“Lágrimas de cocodrilo”, un álbum que redefinió el género

Título: Lágrimas de cocodrilo
Autor e ilustrador: André François
Traductor: Xosé Manuel González
Editorial: Kalandraka, 2026 (2.ª edición)
Edad recomendada: A partir de 7 años

Lágrimas de cocodrilo, de André François, es uno de esos libros que con el paso del tiempo se ha convertido en un objeto de culto. Publicado originalmente en Francia en 1956 con el título Les larmes de crocodile por el editor Robert Delpire, llegó a España por primera vez de la mano de Lumen en 1961. Kalandraka lo reedita ahora con motivo del 70 aniversario de su publicación con una nueva edición que mantiene la traducción de Xosé Manuel González y el formato original.

“Larmes de crocodile”, primera edición (Robert Delpire, 1956)

Su autor, André François, nació en 1915 en Timișoara —entonces parte del Imperio austrohúngaro, hoy Rumania— bajo el nombre de André Farkas. Se formó en la Academia de Bellas Artes de Budapest y en 1934 se mudó a París para trabajar en el taller del cartelista Adolphe Cassandre. En 1939 adoptó la nacionalidad francesa y su nuevo apellido. Su carrera como artista gráfico y caricaturista incluye colaboraciones con The New Yorker y con la revista satírica británica Punch. También diseñó la portada de la edición de bolsillo de El señor de las moscas para Penguin en 1965, ilustró textos de Jacques Prévert y fue amigo íntimo del ilustrador Ronald Searle. Tuvo una gran influencia en artistas como Quentin Blake, Ralph Steadman o David McKee —quien confesó que descubrir Lágrimas de cocodrilo influyó en su decisión de hacer libros para niños.

Lágrimas de cocodrilo parte de una típica curiosidad infantil: un niño llora y su padre, ante la pregunta «¿Qué son lágrimas de cocodrilo?», decide explicárselo de forma literal y delirante. La respuesta incluye viajar a Egipto, capturar un cocodrilo vivo, meterlo en una caja de madera y enviarlo a casa por correo. A partir de ahí, el reptil se instala en el hogar familiar y comienza una convivencia con momentos absurdos, slapstick y disparates variados de ámbito doméstico. El desenlace, al fin, revela el significado de la expresión.

Lo que hace François no es solo contar una historia divertida, sino pensar en cómo hacer que la forma, el álbum ilustrado, vaya asociada al contenido. Lágrimas de cocodrilo se presenta dentro de una caja de cartón troquelada con aspecto de paquete postal. En uno de los lados puede leerse «1 cocodrilo»; en otro, una etiqueta advierte: «ATENCIÓN FRÁGIL». Al extraer el libro del estuche, el lector está extrayendo al cocodrilo: un animal tan descomunalmente largo que su cuerpo recorre la cubierta y la contracubierta. En este libro, todo tiene un significado, hasta el embalaje.

El texto está escrito en segunda persona, una forma de narrar no demasiado habitual. El padre le habla al hijo, pero también al lector, que se ve arrastrado a la aventura desde el principio («Es fácil atrapar un cocodrilo; solo necesitas una larga caja de madera y te embarcas para Egipto»). Es el placer de las instrucciones llevadas al absurdo, la lógica aplicada a lo imposible, como las que escribía Cortázar para subir una escalera o dar cuerda a un reloj. El tono no es el de un cuento, sino el de un manual; pero un manual totalmente disparatado. Esa tensión entre forma pedagógica y contenido surrealista es lo que hace que el libro funcione igualmente bien para niños y para adultos: cada uno encuentra una capa diferente, y ambas son igual de divertidas.

El uso del lenguaje es económico, François escribe poco y bien, y cada frase hace exactamente lo que tiene que hacer. Sin adornos, sentimentalismo o moraleja. El humor y motor del libro surge en ese contraste entre lo que se dice y lo que se ve, un recurso que hemos visto álbumes como Cacatúas, Yo quiero mi sombrero, El enemigo... Por ejemplo, lo vemos en el momento en que la madre regaña a alguien por lavarse los dientes en el comedor, y cuando miramos el dibujo descubrimos que quien el destinatario no es el niño sino el cocodrilo, con el pajarito limpiadientes haciéndole la higiene bucal.

Cuando apareció, en 1956, los álbumes ilustrados solían ser edificantes, dulces y formalmente convencionales. François hizo exactamente lo contrario: un libro que no moraliza, que trata al niño como un lector inteligente capaz de seguir un razonamiento absurdo hasta sus últimas consecuencias y que experimenta con el objeto-libro. En ese sentido, se puede emparentar con otros genios innovadores del siglo XX que vinieron a partir de ese final de la década de los 50, como Tomi Ungerer, Leo Lionni o Quentin Blake, pero Lágrimas de cocodrilo llegó antes de que todos ellos.

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