Nostalgia de LIJ: Elvis Karlsson

Elvis-Karlsson-Alfaguara

Edición de Alfaguara (1979)

1. Una singularidad

Normalmente, no se utiliza el nombre del personaje principal para dar título a una obra. Pero, cuando este posee una fuerza gravitatoria tal que el resto de la creación narrativa que le circunda solo puede orbitar alrededor de él, igual no quede más remedio. Mr Gwyn, de Baricco, es un ejemplo. Otro, ya cinematográfico, Forrest Gump. Y Elvis Karlsson también presenta, por supuesto, este perfil.

Estamos hablando de una novela juvenil (para chicos de unos doce) protagonizada por un niño de… ¡seis años! Así pues, ¿qué hace que este personaje constituya una singularidad? Elvis es, a tan temprana edad, un tipo diferente, lo cual debería llamarnos la atención en estos tiempos en que tan pobres y reiteradas versiones de pensamiento único han hecho (y aún hacen) todo lo posible por convertir a los individuos de no pocos países en rancias fotocopias temerosas de distinguirse por nada. Elvis es un niño valiente de veras, no solo por atreverse a pensar diferente, sino también por serlo conforme a sus ideas. No se aproxima al típico producto edulcorado que, simplemente, mola, en el cole o en el insti, igual da, o que es popular en el vecindario. Maria Gripe podría haber hecho algo así con este niño, claro. Pero esa no habría sido Maria Gripe. Cualquiera que haya leído los libros de esta autora sueca sabe que, si acaso, ella siempre estará mucho más interesada en que los personajes triunfen más en la conciencia de los lectores que, llegado el caso, en la historia a la cual pertenecen. El gris de la vida tiene su espacio en su prosa, aportando así la necesaria dosis de realismo.

En los talleres de escritura creativa suele proponerse la siguiente regla a los alumnos: mostrar, no explicar. Quiere decirse, que, respecto de los personajes, se ha de ver cómo son por lo que hacen y por lo que dicen, no porque nosotros como autores digamos que son de tal o de cual manera. Quizá sea una buena regla para quienes comiencen su andadura narrativa; pero pésima para creérsela (como la mayor parte de las reglas, claro). Miren, si no, lo que Gripe dice de Elvis durante trozos de pura narración: «Elvis sabe lo que es fracasar»; «Elvis sabe que él es el origen de todas las preocupaciones de mamá». ¿Se puede estar más dentro de la cabeza del personaje? Pero no se preocupen, que funciona. Porque les aseguro que se sentirán Elvis todo el rato: cuando vean lo que dice, cuando vean lo que hace y cuando accedan a su interioridad más secreta de la mano de la autora —porque de eso va esta novela también: de tener secretos, de desarrollar a una temprana edad la capacidad de sentir un enorme grado de intimidad con algo a lo que se atribuye un valor privado, un valor que incluso aún permanece oculto para el personaje, a la espera de ser descubierto pues—. Vivimos tiempos de velocidad absurda, de permanente captura digital de lo instantáneo, como si no nos pudiéramos quedar a solas con nosotros mismos ni un segundo; pero, si por un casual, este original llega a nuestras manos, entonces tenemos la oportunidad de darnos cuenta de que Elvis representa una modalidad de activismo inteligente, pues también es capaz de sumirse en la paciencia y en el gozo tranquilo y contemplativo tan propio de quienes siempre supieron cultivar la suficiente paz interior como para integrarse sensorialmente con el entorno. Elvis es un niño de campo —en realidad, un amante de la naturaleza, en un sentido protector además— y de ciudad, pues se desenvuelve en la certeza de que tiene algo que hacer allá donde se encuentre. Cuestión aparte es la gente, porque él reconoce que tiene un déficit: no sabe llevarse con los otros niños, aun cuando entre sus ideas está la convicción de que más que amigo no se puede ser en esta vida. Y, claro, ser diferente tiene un precio: si crecer ya es difícil, si ya resulta un verdadero tira y afloja a lo largo de las edades, por ejemplo con «las autoridades» (como sabemos), crecer siendo distinto lo complica todo.

2. La constante existencial

Elvis-Karlsson-1972

Edición sueca de 1972

Se da la circunstancia de que, al término de la novela, no es tan fácil contarle a nadie lo que has leído. Cuesta hacer un simple resumen. No obstante… en un original así resulta de lo más normal. El truco es el siguiente: la pieza está llena de conflictos, pero ninguno de ellos es verdaderamente principal, ninguno de ellos impulsa la historia por sí solo —y, desde luego, no son consecuencia los unos de los otros, no en el sentido técnico-narrativo en que lo entendemos los escritores—. Es complicado hacer una síntesis, porque lo secundario no se diferencia tanto de lo principal. En estas páginas, se trata la relación de Elvis con la naturaleza, pero no es lo principal; se expone la relación del niño con los adultos, pero no es lo principal; se cuenta cómo el niño crece a través de retos, como por ejemplo aprender a montar en bici, pero no es lo principal.

Entonces ¿qué es lo principal en Elvis Karlsson?

Siempre se ha dicho que el motor de una novela es el conflicto, pues pone a prueba a las personalidades de los personajes, los decanta en sentidos que se alejan de la tendencia media al consenso que la mayoría solemos presentar para suavizar la convivencia. No obstante, eso no resulta tan preciso, porque el verdadero motor de una narración es el tránsito: los personajes aparecen en una situación A y se dirigen a una situación B, la cual no tiene por que implicar cambios sustancialísimos para estos. Sucede que ni leemos novelas ni vamos al cine para que nos cuenten historias como las que la mayoría vivimos. Por eso son más numerosas aquellas en la cuales se plantean conflictos centrales de envergadura que afectan sobremanera a la vida de los personajes. Me atrevería a decir que, como opción narrativa, simplifica la tarea a guionistas y escritores; pero no significa que sea la única posibilidad. Esta novela juvenil de Gripe supone una notable excepción en este sentido. Simplemente, el niño Elvis crece ahí, a lo largo de las páginas, y tú le acompañas, viendo en qué consisten sus relaciones con los demás, comparando las reacciones de unos personajes y de otros, y lo mismo hasta preguntándote qué hay de ti mismo en esas conductas, ya que igual te resultan familiares. Si hay algo principal en Elvis Karlsson es esto: los conflictos que aparecen están unidos por una finísima constante existencial: vale, Elvis hace todo el rato —en este sentido no se aburrirán, hasta hay una misión digamos central: salvar la casa de Julia, de quien anhela su regreso—; pero tiene tiempo para preguntarse cosas, para en definitiva pasarse la novela a la búsqueda de su propia identidad.

Bienvenidos al íntimo y personal Universo E.

3. La semilla del Universo E

Elvis KarlssonAl parecer, el teatro en que se desarrolla nuestro universo cotidiano está hecho de un continuo espacio-tiempo. Este se curva, se estira, se encoge, se retuerce… y eso depende de lo que hacen los actores principales, que son la materia (nosotros somos materia, ¡ojo!) y la energía. En este sentido, el universo se parece más a la goma que al cristal. Pero se piensa que hubo un momento cero o Big-Bang. En esta novela, la novela del universo E (de Elvis) también hay en cierto modo un momento cero: se trata del primer capítulo, y también funciona como un pequeño Big-Bang, pues tras esas primeras páginas (tras ese trazado semi-biográfico de los personajes principales), todo queda listo para expandirse narrativamente hablando al resto de los capítulos.

Así comienza Elvis Karlsson:

(Texto extraído de la edición publicada por Loqueleo)

Elvis está sentado en la cama jugando con los botones de la chaqueta del pijama.

Es domingo y ya hace bastante rato que está despierto. Entre las maderas de la persiana se ve cómo brilla el sol. La mañana ya casi pasó y es cerca del mediodía.

Prueba con varios ojales. Desabrocha un botón, abrocha otro. Empieza a hacer bastante calor en la habitación.

¡Hala, allá va un botón!, parece que cayó debajo de la cama. Pero no puede verlo… tendrá que levantarse y buscarlo.

Pero claro, eso los despertaría…

Mira a papá y a mamá que están muy quietos en sus camas, durmiendo, durmiendo. Así es todos los domingos. No pueden levantarse porque ayer estuvieron de fiesta y ya casi era por la mañana cuando se acostaron.

Dicen que todos los papás y mamás hacen lo mismo los sábados por la noche. Hay que tener alguna diversión cuando se está libre porque durante la semana no tienen más que trabajo y problemas. Cuando se trabaja no hay tiempo para fiestas. Y Elvis tiene que comprenderlo, dice mamá, como el resto de los niños. Los niños tienen todo el tiempo libre que quieren y no necesitan desahogarse.

A Elvis le parece que eso de desahogarse quiere decir lo mismo que tener fiestas, lo cual también quiere decir que uno ha de tener visitas o ir de visita.

Sin embargo, Elvis tiene muchas ocupaciones, no está todo el tiempo libre. Pero no vale la pena decirlo porque ahora que todavía no va a la escuela no puede tener mucho que hacer, le dicen. Cuando empiece en la escuela ya verá, entonces sí que va a empezar la vida en serio, le dicen.

Elvis se olvida del botón y coge una de las revistas de mamá.

La vida en serio, ¿qué será eso?

No puede imaginarse la escuela. ¿Cómo será? Un montón de profesores y niños, todos mezclados. Así no debe ser posible hacer nada.

¿Se despertarán alguna vez?

Escucha su respiración. Conoce todos sus sonidos y sabe perfectamente cómo hacen cuando están a punto de despertarse. Papá empieza a hacer ruidos con la nariz y ronca, mamá bosteza un par de veces, se calla un rato y después se oye un bostezo largo y profundo que suena triste, porque a mamá no le gusta despertarse. A papá le gusta, pero no los domingos después de una fiesta.

A Elvis también le gusta levantarse, aunque mamá dice que está mejor cuando duerme.

—Estás mejor cuando duermes, Elvis —le dice—. Entonces sí que estás guapo.

Desearía poder dormir ahora, así evitaría tener que estar sentado esperando. No es nada agradable. Desaprovecha el domingo. El domingo, que podría ser su mejor día tan sólo con poder salir de aquella habitación sin despertarlos. Podría tener toda la mañana para él solo y hacer lo que quisiera.

Pero no se atreve ni a intentarlo. Si se despiertan puede haber una escena. Están bastante enfadados después de ‹‹desahogarse››.

Mamá se despierta con mucha facilidad. Con tan solo poner los pies en el suelo ya puede suceder. Entonces, al oír la voz de mamá, ‹‹Laila›› empieza a ladrar en la cocina y despierta a papá, que se enfada.

—¿Es que no se puede dormir en esta casa? —grita.

Entonces se arma. Todo el día podría estropearse.

Lo único que puede hacer es esperar…

Y esperar…

Hojea la revista. Solamente tiene señores y señoras, ningún niño, excepto en un sitio, pero no son niños normales. Siempre es así en las revistas de mamá. El abuelo también lo ha notado. Los niños son solamente para adornar, dice. Solamente están allí para que las mamás parezcan más dulces, no por ser niños.

Pero Elvis no sirve para eso, mamá no parece más dulce cuando está con él. Ella no quiere hacerse fotos con él porque Elvis sale enfadado en las fotografías.

No importa.

Elvis coge un lápiz negro y empieza a enmarcar en rectángulos las caras de las revista. Menos las de los niños. A los niños les pinta ojos grandes para que puedan tener más ojos con que mirar y más ojos que cerrar.

Ojalá que mamá no se enfade por haber estropeado la revista.

—Naciste por mis pecados —acostumbra a decirle mamá.

Quiere decir que lo tuvo como castigo por algo que había hecho hace mucho tiempo, piensa Elvis. Exactamente igual que cuando uno hace algo malo y se lastima.

Los castigos hacen daño; una vez que estaba saltando en el sofá de la cocina lo rompió y se lastimó un pie como castigo. Y cuando mamá lo tuvo también le hizo tanto daño que ya no quiere tener más hijos; eso lo dijo una vez por teléfono, ya es bastante con uno, añadió.

Ser un castigo no le resulta muy agradable, pero ahora ya no le importa tanto, lo ha oído demasiadas veces.

Algo que le preocupa es saber quién le ideó a él. Pero siempre que lo pregunta le dan respuestas distintas. Algunas veces mamá le dice que fue ella misma y que no sabía lo que hacía, otras veces le dice que fue papá, pero Elvis no está muy convencido. Papá piensa en cosas muy prácticas. No le parece muy propio de él el pensar en un hijo como Elvis, que ni siquiera sabe jugar al fútbol.

Pero una vez mamá le dijo algo. Le dijo que había sido Dios el que había enviado a Elvis. Entonces sí que se asustó, porque nadie puede pensar en castigos tan terribles como Dios. Lo había visto en la televisión. Guerras, accidentes y toda clase cosas terribles las piensa Dios. Cada vez que se ven cosas así, dice mamá que son castigos que Dios manda a los hombres. La abuela dice lo mismo. O sea, que si fue Dios el que ideó a Elvis, la cosa no resulta demasiado agradable. Al saber eso sintió pena por mamá.

—Sí, es horrible —le dijo él una vez que ella se estaba lamentando. Se lo dijo para consolarla, como dice papá. Pero ella le dio una bofetada y él se la tuvo que devolver. O sea, que no sirve de nada consolarla. Elvis no sabe lo que hacer.

—¿Le pegaste a tu madre? —le dijo papá muy serio después de que mamá se lo contó. El nunca dice ‹‹madre››, solamente lo dijo cuando Elvis le devolvió la bofetada.

Hay niños que cuando sus padres les pegan no se revuelven. Solamente lloran. El no llora, las devuelve. Se arrepiente nada más hacerlo, pero no lo puede remediar.

Lo peor que puede hacer un niño es pegar a su mamá, y él lo sabe.

Las mamás pueden pegar a los hijos, pero los hijos no pueden pegar a sus mamás porque entonces mamá se convierte en madre y eso es algo muy serio.

Pero el abuelo dice que los niños tienen que defenderse y que las mamás tienen que entenderlo. Pero eso lo dice el abuelo… Y mamá no tiene mucho en cuenta lo que él dice.

Ella solamente hace caso de lo que dicen las amigas con las que habla por teléfono: Mai, Karin e Ingrid. Habla con ellas todos los días. Lo que ellas dicen sí les interesa. Todo lo que Elvis hace se lo cuenta a ellas y después hablan de la educación de los niños. Pero los hijos de las amigas no son tan malos como él, ellos son como la mayoría de los niños.

Elvis no es así, él es desesperante. No hay forma de educarle. Y eso que ha pedido ‹‹perdón›› cientos de veces. Prácticamente ha pedido perdón por casi todas las tonterías que ha hecho en su vida. Mamá no es fácil de conformar.

Desde luego que él puede llegar a ser bastante rebelde. Pero lo más extraño es que cuanto más malo es, más amable está mamá. Algunas veces piensa que va a enfadarse, y entonces, a lo mejor, incluso le da dinero para un helado. Es como si no notara lo malo que había sido.

Sin embargo, otras veces le da una bofetada por casi nada.

Elvis no lo comprende.

Cuando ella está amable y cariñosa le gustaría haber venido al mundo como otra cosa que no fuera un castigo para mamá.

Elvis mira otra vez para la cama. Ni un movimiento.

¡Si papá tuviera ganas de ir al baño!

Algunas veces pasa, que se levanta para ir al cuarto de baño. Entonces puede ponerse la ropa y salir de la habitación y esconderse. Por lo general, sale bien, porque papá está aún medio dormido y no nota nada, cuando vuelve se mete en la cama y sigue durmiendo. Lo mejor de todo es que mamá no se despierta cuando papá va al cuarto de baño y entonces tampoco se entera de lo que hace Elvis. Cuando ‹‹Laila›› se pone a ladrar en la cocina, mamá se cree que es porque papá se ha levantado. Es fantástico, porque así puede jugar varias horas en la calle hasta que mamá le llama por la ventana.

Pero hoy no hay suerte.

Ni tan siquiera suena el teléfono. A lo mejor está descolgado. Esa es una de las cosas que puede despertarlos, aunque no es demasiado buena. Normalmente, le molesta y discuten para ver quién se levanta a contestar. Además, las amigas que llaman por teléfono saben que papá está en casa y por eso casi nunca llaman los domingos.

Seguramente tampoco hay hoy ningún partido que papá quiera ver. Una cosa buena del fútbol es que puede hacer que papá se levante los domingos.

El juega al fútbol y trató de que Elvis se interesara. Elvis iba con él al fútbol cunado o cuando iba a ver un partido. Papá le ha explicado el juego y ha jugado con Elvis, incluso le ha prometido un balón si practica, pero no ha conseguido nada. Elvis no está interesado.

—Aún es muy pequeño —dice mamá.

Pero papá dice que a la edad de Elvis él ya jugaba y ya era una promesa al empezar la escuela. Pero Elvis ciertamente no lo es.

—De ese crío nunca saldrá un jugador de fútbol —dice papá.

Da la impresión de sentirse fracasado.

Sigue los deportes en el periódico, la radio y la televisión, ni mamá ni Elvis le molestan, porque saben que para él es muy importante.

Últimamente Elvis tiene que sentarse con papá delante de la televisión para ver el programa de deportes. Papá quiere descubrir si hay algún deporte que le guste a Elvis. Le enseña y le explica. Elvis escucha y dice sí y no cuando puede. Pero todavía no saben qué tipo de deporte puede gustarle.

—No creo que este crío salga ningún deportista —afirma papá—. Dios sabe lo que será, empiezo a creer que no tiene condiciones.

Se nota que papá está triste. Mamá no arregla mucho las cosas tratando de animarle, interesándose ella misma por los deportes. Se pasó toda la temporada de hockey sobre hielo animando al Söndertälje y fue el Brynäs el que resultó vencedor.

—Ya se nota a quién sale el pequeño —dice papá.

Con eso quiere decir que es a mamá y que la razón de que Elvis sea tan torpe es que se parece a ella y no a él. Mamá se enfada con razón, ella solamente quería ser amable. Entonces discuten. Siempre que papá trata de que Elvis se interese por los deportes terminan discutiendo.

Parece que papá empieza a darse por vencido. Da la impresión de que ya no tiene muchas esperanzas con Elvis. Y Elvis no puede hacer nada por él. Los deportes son aburridos. Todos parecen enfadados y sudan, todos tratan de escapar de todos lo más aprisa posible, en los deportes nadie se preocupa de nadie.

De todas las formas, lo siente por papá, que hizo todo lo que puedo. Elvis sabe lo que es fracasar.

Una vez plantó una pepita de naranja en una maceta y la regó durante varios meses. No salió nada.

—La semilla no debía de ser buena —le dijo mamá y tiró todo a la basura—. Sabes, no siempre sale algo.

—No, no siempre…

Elvis mira otra vez hacia las camas. ¿No pensarán despertarse nunca?

¿Cómo no oirán los ruidos de la calle? ¡Niños que corren y juegan!, ¡gente que pasa hablando!, ¡las puertas de los coches al cerrarse!, ¡los pelotazos contra las paredes de las casas! Deben estar muy cansados…

Todo el mundo está despierto. Solamente ellos duermen. Se oye el tic-tac del despertador. Si pone atención puede oír incluso el reloj de papá… y el de mamá… el tiempo pasa, suenan timbres.

¡Por fin!, mamá bosteza al fin. Elvis queda tenso escuchando. Silencio otra vez. ¿Va a dormirse de nuevo?

No, hay otro bostezo más y después viene la queja. Estupendo. Entonces ya está despierta. Está reposando un poco más antes de decidirse.

Elvis está muy quieto y la mira. No dice nada. Es importante que el día empiece bien para todos.

De pronto se sienta en la cama y mira a Elvis.

—¿Estás despierto? —le pregunta.

Él dice que sí con la cabeza. Ella se despereza y bosteza otra vez.

—¡Oh, no me mires así! ¿Tienes envidia de que durmamos hasta tarde, eh? —le dice, pero no parece enfadada, simplemente está dormida.

Entonces Elvis salta de la cama.

El domingo acaba de empezar.

4. De la vida de la elipsis

En Elvis Karlsson no esperen la enorme precisión en la secuencia de acontecimientos, ¡sin que nada la interrumpa!, que vimos en la Wölfel de Campos verdes, campos grises, tampoco el absoluto desenfado o el completo abarcamiento de grandes entidades o instituciones, incluso políticas o históricas —césares, viajes en el tiempo, etc.— mezcladas con fantasía como en el Rodari de Cuentos escritos a máquina. No. Es el turno de la intrahistoria, de los acontecimientos pequeños que llenan las biografías, de las narraciones que se interrumpen por reflexiones siempre que son importantes para ilustrar el crecimiento de una personalidad. ¿Cómo lo hace? Bueno, de hecho, acaban de ver un ejemplo durante la lectura del primer capítulo, cuando de la frase «ojalá que mamá no se enfade por haber estropeado la revista» se pasa directamente a la de «naciste por mis pecados —acostumbra a decirle mamá».

Para ser algo más técnicos, diremos que este ejemplo del cual hablamos remite al manejo de una conocida figura literaria: la elipsis. Esta se puede entender o como la falta de una información narrada que el lector puede subsanar o como el salto en el tiempo hacia atrás o hacia adelante (lo que en cine se llama flash-back o flash-forward). Básicamente, se trata de una ausencia narrativa sin pérdida de continuidad para el lector, en el sentido de que puede seguir la historia perfectamente, más allá de cuándo el todo adquiera para él un sentido definitivo. Los lectores y los espectadores están, por lo general, preparados para suspender la continuidad de la historia por haber saltado a otro lugar del tiempo. No obstante, esto requiere alguna madurez. Concretando, el manejo del tiempo en Elvis Karlsson resulta lo suficientemente complejo como para que no sea un original para niños (infantil) y sí para chicos (juvenil).

Gripe no se detiene ante nada, porque detrás de esa reflexión acerca del pecado que encontramos en este primer capítulo, va otra que remite al creacionismo: quién ideó a Elvis. Y esta le da la oportunidad de dar otros saltos temporales, en este caso, asociados a cada vez que la madre le da una explicación (fue idea mía, fue de papá, fue Dios…), lo cual le lleva a un episodio biográfico: cuando Elvis le devuelve la bofetada a su madre. Y, en realidad, todo este primer capítulo está lleno de saltos. La pregunta que un escritor de campanillas en ciernes debe hacerse es esta: ¿cómo se consigue hacer esto sin que el conjunto quede tan sobrecargado que el lector te sancione de alguna manera, por ejemplo, sopesando la posibilidad de abandonar el original?

Simplifiquemos: vamos a decir que lo principal es aquello que transcurre objetivamente en el tiempo lineal de la historia, y vamos a decir que todo lo que no (todo lo que contienen esos saltos en el tiempo) es lo secundario. Es una convención, no se trata de determinar aquí qué es más relevante para el conjunto de la obra. Así pues, esto es lo principal en este primer capítulo: Elvis está despierto sobre la cama jugando con los botones del pijama; uno se cae y acaba por ahí; mamá y papá duermen; Elvis los observa; coge una revista y la pintarrajea; la madre por fin bosteza y se despierta; ella habla un poco con el niño; Elvis salta de la cama. La conclusión no puede ser más evidente: lo principal, lo que sucede en el tiempo objetivo de la historia, contiene una información muy fácil de entender y de retener. Esto permite al lector transitar por lo que contienen todos esos saltos sin temor alguno a perderse. ¿Qué función tiene entonces lo que hemos llamado secundario? ¡Menos mal que lo hemos llamado secundario!, porque su función consiste nada menos que en caracterizar a los personajes principales, a modo de anticipo de las reacciones que van a tener a lo largo de todo lo que seguirá en los siguientes capítulos. Y lo hace a través de la exposición de comportamientos, de posturas, que ya se han tenido o mantenido al hilo de ciertos acontecimientos. Cuando se muestra tan bien cómo son los personajes, explicar de vez en cuando cómo son —esto es, sin parlamentos ni acciones, sino diciendo este es… o este piensa…— ni siquiera es un defecto, ni aun cuando se reitere en la fórmula.

En ocasiones me han contado de personas que, al no dárseles bien la narrativa destinada a adultos, se han pasado a la de niños y chicos porque esta era más fácil. El resultado natural en tales circunstancias es diversificarse en el fracaso. A uno se le puede dar mejor la literatura para niños y chicos que para adultos, por supuesto; pero no será porque esta sea en sí más sencilla —espero que este manejo de la elipsis que les he mostrado sirva también como argumento de esto que digo—. Lo que se te tiene que dar bien es escribir, contar historias. ¡Luego ya veremos para quiénes son! Puede que se te den bien todos los tipos de público, o solo algunos, o solo uno. No creo que me exceda demasiado si digo que, en realidad, el escritor de LIJ, como tipo literario, presenta un perfil algo especial: aun siendo un adulto, posee la capacidad de dirigirse a niños y a chicos, lo cual equivale a conservar el modo en que estos veían o ven el mundo.

Elvis Karlsson (Harald Gripe)

Elvis Karlsson (Ilustración de Harald Gripe)

1 comentario en “Nostalgia de LIJ: Elvis Karlsson

  1. Beatriz
    21/06/2017 a las 11:03

    Qué análisis tan riguroso y sensible. Gracias, Santiago Gallego. No conozco esta novela, pero me propongo leerla en cuanto tenga ocasión. BGO

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