Autora: Virginia Woolf
Ilustradora: Ji Hyun Yu
Traductora: Camila Ramírez Cuervo
Editorial: Libros del Zorro Rojo, 2025
Edad recomendada: A partir de 14 años y lectores adultos
El 30 de enero de 1926, Virginia Woolf dio una charla en un colegio de Kent sobre cómo leer. Era solo una charla escolar, pero ese discurso acabó convirtiéndose en un ensayo, se publicó en The Yale Review, luego en The Second Common Reader (1932), y ahora, casi cien años después, vuelve en forma de álbum ilustrado. Libros del Zorro Rojo acaba de editarlo con ilustraciones de Ji Hyun Yu, una artista surcoreana que vive en Frankfurt.
Esta edición en realidad es traducción de la versión de la editorial alemana independiente Favoritenpresse, que juntó en 2022 el texto de Woolf con las imágenes de Yu. Es un encuentro raro: una escritora inglesa de entreguerras defendiendo la libertad del lector, y una ilustradora actual que le pone imágenes a ese manifiesto.
Lo primero que sorprende del ensayo es que no ha envejecido. Woolf va directa al grano: hay que leer con libertad, sin que nadie te diga cómo hacerlo. Ni críticos, ni expertos, ni programas escolares. Ella misma lo dice así: “El único consejo que una persona puede dar sobre la lectura es no aceptar consejos.”
Su tono es irónico pero cálido, habla con autoridad pero sin ser cargante. Para ella, leer no es un trámite cultural ni algo que haces para quedar bien. Es un encuentro entre autor y lector. Y para que funcione tiene que nacer del deseo, no de la obligación. Hay que leer con curiosidad, con ganas, incluso con cierta imprudencia.
Pero Woolf tampoco dice que leer sea solo tumbarse en el sofá y pasar páginas. Advierte de que la lectura es un arte que requiere paciencia. Hay que aprender a escuchar la música de las frases, a detectar los silencios, a dejar que el texto te cambie sin saber muy bien por qué. En un momento dado compara leer con mirar un cuadro: al principio no ves nada, pero poco a poco, si le dedicas tiempo y atención, los colores empiezan a hablar.
A lo largo del ensayo, Woolf va desgranando su pensamiento sin ponerse pesada. No solo habla de esa diferencia entre leer por placer y leer por obligación, sino también de cómo puedes convertirte en un lector crítico si afinas tu sensibilidad, de cómo los libros hablan entre sí a través del tiempo. Defiende esa libertad interior del lector, esa capacidad de escuchar sin prejuicios. Es un texto cortito pero denso, de los que puedes volver una y otra vez y siempre encuentras algo.
Si se piensa desde la mentalidad actual, Woolf está diciendo algo muy básico pero que se nos olvida: leer no es completar una lista de pendientes, sino elegir desde un lugar más íntimo. No se trata de acumular títulos para presumir, sino de dejarte afectar por ellos. Ella lo dice así: “No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.
Las ilustraciones de Ji Hyun Yu van perfectas con este discurso. Trabaja solo con dos tintas —negro y amarillo— y el resultado son figuras que flotan entre las páginas, rostros que se difuminan, trazos que sugieren más que muestran. Esa economía de medios le da un aire contemplativo que encaja con el tono de la autora. Yu tiene esa sensibilidad oriental, más meditativa, más centrada en lo que no se dice, y funciona muy bien con la carga emotiva de la prosa de Woolf. Comparten la misma idea: la belleza está en lo que se insinúa, no en lo que se dice abiertamente.
El libro está muy bien editado, con los detalles a los que nos tiene acostumbrado Libros del Zorro Rojo: buen diseño, buena tipografía, buenos materiales. Son 48 páginas en un formato pequeño, con una cubierta de papel gofrado que le da un toque especial, de libro antiguo y agradable al tacto.
Cuando terminas el libro tienes la sensación de haber leído una especie de manifiesto sobre la libertad interior. Y también te deja pensando en tu propia identidad como lector. ¿Leemos para entender los libros o para entendernos a nosotros? ¿Buscamos reafirmarnos en nuestras certezas o la posibilidad de cambiar? ¿Cómo debería leerse un libro? te recuerda, al final, que para leer —como para vivir— no hay una única forma correcta.

