Poemamundi

PoemamundiJuan Carlos Martín Ramos
Ilustraciones de Philip Stanton
Madrid: Anaya, 2004
Premio Lazarillo 2003

Hacer poesía es algo que carece de sentido práctico. Menos de lo que se diría, quizá, porque siempre permite perder un par de novias, acumular papeles de letra indescifrable y hasta pasar vergüenza cuando algún gracioso, sin aviso, desvela en público nuestro juego solitario de hacer versos. Para que al final se convierta en un algo lleno de sentido -que no será práctico, pero sí vital y enriquecedor- lo esencial es practicarlo en la cuerda del funambulista. Juan Carlos Martín lo hace así, pero no al modo de Cirlot, de las jitanjáforas o del nonsense: en la línea de un García Montero o, sobre todo, de un Eloy Sánchez Rosillo, es un funambulista de la voz discreta.

Mi casa está llena de libros,
llena de puertas sin cerradura,
de gatos que entran y salen,
de relojes parados en distintas horas
y en distintos años.
(“La casa de las palabras”)

Yo imagino que al haber sido titiritero durante mucho tiempo (la dedicatoria de otro libro suyo, Las palabras que se lleva el viento, contiene un recuerdo hermoso de esa experiencia) el autor ha desarrollado un sentido especial para detectar qué palabras y qué estructuras permiten una comunicación más clara. Pero sea cual sea la causa, lo cierto es que Martín ejerce una poesía de tono simple, con palabras exactas y corrientes, con recuerdos de la métrica castellana más ligera (más aún en Poemamundi), y con juegos y combinaciones de palabras que buscan más la eficacia que la exhibición retórica o el absurdo llamativo. Aclaro por si acaso que eso no equivale a limitarse a un vocabulario básico, sino a convocar la realidad con el menos artificioso de sus nombres; pero si un instrumento se llama “djembé”, “quena” o “zheng”, el autor no rehúye su presencia. Véase “Un mismo idioma”:

En medio del mercado,
el vendedor de maíz
sopla su quena.
Cierro los ojos y no sé
si suena cerca o lejos
o dónde suena.

Esa selección léxica y formal se compagina con un tono igualmente tranquilo, en parte reflexivo y en parte descriptivo (más de sensaciones que de paisajes, con referencias simbólicas como las del primer Machado, en las que la sola presencia de los objetos resulta sugerente). Hay también voces críticas, a ratos irónicas, a ratos más directas; cito ahora de “La ciudad de la prisa” en Las palabras…:

¡Pasen y vean!
¡A quien no mira el reloj,
la ciudad lo devora
como un león!

Ese mismo tono es el que adquieren las ilustraciones de Stanton, en blanco y negro, compuestas a lápiz con un estilo mayoritariamente realista, a veces bastante cargado de detalles. Aun así, la sensación predominante quizá es la de movimiento (y, con ella, la del paso del tiempo, que es uno de los temas principales del libro; véanse “Hojas sueltas del calendario” o “Álbum de fotos”). Resulta curioso comparar la interpretación de Stanton con la propuesta gráfica que acompaña a Las palabras…: son lápices con acuarela de Alicia Cañas, muy coloristas, con un estilo por lo general más lúdico.

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