Tu primera Biblia

Vicente Muñoz Puelles
Ilustraciones de Federico Delicado
Madrid: Anaya, 2005

Las correspondencias entre lo que leemos y lo que somos en la vida cotidiana están sin estudiar, a pesar de las muchas necedades que se dicen al respecto. Hay escritores tan sobrados de ética kantiana en sus vasos sanguíneos que llegan a sostener que son lo que han leído. Pero si se les preguntara acerca de su pavorosa identidad, seguro que comenzarían a balbucear como niños mentirosos, y no obtendríamos de su formidable egocentrismo ilustrado más que nuevas generalidades.

Recuerdo que un escritor decía una vez, y espero que no haya vuelto a caer en semejantes tonterías conductistas, que “bastaba con mirar a los ojos de Pujol y de Arzalluz para saber que no habían leído a Faulkner”. En realidad, como ya debe de saber todo el mundo, no hace falta mirar a nadie ni a la cara ni a los ojos para descubrir algo tan obvio como que nadie ha leído a Faulkner, incluso quienes dicen que lo leen.

En este sentido, en el sentido de establecer correspondencias entre lo que somos y lo que leemos y lo que escribimos, a mí jamás me han dicho que, pongo por caso, se me nota ni mucho ni poco que llevo toda la vida leyendo la Biblia. Como creo que a Savater no se le nota una pizca que lea todos los años La isla del tesoro, según decía una vez.

La maldición que ha recaído sobre la Biblia es la consideración de ser un libro religioso, cuando, en realidad, el único predicamento del que debiera gozar sería el de ser un libro fundacional. No sólo en el sentido antropológico del término, y transcendental para los que creen en Dios, sino, sobre todo y ante todo, narratológico. En la Biblia, como se ha dicho mil doscientas veces, se encuentran todas las historias posibles del mundo, incluso las que luego leeremos en Los cuentos de las mil y una noches. Están todos los registros narrativos habidos y por haber, mucho antes de que viniera Cervantes y se inventara, en realidad lo han inventado los críticos, eso de la mezcla o hibridación de la novela, el punto de vista o perspectivismo cervantino, dando origen, por fin, a la modernidad de la novela.

Pero no hay que olvidar que en la Biblia ya estaba Cervantes. Porque en ella, hay épica, hay lírica, hay tragedia; hay humor, poco, hay crueldad, bastante, hay terror -sobre todo el que procede de Jahvé- hay escatología, es decir, relatos de dudoso gusto genesíaco, hay violaciones, hay incestos, hay erotismo -y del bueno-, hay piedad y ciencia ficción, mucha ciencia ficción.

Por eso quien lee la Biblia no está rezando, como mucha gente considera que hace quien lee la historia de Lot usufructuado por sus propias hijas, más putas que las gallinas de los corrales de antes.

Personalmente, mis alumnos de Secundaria leen la Biblia. La leemos. Y disfrutamos mucho más que leyendo a Muñoz Molina a Regás o Zoé Valdés.

De ahí que el libro de Vicente Muñoz Puelles, “Tu Primera Biblia”, ilustrado por Francisco Delicado sea uno de los libros que con más entusiasmo he leído -hemos leído- últimamente.

Conozco las historias contenidas en la Biblia desde mi adolescencia. Y, sin embargo, tomé una tarde de mayo entre mis manos la adaptación de Muñoz Puelles y no la abandoné hasta que leí su última palabra que era “día”.

La obra de Vicente Muñoz Puelles tendrá nombre de adaptación, pero es más que eso, mucho más. Es un ejercicio creativo de primer orden.

La prosa de este libro es transparente, limpia, exacta y rítmica. Da gusto leer y releer sus frases. Hay cadencia, hay musicalidad, hay regodeo en la sencillez y en el rigor de cada frase.

Leer la Biblia en este formato da la sensación de estar leyéndola por primera vez. Y este milagro de recuperar cierta dosis de ingenuidad lectora solamente es posible gracias al talento poético y narrativo de Vicente Muñoz Puelles.

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