“Mi mundo perdido”, el mosaico de Astrid Lindgren

Mi mundo perdido, Astrid LindgrenAutora: Astrid Lindgren
Traductoras: Ulla Ljungström y Esther Rubio
Editorial: Kókinos, 2025
Edad recomendada: Jóvenes y adultos

Cuando su hija Karin, enferma de neumonía, le pidió que inventara historias sobre una tal Pippi Calzaslargas, Astrid Lindgren no podía imaginar que ese nombre estrafalario daría lugar a la niña más fuerte del mundo, ni que ella misma se convertiría en la escritora sueca de literatura infantil más leída de todos los tiempos. Pero ¿quién era realmente esta mujer capaz de vender más de 165 millones de libros? Mi mundo perdido, recuperado por Kókinos (ya estuvo publicado en los 80 por la editorial Juventud con otra traducción), nos ofrece la respuesta más íntima posible: la voz de Lindgren narrando su propia historia.

Este volumen recopila textos dispersos que la autora escribió a lo largo de décadas: artículos para revistas como Expressen (1963) o Vi (1947), cartas, discursos —incluida su célebre conferencia en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos en 1982—, y reflexiones aparecidas en publicaciones especializadas como Svensk Litteraturtidskrift (1983). No es, por tanto, un libro pensado como una autobiografía, sino más bien un mosaico de fragmentos que, juntos, podrían formar un retrato poliédrico de una creadora excepcional. Y ahí está su encanto, en esa naturaleza fragmentaria que permite asomarse a Lindgren desde múltiples ángulos, sin la rigidez de una narrativa lineal.

Kókinos, que ya ha publicado una parte sustancial de la obra de Lindgren en castellano —varios libros de Pippi, de Karlsson, los seis volúmenes de las travesuras de Emil y la trilogía del superdetective Blomkvist—, culmina esta labor editorial coincidiendo con el 80 aniversario de la publicación del primer libro de Pippi (1945) con un volumen que funciona como una especie de puerta escondida hacia el universo creativo de la autora. Porque si sus novelas nos mostraron qué pensaba sobre la infancia, este libro desvela por qué lo pensaba.

La estructura del libro permite al lector saltar entre épocas y temas sin perder el hilo conductor que atraviesa todos los textos: la infancia es un territorio sagrado que merece respeto y defensa. Lindgren habla de sus padres y de cómo su historia de amor le enseñó a percibir “lo bueno y lo esencial”. Recuerda con precisión cuando, siendo una niña en una humilde cocina, escuchó por primera vez el relato de Bam Bam y el hada Viribunda, ese instante en el que descubrió que los libros serían parte esencial de su vida. Y lo cuenta sin edulcorar ni idealizar, aunque es evidente que aquellos años en el campo sueco, en el seno de una familia campesina, dejaron huella en su obra.

Pero Lindgren no se queda en la nostalgia. El libro también incluye reflexiones sobre el oficio de escribir para niños, un género que ella contribuyó a dignificar. “Durante casi sesenta años, creé personajes inolvidables que forman parte de la literatura universal”, dice sin falsa modestia. Su obra transformó el concepto de literatura infantil, convirtiéndola en un espacio donde los niños podían ser fuertes, decididos y capaces de rebelarse ante el mundo absurdo de los adultos. En estos textos, Lindgren explica cómo llegó a esa visión revolucionaria: niños empoderados que toman las riendas de sus vidas, que no necesitan esperar a que un adulto les resuelva los problemas, que confían en su propia capacidad para enfrentar el mundo.

Lo más reconfortante es descubrir la coherencia entre vida y obra. La mujer que escribió sobre Pippi viviendo sola (bueno, con su caballo y su mono) en Villa Villekulla era la misma que en los 80 publicaba artículos contra el maltrato animal que acabaron provocando cambios legislativos en Suecia (de hecho, la nueva ley se llamó “Lex Lindgren”). La creadora de Ronja, la hija del bandolero que aprende las lecciones del bosque, era una ecologista convencida décadas antes de que el término se pusiera de moda. Lindgren no separaba la escritura de la ética; para ella, escribir para “un público que puede hacer milagros” —los niños— era una responsabilidad política y moral.

La autora sueca Astrid Lindgren junto con la autora finlandesa Tove Jansson en Estocolmo en 1958 (Foto: Karl Heinz Hernried)

La autora sueca Astrid Lindgren junto con la autora finlandesa Tove Jansson en Estocolmo en 1958 (Foto: Karl Heinz Hernried)

El volumen también funciona como respuesta a las miles de cartas que Lindgren recibió durante su vida. Lectores de todo el mundo le preguntaban si sus personajes habían existido de verdad, si los lugares eran reales, cómo se le ocurrían las historias. Este libro también sirve como una larga carta de respuesta a todos ellos. Y lo que Lindgren revela es que sus personajes fueron reales en el mejor sentido: en su capacidad de encarnar deseos y miedos genuinos de la infancia. Pippi no existió, pero la necesidad de imaginar una niña libre y poderosa sí existió, primero en su hija enferma, y luego en millones de lectores.

Lindgren admite que “no podía vivir sin leer, ni tampoco sin escribir”. No era una pose de letraherida; para ella, era una necesidad tan básica como respirar. Esa pulsión por contar historias la mantuvo activa hasta su vejez, respondiendo cartas, revisando guiones de películas, asegurándose de que las adaptaciones de sus obras mantuvieran el espíritu de los libros originales. Su implicación en la producción cinematográfica de sus relatos —desde los guiones hasta la selección del elenco— nos muestra a una creadora obsesiva con los detalles, consciente de que cada decisión podía acercar o alejar a los niños de esa “infancia soñada” que ella defendía como un derecho universal.

Mi mundo perdido es, en definitiva, un manifiesto sobre cómo entender la infancia. Lindgren no creía que la infancia fuera un estado incompleto que preparara para la “verdadera” vida adulta. Para ella, la infancia era un momento pleno, valioso en sí mismo, que debía protegerse de la prisa por crecer, del utilitarismo, de las “reglas absurdas” que impone el mundo adulto. Un territorio donde todo es posible todavía. Y cuando le preguntaban si no le gustaría escribir un libro para adultos, contestaba: “No, no quiero escribir para adultos. Quiero escribir para un público que pueda crear milagros. Los niños crean milagros cuando leen”.

Ella, que vivió dos guerras mundiales y vio cómo el siglo XX transformaba radicalmente la sociedad, entendió que defender la infancia era defender la posibilidad misma de un futuro más humano. Y estas “memorias” demuestran que detrás de cada historia había una mujer coherente, comprometida, que vivió como escribió.

Astrid Lindgren (1907-2002). Foto: Charles Hammarsten/IBL Bildbyrå

Astrid Lindgren (1907-2002). Foto: Charles Hammarsten/IBL Bildbyrå

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