
Gracias a los narradores orales, la memoria, los mitos y las leyendas se fueron transmitiendo de generación en generación. En la antigüedad ocupaban un rango social alto, y su labor era de gran importancia, ya que eran los encargados de educar y mantener vivas las tradiciones. Como decía G. Calame-Griaule: “El buen narrador, el que merece ser llamado «boca dulce como la sal» es aquel que cuenta sin equivocarse una sola vez, yendo hasta el final con un hablar de

