Ulises Wensell

La casita de Pelusa
¡Seguimos siendo amigos!
Un beso para mi hermanita
¡No tengas miedo, Michifú!
Texto de U. Scheffler y Paloma Wensell
Ilustraciones de Ulises Wensell
Traducción de Moka Seco Reeg
Madrid: Anaya, 2006

Llevo un tiempo dando vueltas a cómo titular la reseña de estos cuatro libros que han aparecido hace poco en Anaya: La casita de Pelusa, ¡Seguimos siendo amigos!, Un beso para mi hermanita y ¡No tengas miedo, Michifú! Cuando digo vueltas no lo digo metafóricamente, ¡palabra!, mis neuronas trabajaban a ritmo de centrifugadora… Pero como suele pasar, es mejor no pensar tanto y dejarse llevar por la primera impresión que encandila al corazón. En mi caso se trataba de ser fiel a esas ilustraciones que desde el primer momento de la gestación de estos cuatro grandes libritos dejaron fuera de combate a la intrépida pistolera que hay en mí. Hoy al despertar ya tenía titulo: Ulises Wensell.

Imaginemos: duelo al sol en un pueblo perdido del lejano oeste. El sol quema, los lugareños escondidos en las pocas casas que todavía quedan en pie, polvo, y un rastrojo movido por un aire pesado y sin clemencia cruza la larga calle desierta que separa a la pistolera (o sea se, yo) de los libros de Ulises. Rápida como una centella, la pistolera ha escogido las mejores preguntas de su arsenal, apunta con sumo cuidado para no errar el tiro y dispara sin piedad:

¿qué es más importante en los libros ilustrados: la imagen, el texto, la interacción de ambos? ¿Qué relación debería existir entre ilustración y texto? ¿Las ilustraciones están para soportar al texto, o el texto aclara las imagenes, o tanto imagen como texto deberían apoyarse mutuamente para crear un mundo nuevo y fascinante? ¡Sorpresa!, antes de que el tiro llegue a la primera de las portadas, los libros se abren por arte  de magia, las preguntas desaparecen, y la pobre pistolera es engullida y arrastrada por las ilustraciones; sin ser preguntada, la han  montado en la primera imágen y lo único que puede y quiere hacer es dejarse llevar El texto pierde importancia, las ilustraciones son las que llevan el ritmo, la acción, la historia: respiran, y al respirar te conducen en la  oscuridad, en el atardecer, en el bosque, en el peligro, oyes como chocan los sentimientos, el sonido de la soledad, de los celos… Te introducen suave pero certeramente en temas importantes que en algún momento hay que enfrentar: la soledad, la amistad, los celos entre hermanos y el miedo a la oscuridad. Al principio la pistolera pensó de manera convencional, pero en un abrir y cerrar de ojos físico y mental, las imágenes de Ulises la cautivaron y supo que también cautivarían a los niños y les iniciaría simple y fácilmente en algo que es esencial aprender. Ahí es donde muere la pistolera y aparezco yo: es imposible cerrarse a ese marrón-miel de Pelusa, al marrón-chocolate de Pompón, a las diminutas flores de la hermanita osa, a los ojos azules y vivarachos que relucen en la propia oscuridad de Michifú, a la estruendosa agua del río que reúne de nuevo a los amigos, a ese silencio de bosque con colores de pájaro carpintero que pesa en la soledad de Pelusa… Sí, sin dudar un segundo dejaría a los niños en compañía de estas ilustraciones que narran, respiran, trotan, brincan, que quedan suspendidas en el aire o te dejan sin respiración, que te convierten en sonrisa o nervioso, te hacen pasar la página para ver como sigue. Si la opinión de una pobre pistolera desarmada sirve de algo, de todos, creo que se quedaría con Michifú; aunque ya no le quedan preguntas con las que protegerse, una vocecita le susurra que la combinación de texto e imagen en este libro es especial, o quizá sólo tiene predilección por los gatitos…

Volvamos al principio, hoy me desperté diciendo: Ulises Wensell. Ahora, a este título le añadiría: un ilustrador que siente y hace sentir. ¿Se puede pedir más? Está bien saber que por un momento le vas a poder acompañar y que sus dibujos quedarán resonando en algún rincón del sentir. Termino, Pelusa, Pompón y Michifú me miran expectantes, impacientes, como esos niños que por decimonovena vez te alargan el libro y dicen: ¡otra vez! Creo que sí, creo que les haré caso y me dejaré llevar una vez más por sus patitas.

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