Guion: Fabcaro
Dibujos: Didier Conrad
A partir los personajes creados por Goscinny y Uderzo
Traductores: Isabel Soto y Alejandro Tobar
Editorial: Bruño/Salvat, 2025
Edad recomendada: A partir de 8 años (y hasta los 88)
Cuando Obélix navega hacia las costas de Lusitania y se deprime por “esas frasecitas sobre la esperanza de la ilusión de mañana y de antes de ayer”, descubre sin saberlo el concepto más portugués que existe: la saudade. Y ahí, en ese gesto de perplejidad del grandullón galo, reside una de las claves de este álbum 41 de la saga más irreductible del cómic europeo.
La historia de Astérix en Lusitania arranca cuando Venagaes, un lusitano que ya trabajó en La residencia de los dioses, llega a la aldea gala con una petición de socorro. Su amigo Aversivés, productor de garum —esa salsa de pescado fermentado que los romanos adoraban—, está en prisión acusado de envenenar al mismísimo César y condenado a morir en la arena. Astérix y Obélix emprenden entonces el viaje en barco hacia Lusitania, ese rincón del Imperio que, sorprendentemente, aún no habían visitado.
El álbum se publicó simultáneamente en diecinueve idiomas con una tirada de cinco millones de ejemplares, una muestra de la salud de una franquicia que ha sobrevivido muy bien a la muerte de sus creadores. En Portugal batió récords de ventas en los primeros cuatro días, superando las cincuenta mil copias. Fabcaro, el escritor francés que firma su segundo guion tras El lirio blanco (2023), tuvo olfato al fijarse en Portugal. Cuando preparaba un álbum de viajes, se dio cuenta de que los galos nunca habían visitado ese territorio. La decisión, además, venía arropada por la insistencia del editor portugués Vítor Silva Mota, que llevaba años reclamando una aventura lusitana (y al parecer el anterior guionista no estaba por la labor…). El resultado es un tebeo luminoso, donde el verde de los paisajes y el azul del Atlántico contrastan con la melancolía inherente a la cultura portuguesa, esa saudade que impregna cada página.
Fabcaro explora los contrastes del nuevo país con una gran carga de humor en el personaje de Obélix, que se convierte en el motor cómico del álbum. El grandullón es una fuente inagotable de gags: reacciona con horror al exceso de bacalao (“¿Pero es que en este país no hay jabalíes?”), descubre con entusiasmo el vino de Oporto (“¿Veis como donde hay gana, hay maña?”), se queda atónito ante los canteros portugueses que fabrican teselas de mosaico en lugar de sus adorados menhires… Y la escena del vinho verde pone la guinda al pastel: “Pescado seco, uvas que no están maduras… ¿soy yo o tienen un problema con los tiempos de preparación?”. Ese desconcierto de Obélix ante una cultura que no acaba de entender —pero que tiene cosas que le resultan extrañamente fascinantes— resume el espíritu del álbum entero.
Fabcaro reconoce que la hospitalidad portuguesa no estaba en su guion inicial, pero tras viajar al país se dio cuenta de que debía añadir ese aspecto al texto. Ese proceso de documentación —que incluyó modelar Olisipo (Lisboa) en 3D para recrear la ciudad antigua— se nota en cada viñeta. El álbum está plagado de guiños reconocibles para cualquiera que haya pisado Portugal: ahí está el mítico tranvía 28 subiendo las calles empedradas de Olisipo, los pasteles de Belém, turistas franceses en autocaravana invadiendo el país vecino con esa mezcla de fascinación y condescendencia tan característica. Incluso aparece un preso pronosticando la futura Revolución de los Claveles.
Fabcaro mantiene la estructura narrativa clásica pero inyecta su propio sentido del humor, más absurdo y contemporáneo que el de Goscinny, aunque sin romper con la tradición. El guionista reconoce que su obsesión es mantenerse dentro de la línea de Goscinny, mezclando aventura, sátira y radiografía social, pero añadiendo un poco de su humor personal sin exagerar. Esa honestidad creativa se agradece, porque el mayor peligro de continuar una serie clásica es la reverencia paralizante o, en el extremo opuesto, el iconoclasmo gratuito.
Es el séptimo álbum de Didier Conrad tras recoger el testigo de Uderzo, y se nota que ha encontrado su sitio en ese terreno resbaladizo entre la imitación reverencial y la personalidad propia. El color, a cargo de Thierry Mébarki, refuerza esa atmósfera de luz atlántica, donde el sol cae de manera distinta que en la Galia o en Roma. Las páginas respiran una luminosidad húmeda, una calidez que no es mediterránea sino oceánica.
Conrad dedica entre catorce y dieciocho meses a dibujar las cuarenta y ocho páginas de cada álbum, trabajando desde su casa en Texas. Esa dedicación artesanal se nota en cada viñeta, en la expresividad de los rostros, en la coreografía de las peleas, en los fondos arquitectónicos que recrean una Lusitania verosímil. El arte de Conrad muestra un difícil equilibrio entre la fidelidad a Uderzo y su propio estilo, que se va desgranando en pequeños detalles.
Pero si hay algo que distingue este álbum es su tratamiento de la melancolía como arma secreta. En una de las escenas más hilarantes del tebeo, Gama —de la taberna “Frasco de Gama”— desarma a una tropa romana con su voz. Los legionarios, acostumbrados a enfrentarse a bárbaros feroces, no saben qué hacer ante esa tristeza contagiosa que los deja sin ganas de luchar. Es la saudade como estrategia militar, una idea tan absurda que solo podría funcionar en Astérix.
El humor funciona a varios niveles, como es tradición en la serie. Los más pequeños se reirán con las palizas a los romanos y los líos de Obélix; los adultos captarán las referencias políticas y sociales que Fabcaro desliza con sutileza. El guionista comentó que lo que está pasando con el gobierno francés daría para tres o cuatro álbumes, aunque prefiere beber de la actualidad sin anclarse en ella, para que el tebeo no caduque en seis meses. Así, el álbum funciona también como sátira de nuestro presente: hay burlas al marketing desaforado, a la tecnología como fin en sí misma, a la avaricia empresarial disfrazada de progreso, y habrá quien sonría con el guiño a los jubilados europeos que pueblan el Algarve.
Uno de los grandes momentos visuales —y prueba del ingenio de Conrad— es ver a Astérix y Obélix disfrazados de portugueses para infiltrarse. Obélix sin sus trenzas características resulta casi irreconocible, un detalle que parece menor pero que demuestra el nivel de atención al detalle del ilustrador. Otro detalle curioso es la caracterización de uno de los centuriones como el cómico inglés Ricky Gervais, que surgió a raíz de que el editor francés es fan suyo, aunque no tuviera mucho que ver con el mundo portugués.
Conrad admite que hacer humor es más complicado ahora porque la sociedad está más crispada que en tiempos de Goscinny. La caracterización de los lusitanos evita caer en estereotipos ofensivos, aunque tampoco renuncia a los clichés reconocibles. El álbum construye a los personajes lusitanos en torno a la hospitalidad y generosidad como valores centrales, teñidos de una melancolía con origen en la traición a Viriato, el héroe que resistió a Roma.
Mención aparte merece el trabajo de traducción de Isabel Soto y Alejandro Tobar, que han conseguido adaptar con ingenio los juegos de palabras del francés y del portugués al castellano. Cualquiera que haya intentado traducir los nombres de los personajes de Astérix sabe que es un ejercicio de funambulismo lingüístico: hay que mantener la gracia, el sentido y la sonoridad. Que los nombres lusitanos funcionen en español sin perder el espíritu del original es un logro que merece reconocimiento.
Si hay que buscarle un pero al álbum, quizá sea que el argumento principal se resuelve de manera algo apresurada, pero al fin y al cabo, la trama sirve fundamentalmente de excusa para el viaje, para que Astérix y Obélix visiten Lusitania y nos muestren sus maravillas.
Astérix en Lusitania es un álbum que cumple con lo que promete: aventura, humor, cultura y esa mezcla inimitable de erudición e ingenuidad que caracteriza a la serie. Mantiene la combinación de humor, historia y crítica social con respeto al legado de Goscinny y Uderzo. Arranca sonrisas constantes y, de vez en cuando, una risa franca ante un gag especialmente logrado.
Lo que este nuevo álbum demuestra es, en definitiva, la relevancia de Astérix, porque sigue siendo un espejo de Europa, de la sátira y de la melancolía que a veces acompaña al humor.


