
Filbert es un diablillo demasiado bueno, y sus padres están desesperados porque no asusta, no miente, ni siquiera molesta; al contrario, disfruta ayudando a las personas que lo necesitan. En su primer día de colegio, tampoco se comporta como se espera de alguien de su especie, así que la profesora le echa de clase para que recapacite y se comporte como un auténtico diablillo. Entonces conoce por casualidad a una angelita, Florinda, que tampoco es tan «angelical» como cabría esperar. Así que, como es natural, la conexión entre Florinda y Filbert es inmediata, ambos tienen algo en común: no son lo que la gente que les rodea espera que sean. Sin embargo, se mantienen firmes a sí mismos y logran demostrarles a los demás que ser diferente no es nada malo y que es mucho peor fingir que uno es lo que no es.




Me compré este cuento en una pequeña y cinematográfica librería de Londres que olía a papel, a madera, a pasado y a distancia. Entré para recorrer sus estanterías de distribución imposible en busca de un recuerdo (un libro, por supuesto) y debido a que en ese momento se trataba solo de eso, de llevarme un recuerdo de ese lugar tan especial, no tenía en mente ningún título en concreto y no sabía cuál podría ser lo suficientemente representativo como para acordarme de este rincón literario de Notting Hill solo con verlo asomar en mi estantería. Y de repente ahí estaba: qué podría ser más adecuado que un libro que no se cansa de reclamar y proclamar que es un libro.
