“Las aventuras de Tintín”, edición conmemorativa y limitada

Las aventuras de TintínAutor e ilustrador: Hergé
Traductora: Concepción Zendrera
Editorial: Juventud, 2025
Edad recomendada: A partir de 7 años

El 8 de mayo de 1930, en la Gare du Nord de Bruselas, una multitud esperaba el tren que llegaba de Moscú para recibir a un personaje de cómic. Cuando apareció un chaval de quince años con pantalones bombachos y un fox terrier, la gente aplaudió como si fuera una estrella de verdad. Era todo un montaje del periódico Le Petit Vingtième para celebrar que Tintín acababa de terminar su primera aventura, que comenzó a publicarse en este periódico el 10 de enero de 1929. Hergé —Georges Remi, un dibujante joven que firmaba con sus iniciales al revés— no podía ni imaginar que ese reportero con flequillo se iba a convertir en lo que es hoy.

Editorial Juventud acaba de sacar esta edición especial preparando el terreno para el centenario de Tintín en 2029. No es una reedición normal: es limitada y apela a ese impulso de conseguir un objeto de coleccionista. Dentro están los tres primeros álbumes: Tintín en el país de los soviets (1930), Tintín en el Congo (1931) y Tintín en América (1932).

El primer álbum, Tintín en el país de los soviets, fue un encargo político. El director de Le Vingtième Siècle, un cura ultraconservador llamado Wallez, le dijo a Hergé: “Manda a tu personaje a la Unión Soviética a contar lo malo que es el comunismo”. Y Hergé obedeció. Se basó en un panfleto anticomunista de Joseph Douillet y se lanzó a improvisar cada semana: explosiones, trenes descarrilados, persecuciones sin parar.

Él mismo reconoció después que nunca estuvo orgulloso de ese trabajo. Pero lo curioso es que, incluso haciendo propaganda, se nota su talento. Las escenas de acción funcionan, los coches se deforman para dar sensación de velocidad, y Milú —que en esta época habla y piensa, como vemos en las siguientes viñetas— le da un contrapunto cómico que funciona. El dibujo es tosco, todavía muy influido por el cómic americano de George McManus, pero vemos el germen de todo lo que vendría después.

Viñeta de "Tintín en el país de los soviets" (1930)

Viñeta de “Tintín en el país de los soviets” (1930)

Doble página interior de "Tintín en el país de los soviets. Edición especial a color" (Juventud, 2022)

Doble página interior de “Tintín en el país de los soviets. Edición especial a color” (Juventud, 2022)

Luego llegó Tintín en el Congo. Este es el álbum problemático, el que genera debate cada vez que alguien lo menciona. Salió en 1931, cuando Bélgica consideraba el Congo como su finca privada, y el tebeo refleja esa mentalidad colonial. Tintín va de profesor dando clases de matemáticas con ejemplos que hoy te hacen sonrojarte, caza animales como si nada, y trata a los congoleños con paternalismo.

Hergé intentó arreglarlo en revisiones posteriores, quitando las partes más obvias, pero el problema de fondo sigue ahí. Es un documento histórico valioso precisamente porque es incómodo: te obliga a mirar de frente cómo pensábamos hace menos de cien años. Censurarlo sería la tentación de algunos, pero leerlo con ojo crítico es más útil.

Viñeta de "Tintín en el Congo" (1931)

Viñeta de “Tintín en el Congo” (1931)

Tintín en América (1932) es donde Hergé empieza a encontrar su sitio. Aquí ya quiere contar algo más que aventuras. Muestra el Chicago de Al Capone, la ley seca, los rascacielos, pero sobre todo se mete de lleno con la explotación de los nativos americanos: les quitan las tierras cuando descubren petróleo bajo ellas. Es la primera vez que Tintín toma partido de verdad por los que están sufriendo una injusticia.

El dibujo mejora notablemente. Todavía no es la “línea clara” de álbumes posteriores, pero se nota que Hergé va evolucionando. Las viñetas tienen más ritmo, los gags visuales funcionan mejor, y el equilibrio entre acción y crítica social empieza a cuajar.

Viñetas de "Tintín en América"

Viñetas de “Tintín en América” (1932)

Lo mejor de este volumen es que se ve a Hergé aprendiendo en tiempo real. En el primero va improvisando como puede, inventando trampas de última hora. En el segundo, el dibujo mejora pero el contenido es éticamente incómodo. En el tercero ya controla el timing, el suspense, y además tiene algo que decir.

Sin embargo, Hergé todavía no ha alcanzado el nivel de los álbumes clásicos. Aquí no están Haddock lanzando ingeniosos insultos, ni Tornasol sordo como una tapia, ni los Hernández y Fernández con sus diálogos de besugos. Milú habla (algo que Hergé quitó después porque le parecía poco creíble), las viñetas son irregulares, y cada historia tiene las páginas que necesita, sin criterio.

Ideológicamente es poco coherente: anticomunismo en el primero, racismo colonial en el segundo, crítica al capitalismo salvaje en el tercero. Hergé iba dando bandazos, entre lo que él pensaba y lo que le pedían sus jefes. Por eso esta etapa resulta tan interesante: funciona como una ventana a la Europa de entreguerras, con toda su propaganda y sus contradicciones.

Artísticamente, estos tres son los más flojos de toda la serie. Pero biográficamente son fascinantes. Sin ellos no existiría el Tintín que conocemos. Hergé siempre los vio como “pecados de juventud”, pero también sabía que eran el punto de partida de todo.

Esta edición de la editorial Juventud está muy cuidada: tapa dura, formato cómodo, buen papel. Quizá, siendo una edición especial, se echan en falta textos complementarios, material fotográfico, bocetos, algo de historia… En cualquier caso, para los que crecimos con Tintín, es un viaje nostálgico. Para los que lo descubren ahora, es una forma de entender por qué este reportero belga sigue leyéndose.

Han pasado casi cien años desde aquel montaje en la estación de Bruselas, y Tintín sigue viajando. Esta nueva edición es un recordatorio de que los clásicos no son estatuas intocables, sino textos vivos que cada generación tiene que digerir a su manera. Y sí, hay partes que incomodan. Pero precisamente por eso vale la pena volver a leerlas desde el principio.

En 1979, Tintín y Milú cumplen cincuenta años. Hergé posa junto a la estatua de bronce que fue realizada por el artista belga Nat Neujean tres años antes. © Colección Studios Hergé

En 1979, Tintín y Milú cumplieron cincuenta años. Hergé posa junto a la estatua de bronce que fue realizada por el artista belga Nat Neujean tres años antes. © Colección Studios Hergé

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