin embargo, el magnífico resultado, obra de la traductora Marina Borrás, fluye con naturalidad.
Los temas que recorren el libro son universales —la búsqueda de sentido, el miedo a no estar a la altura, el asombro ante lo cotidiano— pero están filtrados por una sensibilidad muy particular. Snider no pretende dar lecciones ni ofrecer recetas mágicas. De hecho, a menudo se ríe de los tópicos sobre la inspiración o los mitos del “poeta torturado”. Lo suyo es más bien un arte de la observación: mirar con atención lo que otros pasan por alto y devolverlo transformado en una imagen o una frase que resuena. En este sentido, sus cómics funcionan como pequeñas cápsulas de lucidez que uno puede leer de a poco, como quien abre al azar un libro de aforismos o de haikus.
Visualmente, el estilo de Snider es reconocible al instante: líneas limpias, paleta suave, composiciones equilibradas. Tiene elementos en común con Chris Ware, con Liniers… Hay viñetas que funcionan como puzles, otras como pequeñas obras de arte conceptual. Algunas son cómicas, otras melancólicas.
Comparado con otros libros que cruzan poesía e imagen, Poesía en cómic se sitúa en un lugar más introspectivo que juguetón, más reflexivo que narrativo. También más contemporáneo en su forma de entender el lenguaje visual como un vehículo de pensamiento, no solo de emoción. En el panorama actual, donde la poesía visual o el cómic ensayístico están ganando terreno, este libro tiene la capacidad de conectar con públicos diversos: lectores de cómic, amantes de la poesía, docentes que buscan nuevas formas de abordar la escritura en el aula, adolescentes curiosos, adultos saturados de ruido.
Es difícil calificarlo como un libro o cómic infantil. Puede leerse desde los diez o doce años, pero como ocurre con los buenos libros ilustrados, cada lector encontrará algo distinto según su edad, experiencia y humor. Hay niveles de lectura, guiños culturales, referencias sutiles que enriquecerán la experiencia del lector adulto sin excluir a los más jóvenes. Lo mismo podría decirse de su función: es un libro para disfrutar, pero también para pensar, para usar en clase, para inspirarse, para regalar.


