Un perro y un gato

Un perro y un gatoPaula Carbonell
Ilustraciones de Chené Gómez
Pontevedra: OQO Editora, 2011

A quienes conozcan los dos álbumes anteriores publicados por Paula Carbonell –El viaje de las mariposas y Buscando el norte, ambos en OQO– no les sorprenderán el título, la cubierta y las guardas de este Un perro y un gato, pues la autora vuelve a usar el universo animal para hablar de los temas que más le preocupan y que siempre acaban aflorando al hilo de las tramas y de las ilustraciones. Sin embargo, es también en esos paratextos donde se va perfilando la intuición de que estamos ante un paso adelante en su producción literaria y no ante una mera repetición de esquemas ya utilizados que le han dado excelentes réditos hasta el momento. Sí, de nuevo hay animales en el título, en la cubierta e incluso en las guardas (equilibradamente dispuestos: la primera con el perro, la última con el gato), pero en un ejercicio de valentía creativa la narradora ha optado por un título casi suicida de tan obvio y esquemático, con el que se lanza a la piscina desde el primer momento. Si Buscando al norte encerraba cierto cariz metafórico y El viaje de las mariposas un guiño a la sorpresa final, Un perro y un gato opta por una sencillez apabullante, casi simplista, que choca en un primer momento. Solo a alguien muy ingenuo o muy ducho se le ocurriría titular un álbum así. Y, aunque sin duda el título enlaza un poco con Buscando el norte al usar una frase hecha, en este caso la desnudez es absoluta y, por decirlo con otra fórmula tópica, las cartas se ponen enseguida sobre la mesa. Mientras que en el anterior álbum un lector aún podía preguntarse antes de abrirlo de qué trataría, en este no ocurre lo mismo, ya que el libro habla, en efecto, de un perro y un gato que aparecen en la cubierta separados por un abismo, sobre un fondo completamente blanco. Y he aquí otra diferencia con respecto a los álbumes anteriores, más reseñable aún dado que lo ilustra también Chené Gómez, como El viaje de las mariposas. Hay reminiscencias de este último en la presencia importante de la línea como recurso delimitador de los personajes, pero en aquel primer álbum había cierta tendencia a un abigarramiento y un horror vacui bien entendidos y justificados por la ambientación del relato que aquí desaparece en la medida en que los fondos en los que se enmarcan el perro y el gato son siempre totalmente blancos. Otro ejercicio de desnudez que conecta con el título y con lo que este parece proclamar desde el principio: que este es un álbum sobre un perro y un gato que se pelean y juegan al perro y al gato (así reza un pasaje: “Comenzaron a jugar al perro y al gato”). No hay más personajes y no hay más que decir. En principio, claro. Luego nos damos cuenta de que hay mucho más.

Pero volvamos antes a la desnudez, al despojamiento del que estábamos hablando. Lo hay en el título, lo hay en las ilustraciones –con un toque naif y deliberadamente infantil muy adecuado, visible en esas casas torcidas, por ejemplo– y lo hay también en el propio en el estilo y la estructura narrativa. Acabamos de hablar del abigarramiento en las ilustraciones de El viaje de las mariposas, que podía hacerse extensible aún más a las de Buscando al norte. Sin embargo, dicho abigarramiento no alcanzaba tan solo las imágenes sino también el texto. Y no solo porque en estos dos primeros álbumes había más texto por página, mientras que en Un perro y un gato a veces hay solo una o dos oraciones yuxtapuestas, sino también porque su construcción textual era mucho más exuberante y programática: al contrario que el primero, donde se hacía un uso muy eficaz de la estructura acumulativa, Un perro y un gato prescinde de esos recursos estructurales y estilísticos para ofrecer un relato y un lenguaje mucho más despojados, aunque no renuncie a algunos sutiles paralelismos. «Esto es lo que hay», parece querer decirnos la voz narradora a cada página. Y no pidáis más.

Pero por supuesto que hay mucho más. La sencillez y el esquematismo no son más que un apoyo, una peana. En realidad, usar un perro y un gato es recurrir por comodidad a un símbolo que por su aceptación y consolidación dentro del imaginario colectivo asegura una comprensión inmediata e inequívoca de ciertos significados y que permite construir a partir de él un nuevo mensaje que no invalida su significado primario, sino que lo enriquece y lo complementa, de una manera bastante similar a como Roland Barthes concibe el mito en la sociedad contemporánea. Es como quien usa el color blanco porque sabe que el receptor está ya familiarizado con sus connotaciones de pureza o de paz; o como quien se vale de ciertos moldes literarios convencionales porque quiere que el lector acostumbrado a ellos olvide ese envoltorio y se centre en lo importante. Lo hace a sabiendas, para luego trascender dicho significado: para contradecirlo o para añadir matices. Dentro de este esquema, el título trasciende su atrevida sencillez para revelarnos que en realidad el tema del álbum –que, como todos los buenos álbumes, nos habla a los mayores y a los pequeños, apela a ese doble receptor que debe sancionar la literatura infantil y juvenil– es el lenguaje como capacidad y herramienta de comunicación e incomunicación, que nos aleja y nos separa. La comunicación solo se da si existe un código compartido, y, así, al principio el perro y el gato no se entienden porque uno dice guau y el otro miau, pero enseguida lo hacen jugando al perro y al gato, hasta que un mal gesto, un error los condena a la enemistad y la separación. Solo al final el perro y el gato hablan el mismo idioma, en el único diálogo que hay en el álbum; solo al final el perro dice «Lo siento» y el gato le responde «Yo también», usando el mismo código, cuando ya ha habido un proceso de tanteo y de maduración por separado, cuando ya han soñado el uno con el otro y ha aflorado en ese estado inconsciente el afecto no expresado cara a cara. En este sentido, incluso el fondo blanco sobre el que se superponen las ilustraciones cobra una nueva dimensión al funcionar como el silencio sobre el que se dibuja el lenguaje y se trazan las palabras. Las imágenes se recortan con la misma limpieza con que las palabras rompen el silencio, con un esquematismo casi caligráfico que no debe de ser casual.

Un perro y un gato muestra, en definitiva, el funcionamiento del mundo, cómo nos valemos de las herramientas que nos rodean. No nos lo enseña, es decir, no nos dice lo que está bien y lo que está mal: nos lo muestra. Y eso es más valioso que una moraleja. Y, por supuesto, más difícil de reflejar.

7 comentarios en “Un perro y un gato

  1. Carmen
    16/02/2012 a las 12:12

    Enhorabuena Paula. Es increíble cómo eres capaz de comunicar tanto con tan pocas palabras. Qué buena reseña; sin duda nos ayuda a comprender más el cuento. Un saludo.

  2. ángel luis pérez ares
    14/02/2012 a las 10:49

    requetenhorabuena,Paula!

  3. 13/02/2012 a las 10:28

    Estupenda reseña. ¡Enhorabuena Paula! Nos haremos con el libro. Un abrazo.

  4. Patricia Pujalte
    13/02/2012 a las 00:46

    Excelente libro y una reseña que le hace justicia. Felicitaciones a los autores. Es una pena que en Argentina no podamos conseguir con facilidad estos preciosos libros.

  5. Ana Cristina Herreros
    12/02/2012 a las 14:44

    ¡Qué reseña tan inteligente! Muy en consonancia con el estilo de la autora. Enhorabuena a ambos, reseñista y autora.

  6. 12/02/2012 a las 14:08

    Precioso libro y muy buena reseña. Enhorabuena, Paula.
    Un saludo,

  7. 11/02/2012 a las 19:17

    Emocionante y abrumadora reseña.
    Gracias.
    Paula Carbonell

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