“Los reinos silenciosos”, un cómic entre sombras

Guión: Séverine Gauthier
Dibujos: Jérémie Almanza
Traductor: Lorenzo F. Díaz
Editorial: Nuevo Nueve, 2025
Edad recomendada: A partir de 10 años

Perséfone, la protagonista de este libro que toma su nombre de la diosa griega raptada por Hades en el inframundo, no es una niña común. Ve fantasmas. Y no solo los ve: puede hablar con ellos, tocarlos, ayudarles. Esta capacidad, que según se mire puede ser un don o una maldición, la arrastrará hacia un viaje imposible al otro lado, donde los muertos guardan silencio y los vivos no deberían entrar jamás.

Los reinos silenciosos llega a las librerías españolas de la mano de Nuevo Nueve tras su debut en Francia hace un par de años. Séverine Gauthier, guionista fascinada por los universos de Roald Dahl y Lewis Carroll, construye aquí una historia que bebe directamente de la tradición de los cuentos macabros pero con un ingenio particular. Este no es un relato aleccionador sobre la aceptación de la pérdida ni una alegoría almibarada. Es un viaje físico y emocional al “reino silencioso” de los que ya no están, donde el absurdo y el terror conviven con una ternura inesperada.

La trama arranca con un tropiezo entre dimensiones. Charles y Théophile, dos recolectores de suspiros al servicio de la Muerte —esqueletos torpones con más ganas que oficio—, llegan tarde a su cita con el recién fallecido Víctor Columbaria, vecino de Perséfone. Llegan tan tarde que, sin ese último aliento capturado, el pobre Víctor está condenado a vagar entre dos mundos, sin descanso posible. Perséfone, la única viva capaz de verlos, decide ayudarles. Pero lo que comienza como un gesto solidario se convierte en una odisea entre reinos que desafía todas las reglas conocidas. ¿Cómo ha acabado ahí? ¿Por qué puede ver a los muertos? Y sobre todo: ¿podrá volver?

Gauthier imprime un gran ritmo en esta historia de fantasmas. Se alternan los momentos de tensión —Perséfone perdida en territorios donde no debería estar— con escenas de un humor negro y diálogos afilados protagonizados por Charles y Théophile, cuya incompetencia laboral da para muchas carcajadas. Su relación con la protagonista es uno de los puntos fuertes del cómic, que se apoya en los ambientes y en la personalidad de sus personajes.

Además del “dúo cómico” de esqueletos, Víctor, el vecino muerto, resulta ser más vital como fantasma que lo que probablemente fue en vida: un gigante bonachón que encuentra en Perséfone una cómplice inesperada. La propia protagonista no se ajusta a los arquetipos de las niñas valientes en la literatura infantil: no busca la aventura, se topa con ella; no tiene superpoderes, solo una habilidad rara que no pidió; y su valentía no es épica sino doméstica, la de quien hace lo correcto aunque le tiemblen las piernas.

La historia oscila entre lo onírico y lo perturbador. La muerte tiene oficinas, jerarquías, procedimientos burocráticos y, como en la vida, empleados que se equivocan. Hay poesía —cada capítulo se abre con versos de Apollinaire, Victor Hugo, Ronsard o Théophile Gautier—, pero también hay miedo y decisiones que pesan. Perséfone no es una heroína ejemplar: es una niña asustada que decide actuar a pesar del vértigo que le provoca su particular situación.

Otro elemento distintivo, que se percibe al primer vistazo, es el trabajo visual de Jérémie Almanza. El artista despliega aquí un universo gráfico que dialoga abiertamente con Tim Burton pero sin copiarlo. Sus influencias —el cine de Jeunet, el anime del Studio 4C, dibujantes como Mike Mignola o Nicolas de Crécy— se funden en un estilo personal que sabe ser inquietante sin resultar agresivo. Los personajes tienen esa redondez característica de la animación clásica, con ojos enormes y proporciones deliberadamente desproporcionadas que los acercan al territorio del expresionismo. Son dulces y terroríficos a la vez, como corresponde a una historia que juega constantemente en esa frontera.

En la paleta cromática que maneja Almanza dominan los ocres, los verdes mustios, los marrones terrosos y los negros profundos, salpicados ocasionalmente por rojos sangre o amarillos fantasmales. No hay lugar para colores limpios o alegres; todo parece filtrado por la pátina de lo antiguo, de lo que ha estado demasiado tiempo bajo tierra. Las páginas que transcurren en el mundo de los vivos mantienen cierta calidez, pero en cuanto Perséfone cruza al otro lado, el cromatismo se vuelve deliberadamente opresivo, claustrofóbico. Los fondos están repletos de detalles: arquitecturas colosales y apabullantes, raíces de diente de león —planta simbólica en el imaginario funerario y fuente de alimento de los seres del otro lado—, calaveras ornamentales, velas derretidas, telarañas…

El trabajo de composición es igualmente notable. Almanza juega con los encuadres y las perspectivas para generar sensaciones encontradas: planos cenitales que empequeñecen a Perséfone frente a la inmensidad del más allá, primeros planos angustiosos de los esqueletos, páginas completas donde los personajes se pierden en paisajes de una belleza siniestra. La secuencia en la que la niña entra por primera vez en los dominios de la Muerte es un prodigio de diseño, con transiciones visuales que muestran el cambio de estado sin necesidad de palabras.

El dibujo de Almanza amplía el texto de Gauthier, incluso lo contradice en algunos momentos. Hay viñetas donde la expresión de un personaje dice lo contrario de lo que afirma su diálogo, generando capas de lectura. La caracterización de la Muerte misma —que aparece eventualmente como figura de autoridad— es todo un hallazgo visual, alejada de los tópicos de la parca medieval y más cercana a una especie de matriarca cósmica con aspecto de funcionaria sobrenatural.

Solo encontramos dos objeciones: una, que el título se lee bastante mal en la cubierta, a pesar de los cuidadosos acabados (algunos de los cuales solo se perciben cuando la luz incide en un determinado ángulo). Dos, que el final llega con cierta prisa. Después de un desarrollo pausado y lleno de matices, la resolución se precipita en las últimas páginas con una eficacia narrativa que, si bien funciona, deja la sensación de que habría dado para estirar un poco más ese desenlace. Lo bueno es que existe un segundo volumen, que se acaba de publicar en Francia, y que esperamos que llegue pronto a España.

En definitiva, Los reinos silenciosos es un cómic que no teme lo oscuro pero que tampoco se regodea en él. Una historia sobre el valor de ayudar a los demás aunque sea torpemente, sobre la amistad que surge en los lugares más improbables, sobre aceptar que hay cosas que no tienen explicación racional y que no por ello son menos reales. Es, en definitiva, un cuento gótico contemporáneo que recupera la mejor tradición de las historias macabras infantiles y juveniles y que resulta raro, incómodo, hermoso y divertido a la vez. No todos los niños se sentirán cómodos con su ambientación, pero aquellos que sí lo hagan encontrarán aquí una puerta a otros mundos, tan real como la que Perséfone cruza sin saber si podrá volver.

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