“En la era de los niños cosa”, cuando criar se convirtió en un proyecto

Título: En la era de los niños cosa
Autor: Santiago Gerchunoff
Editorial: Lengua de Trapo / Círculo de Bellas Artes, 2026
Edad recomendada: Adultos

Hay un padre en un parque de Madrid que le habla a su hijo en inglés. No es un expatriado ni un turista: es un padre español que ha decidido que ese es el idioma en el que va a educar. Lo hace con convicción, como quien cumple una importante misión. Santiago Gerchunoff, que ha visto esta escena repetida muchas veces mientras está en el parque con sus propias hijas, no lo juzga —o no del todo— pero sí lo usa de punto de partida para una pregunta que recorre este libro: ¿en qué momento quisimos tanto a nuestros hijos que empezamos a tratarlos como proyectos?

En la era de los niños cosa llega a las librerías de la mano de Lengua de Trapo y el Círculo de Bellas Artes dentro de la colección Ensayo Mini, un formato pequeño pero con mucho contenido. El autor, Santiago Gerchunoff, es conocido en el mundo del ensayo en castellano por títulos anteriores publicados en Anagrama, como Ironía On (2019) y Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo (2025).

El libro se divide en dos partes bien diferenciadas, aunque comparten una misma inquietud de fondo. La primera, titulada «La crianza como emprendimiento», reúne una serie de pequeños ensayos que parten de escenas muy concretas y domésticas —el grupo de WhatsApp del colegio, el bebé monitorizado como un Tamagotchi, los hoteles que prohíben la entrada a niños— para trazar un diagnóstico más amplio sobre el tipo de padres que nos hemos vuelto en las últimas décadas. La tesis es que hemos confundido querer a nuestros hijos con fabricarlos. Los hemos convertido, casi sin darnos cuenta, en una extensión de nosotros mismos, en un proyecto que hay que optimizar y en el que mezclamos ansiedad, amor y presión social.

La segunda parte, «Infancia y narración en el siglo XXI», desplaza el foco hacia la literatura infantil y juvenil como territorio de resistencia frente a esa lógica de la productividad. Aquí el argumento se vuelve más literario: las historias para niños, defiende Gerchunoff, tienen valor cuando escapan de la intención pedagógica, cuando no quieren enseñar nada sino simplemente acompañar, jugar o asombrar.

Esta segunda parte arranca con «Tres formas de soledad», un ensayo de temática cinéfila cuyo punto de partida es E.T., que el autor reivindica como la obra narrativa fundamental para toda una generación —la de los que fuimos niños en los ochenta— y como centro de un canon más amplio donde brillan también Los Goonies o Karate Kid. La pregunta que se hace es: ¿qué tienen en común todas esas películas? ¿De dónde viene su magnetismo particular?

La respuesta que plantea es un poco perturbadora: el héroe de esas historias no es cualquier niño, sino el hijo de padres separados. Un arquetipo que lleva incorporada una forma de inteligencia ganada a costa de tristeza, que aprende antes que nadie que las cosas pueden no funcionar, que las promesas se rompen, que estar solo no es el fin del mundo sino, a veces, el principio de la aventura. Esa combinación de melancolía y libertad fue la que dio fuerza a aquellas películas, y de ahí viene la identificación masiva del público. Gerchunoff no afirma que todos los niños de los ochenta fueran hijos de separados: dice que todos abrazamos a esos personajes como nuestros héroes y nos ponemos en su lugar de algún modo.

Desde ahí, el ensayo viaja unos años atrás y llega hasta Dickens: Oliver Twist como paradigma del héroe huérfano moderno, el niño abandonado que construye su propio hogar desde cero, que se enfrenta solo a un mundo hostil y que, en el proceso, denuncia las tragedias sociales que la Revolución Industrial estaba produciendo. Gerchunoff establece una distinción entre dos arquetipos de la narrativa infantil: el héroe huérfano, que nace en el desamparo y persigue un hogar, y el héroe hijo de separados, que nace en un hogar y viaja fuera de él. Son movimientos opuestos que hablan de distintas formas de imaginar la infancia y la libertad.

El capítulo que más nos llama la atención es, por supuesto, «Babar republicano, Elmer liberal». Gerchunoff parte de la relectura de los álbumes del elefante Babar, de Jean de Brunhoff, con ojos de padre contemporáneo, y el resultado mezcla nostalgia, rigor histórico y cierta ternura melancólica. El mundo de valores de Babar —la civilización como ideal, la jerarquía como orden natural, el elogio de la vida burguesa— choca de frente con los valores que los padres de hoy, progresistas y sofisticados, queremos transmitir. El elefante fue la educación ética de toda una generación y hoy es casi imposible de defender sin un contexto.

Frente a Babar, Gerchunoff coloca a Elmer, el elefante de cuadros de David McKee: más moderno, más liberal en el sentido contemporáneo, más obsesionado con la diferencia y la singularidad. Pero la comparación no lleva a donde uno esperaría. Gerchunoff no celebra sin más a Elmer ni condena a Babar: los usa como espejos para mostrar cómo cada época proyecta en los libros infantiles sus propias certezas y contradicciones. Lo que interesa al autor no es cuál de los dos elefantes es mejor, sino qué dice de nosotros mismos el hecho de que hayamos pasado de uno al otro.

Gerchunoff escribe con agilidad, con humor, con la capacidad para hacer que una pregunta aparentemente pequeña lleve hacia preguntas mucho más grandes. Hay momentos de autocrítica —el prólogo es muy transparente en ese sentido— donde reconoce haber sentido en carne propia esa incomodidad que el libro trata de nombrar. No escribe desde la superioridad del que ya lo ha resuelto, sino desde el punto de vista de quien también está dentro del problema.

El tono general es ligero y provocador, pero no es gratuito. «El angloparlante de parque infantil», por ejemplo, arranca con esa observación aparentemente trivial con la que comenzamos esta reseña —esos padres madrileños que se vuelven angloparlantes al hablar con sus hijos— y acaba tocando algo bastante más hondo sobre la identidad, el miedo al futuro y la presión que ejercemos sobre los niños en nombre del amor.

Este libro no es un manual de parentalidad ni un estudio sociológico al uso. Es un ejercicio de pensar en voz alta, con inteligencia y lucidez. Una escritura que parte de lo concreto para llegar a lo general, que combina erudición y experiencia personal sin que ninguna de las dos eclipse a la otra.

Lo único negativo de este libro es su brevedad: hay ensayos que uno querría ver más desarrollados, y la segunda parte sobre literatura infantil abre tantos melones que uno se queda con la sensación de querer más. La mejor señal de que un libro ha hecho su trabajo.

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