Penélope manda recuerdos

Marina Colasanti
Madrid: Anaya, 2004

Marina Colasanti empezó a escribir para niños y jóvenes en 1979 (Uma idéia toda azul). Sin embargo, lo poquísimo que tiene publicado en nuestro país hace suponer que es una autora relativamente desconocida para los lectores españoles.

Nació el 26 de septiembre de 1937 en Asmara (Etiopía). Hija de padres italianos, vivió sus dos primeros años entre Etiopía y Libia; los nueve siguientes, en Italia; y a partir de 1948, es decir, desde los 11 años, en Brasil.

En 1952 comenzó Bellas Artes. Entre los años 1962 y 1973 trabajó en el Jornal do Brasil como columnista, redactora e ilustradora. Más tarde, desde 1973 hasta 1993, fue presentadora de los programas de televisión Olho por Olho, Primeira Mo, Os Mágicos, Sábado Forte e Imagens da Itália.

Su primera publicación, Eu sozinha, data de 1968. Y desde entonces hasta acá, ha escrito un total de 41 obras en distintos géneros, desde poesía hasta cuentos, pasando por la crónica y la novela, tanto para niños y jóvenes como para adultos.

Marina Colasanti ganó el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuentos para Niños convocado por UNICEF y Funcec con su relato: “La muerte y el rey” en 1994. Por su libro de cuentos Tan lejos como mi querer obtuvo el premio de literatura infantil y juvenil Norma-Fundalectura en 1996; además ha sido merecedora del premio Jabuti, concedido por la Cámara Brasileña del Libro, en varias ocasiones (1993, 1994, 1997), y de otros tantos.

En España, Marina Colasanti únicamente ha publicado En el laberinto del viento (Espasa Calpe, 1988) y el libro que reseño ahora: Penélope manda recuerdos. Desconozco las razones de la casi total ausencia de la obra de esta autora en nuestro país y, sobre todo, lo lamento tras la lectura del magnífico conjunto de cuentos que contiene este volumen, editado por Anaya. En ellos me parece entrever algunos momentos de la particular biografía de esta polifacética autora. Por ejemplo, en “Un hombre tan extraño que…” presenta a míster Paul, un hombre que, de joven, abandona su tierra y en toda su vida conseguirá ser del lugar que le acoge. Míster Paul viste como en su país, a pesar de la diferencia de clima, lee el Times y no la prensa local, no termina de dominar la nueva lengua, etc. No parece descabellado pensar que Marina Colasanti reflexione en este cuento sobre una experiencia que, o bien ha vivido en su propia piel (se traslada de Italia a Brasil a los 11 años), o bien ha podido observar en alguien de su familia, quizá. Y es posible que su experiencia como escritora residente en Austin (Universidad de Texas), durante el año 1998, haya inspirado la escritura del cuento que da título a la obra, “Penélope manda recuerdos”, en el que Sé, una científica de origen oriental, pasa un mes en una villa, trabajando en un proyecto ligado a la genética.

Más allá de la posible relación entre su biografía y su obra, creo que merece la pena destacar un elemento repetido en todos los cuentos, pero poco común: la inusitada actitud que establece la autora con el lector, al que hace partícipe de los entresijos de la escritura y casi, si me apuran, del acontecer de lo narrado. Marina Colasanti introduce al lector en los bastidores de la obra y le muestra sus recursos sin recato; como si le dijera: “Mira, así se hace esto” o “Esto es así por esta razón”. Esto podría ser interpretado como una invitación a la escritura (“ahora que te muestro cómo se construye un cuento…, ¡escribe tú!”); como un acto de honestidad (la ficción narrativa consiste, entre otras cosas, en hacer verosímil una invención, algo no real); pero, sobre todo, provoca una cierta incomodidad en el lector porque acaba temiendo que, en cualquier momento, le pregunte: “y ahora, ¿cómo seguimos?”; aunque también cabe la posibilidad de que el lector se sienta satisfecho ante esa velada invitación…

En estos cuentos, en los seis que componen este volumen, Marina Colasanti utiliza un estilo preciso, incisivo, juega con el lenguaje, pero éste aparece despojado de adjetivos y de elementos prescindibles o decorativos. Elige las palabras con la misma precisión que muestran los poetas y, en mi opinión, también como los poetas, habla de temas que competen profundamente al ser humano, que le preocupan que, indefectiblemente, le incumben. Se refiere, por ejemplo, a la influencia o presencia de las experiencias infantiles en la vida del adulto, a la posibilidad de ser otro sin dejar de ser uno mismo, a la libertad, a los diferentes puntos de vista sobre un asunto, a la distancia entre apariencia y realidad, a la desdicha de un ser dividido, al comportamiento masoquista de un perdedor de juego… y a otros muchos. A mi entender, casi tantos temas como lectores, porque se trata de una obra en la que se ofrecen múltiples hilos, de los que cada uno tirará en función de su momento vital, de su experiencia, de sus dificultades puntuales. Creo que algunos lectores pueden sentir que entre estas páginas hay algo dirigido a ellos, como si la autora supiera de sus vidas, de sus preocupaciones, y les dijera algo, puede que al oído, porque se dirige a la parte emocional de cada persona.

Además de invocar temas existenciales o de calado, Marina Colasanti no desaprovecha la ocasión de referirse a otros aspectos. Por ejemplo, a algunos de principios, como el rechazo a la utilización de ratas en las pruebas de laboratorio; la urbanización excesiva e interesada del entorno; el peligro de extinción de algunas especies animales, como los lobos, etc.
Además, la autora recurre, en varios de los cuentos, a las referencias intertextuales, evocando obras de la literatura universal, como la Odisea y Alicia en el país de las maravillas en “Penélope manda recuerdos”; o el cuento de “Caperucita Roja” en “La hora de los lobos”, por ejemplo.

Sin embargo, sobre todo diría que Marina Colasanti se muestra en esta obra, y utilizando sus propias palabras, como una auténtica “descifradora de almas”, según escribe en “El hombre del guante violeta”. Su capacidad de ahondamiento en la psicología de los personajes es magistral. No obstante, le pongo un pero: su arma, corta. Se echa en falta la compasión y la ternura que muestran otros autores ante la pequeñez o los actos repulsivos de los seres humanos, como hace el poeta argentino Juan Gelman, por ejemplo, en Salarios del impío y otros poemas.

Por otra parte, la estupenda traducción de Mario Merlino hace que la lectura sea fluida y gozosa.

Penélope manda recuerdos es una lectura muy recomendable. Precisamente por ello, aprovecho para animar a los editores a traducir otras obras de esta autora que, dicho sea de paso, este año ha sido la candidata al Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil por Brasil.

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