Nueve formas de enseñar a los niños a odiar la lectura (Gianni Rodari)

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Gianni Rodari
Traducción de Carlos Mayor
Barcelona: Blackie Books, 2017

Este volumen recoge una serie de artículos de Gianni Rodari publicados en la prensa italiana entre los años 1966 y 1981 (Il giornale dei genitori, Pese Sera, Riforma della scuola…) sobre “educación para profesores, padres y niños”, como reza el subtítulo. Al igual que en su conocido ensayo Gramática de la fantasía (Booket), en esta colección de artículos se habla de literatura y escritura y se dan pistas para inventar historias, pero también hay lúcidas reflexiones sobre educación en su sentido más general: la relación entre los padres y los niños, los programas educativos en la escuela, la forma en la que el niño va aprendiendo del mundo que le rodea, la importancia de hacer reír a los niños…

Otros artículos nos dan herramientas para crear historias que contar a los más pequeños, ideas para acercarles la poesía, y en el último artículo encontramos una reflexión sobre lo que significa escribir para niños (“implica, recurriendo a un símil musical, utilizar un instrumento en particular y no toda la orquesta”), basada en la propia experiencia del autor, que comenzó en el periodismo para luego avanzar en el terreno de la ficción.

De los 16 artículos seleccionados en este volumen, lectura enriquecedora para padres y maestros, hemos escogido el titulado “Nueve formas de enseñar a los niños a odiar la lectura”, que nos ayuda a identificar ciertas conductas, muy habituales, con las que alejamos a los niños de los libros: utilizarlos como castigo, obligar a leer ciertos títulos, no predicar con el ejemplo… A pesar de que este texto fue escrito en 1966, si alguien lo publicara hoy como nuevo no nos resultaría anacrónico (lo mismo sucede con el resto del libro). Lo cual puede hacernos dudar de lo que hemos avanzado en términos de animación lectora. Pese a todo, si Rodari viviera, su optimismo le haría ver que en algunos aspectos estamos mejor que hace cincuenta años (“la memoria es una aduladora y una tramposa de primera categoría, aunque no es fácil darse cuenta de ello”).

Estas son las nueve formas que propone Rodari, con pequeños fragmentos extraídos del libro:

1. Presentar el libro como una alternativa a la televisión

“No me parece que negar una diversión, un entretenimiento placentero (o que se siente como tal, lo que es lo mismo), sea la forma ideal de estimular el amor por otra actividad; será más bien la forma de proyectar sobre esa otra una sombra de molestia y de castigo”.

2. Presentar el libro como una alternativa a los cómics

“Conozco a chicos que leen mucho y también cultivan en sus ratos libres el huerto de los tebeos. Eso quiere decir, en mi opinión, que no existe una relación de causa-efecto entre la pasión por las historietas y la falta de interés por las buenas lecturas. Ese interés, evidentemente, tiene que nacer de otro lugar al que no llegan las raíces de los cómics”.

3. Decir a los niños de hoy que los de antes leían más

“A los niños no se les puede pedir que se apasionen por el pasado, porque es una época que no les pertenece. Y, cuando se consigue identificar los libros con un pasado ajeno, con algo que no forma parte de su vida, algo más que meter en la categoría de “hazlo por papá y mamá”, se crea un motivo más para que, en cuanto puedan, se alejen de la lectura”.

4. Creer que los niños tienen demasiadas distracciones

“Más distracciones y más libros. ¿Es posible? No es que sea posible, sino que es un hecho. Y eso no depende de la cantidad ni de la calidad de las “distracciones” (es decir, de las ocupaciones más libres, y por lo tanto más apreciadas, y en consecuencia más educativas), sino del lugar que tenga el libro en la vida del país, de la sociedad, de la familia, de la escuela”.

5. Echar la culpa a los niños si no les gusta la lectura

“Encontraremos la culpa en los padres; hay demasiadas casas en las que nunca entra un libro, hay miles de licenciados universitarios sin biblioteca, hay muchos padres que ni siquiera leen el periódico y luego se sorprenden si sus hijos salen a ellos. Tenemos culpas públicas, de la escuela y del Estado, y también de nuestra alta cultura, siempre demasiado aristocrática para ponerse deberes pedagógicos”.

6. Transformar el libro en un instrumento de tortura

“La lectura ha dejado de ser un fin loable y se convierte en un medio para realizar actividades supuestamente más serias. Eso se corresponde a la perfección con la concepción del niño como medio; el objetivo final pueden ser las notas, el adiestramiento para la paciencia o la preparación para la vida. A saber qué preparación y para qué vida; es probable que para la vida concebida como un sufrimiento, lo cual requiere entrenamiento. El libro que entra en el colegio no llega a ser esa cosa buena y hermosa que se necesita, sino ese algo que sirve al maestro para emitir un juicio. La escuela como tribunal, y no como vida”.

7. Negarse a leer a los niños

“La voz de la madre o del padre (del maestro) tiene una función insustituible. Todos nos ceñimos a esa ley, sin saberlo. Cuando le contamos un cuento a un niño que aún no sabe leer y con ello creamos ese léxico familiar en el que la intimidad, la confianza y la comunión entre padres e hijos se expresan de forma única e irrepetible”.

8. No ofrecer una selección suficiente

“Nosotros no leemos el primer libro que cae en nuestras manos. Nos gusta elegir. En cambio, rara vez se les ofrece a los niños una selección decente. Les regalamos un libro de cuentos, lo dejan a un lado y concluimos que no les gustan los cuentos, cuando puede ser que en ese momento tengan otros intereses. Por eso es indispensable contar con una pequeña biblioteca, personal o colectiva. Veinte libros son mejor que uno, y cien mejor que veinte, porque pueden despertar curiosidades distintas, satisfacer o estimular intereses diferentes, responder a los cambios de humor, a las variaciones de la personalidad, de la formación, de la información”.

9. Obligar a leer

“Desde hace varios centenares de años, los pedagogos no dejan de repetir que, igual que no se puede forzar a un árbol a florecer fuera de temporada, cuando no existen las condiciones adecuadas, tampoco puede obtenerse nada de los niños a través de la obligación, sino que por fuerza hay que buscar otros caminos menos cómodos, vías menos fáciles. No obstante, los pedagogos predican, y el mundo va a lo suyo”.

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