Mi vida es un poema

Mi vida es un poemaJavier García Rodríguez
Ilustraciones de María Herreros Evangelio
Madrid: SM, 2018

Hay un cuento de J. L. Borges, «El otro», en el que el protagonista, el propio escritor argentino, se encuentra en Cambridge con su yo más joven, que dice estar en Ginebra. Uno se pregunta si está soñando, el otro duda incrédulo de que el mayor sea él mismo, y solo se convence al oírle unos versos que aún no conoce. El Borges mayor se reconoce a sí mismo con menos de veinte años cuando escucha al otro silbar una canción que le lleva a un patio de su infancia. El joven está escribiendo unos versos que quiere reunir en un libro, el mayor cree haber escrito ya demasiados. Se cuentan su historia, hablan de literatura. Ninguno de los dos entiende qué ocurre, y no sabemos si están en 1969 o en 1918, en la orilla del río Charles o en la del Ródano. Ambos Borges se presentan igual de reales, ninguno de los dos cronotopos se los podemos negar a Borges, ambos son ellos y ambos son suyos. Lo que sí podemos decir de Borges tras leer el cuento es que su vida es un poema.

Javier García Rodríguez no es Borges (ni falta que le hace), pero podría ser el protagonista de este cuento con el tema del doble. El autor se encuentra en Mi vida es un poema con las melodías del pasado, que es también parte del presente (“vuestro presente / es solo el resultado del futuro / que soñasteis tener en el pasado”), y escribe un poemario desde la experiencia de los libros a la espalda con la ilusión de los primeros versos (“para abrir este libro / hacen falta tus manos y el deseo / de querer que sea nuevo el viejo mundo”), porque es un libro para el adolescente que todos (como él) tenemos dentro y para el hombre y la mujer en ciernes que inicia su rito de paso hacia una vida adulta donde el juego cambia de signo.

En estos versos se interpela al otro lado del espejo (“Espejo, espejito”, se titula un poema), se juega con la imagen deformada de lo esperado y lo recordado. Este encuentro con el otro que somos es explícito en los estupendos poemas “Yo, el otro / Yo, la otra (Confesiones que nunca se escucharán en el confesionario de GH-Versión 2)” y “El otro yo, / la otra yo (Confesiones que nunca se escucharán en el confesionario de GH-Versión 1)” (en este orden), donde, con los versos “Porque tú eres yo” y “Yo soy tú”, nos encontramos de pronto con nuestro doppelgänger, que no siempre es el sosias que esperábamos.

Hay un fragmento del cuento de Borges que explica muy bien Mi vida es un poema (las obras del pasado nos ayudan a entender las del presente, como al protagonista): «El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera».

La primera frase la podría haber firmado Javier García Rodríguez, quien concita en su libro el like de las redes sociales y las últimas sagas juveniles, el periódico del día y el rap, las búsquedas de internet y Mario Bros, el spam y Walking dead. A la segunda parte, el lector, tras leer el poemario, solo puede contestar que sí. Mi vida es un poema, lo afirma al inicio, es un libro donde hay cabida para todos, también para ti, seas quien seas (incluso si no eres Nadie, Ulises): “en este ficcionario cabe todo”.

Y es que esta ambición por llegar a todos -la coetaneidad intergeneracional- y abarcarlo todo (“Para ver un mundo en un grano de arena y al cielo en una flor silvestre, sostén al infinito en la palma de tu mano y a la eternidad en una hora”, como escribió William Blake) demuestra una voluntad de aprehender el mundo, de explorarlo, de viajar a lo inescrutado y a lo más remoto (esté dentro o fuera: así encontró Un pingüino en Gulpiyuri y Una tienda loca, pero también Estaciones, Mutatis mutandis, una Barra americana o La mano izquierda es la que mata, más que notables hallazgos de ecosistemas endémicos y exóticos).

Javier García Rodríguez es aquí un etnógrafo de campo (por más que el silbido con el que se reconozca, como el protagonista de Borges, se parezca más al de un mirlo en un barrio de ciudad) que va al encuentro del mundo, sin saber qué encontrará, y da en el camino con una tribu no contactada: los adolescentes (ningún hombre es una isla, decía John Donne… excepto algún adolescente, añadimos). Los no contactados son los incomprensibles para unos, los incomprendidos para sí mismos, están eternamente conectados en la nube (debe de llover mucho en ese microclima), pero apenas se comunican con sus congéneres niños y adultos, o incluso sacan las armas ante ellos. Las palabras de la tribu de los no contactados son a veces inaudibles, otras se parecen al gruñido de las culturas originarias, presas de la tribulación (también encontramos un poema titulado “La selva” que es un estupendo tratado antropológico de esta tripulación atribulada, nada aquí es casualidad), pero tienen una fuerza con la que conectar, nos llenan los oídos y los ojos de feroces ganas de experimentar, de cambiar el mundo. Las palabras de la tribu de los no contactados están llenas de ingenuidad pero son siempre nuevas, porque el yo que las emite cambia rápido de piel, es siempre otro, crece en su decir con una voz que se va agravando. Javier García Rodríguez es en este poemario un Nabokov que salió a buscar mariposas (“Vamos a coger el viento”) y volvió con una lengua nueva con la que contar y una colección de ejemplares para mostrar la belleza (la belleza si no es violenta no es belleza, es anestesia, diría Agustín Fernández Mallo). El encuentro de los no contactados, los lectores adolescentes, no fue un hallazgo intencionado, sino la consecuencia de una postura abierta ante el mundo y el lenguaje, que le ha permitido llegar incluso ahí donde apenas nadie consigue llegar.

Intente usar otras palabras es el título de una novela de Germán Sierra, uno de los escritores españoles más heterodoxos y arriesgados de nuestro panorama literario actual (acaba de publicar en EE.UU. Artifact, una novela escrita directamente en inglés). Javier García Rodríguez es otra rara avis de nuestras letras que en esa exploración continua del lenguaje siempre intenta usar otras palabras, aunque sus búsquedas no suelen ser infructuosas. Hay un poema al inicio del libro que dice:

La búsqueda de sleikmdslkmkijooddiuejjnjudeenkdsijijewñlkmcxlñzsnkikityvgs`x+¡.cd,mkkikikmjhdudfhekmds no obtuvo ningún resultado.
Sugerencias:
* Comprueba que todas las palabras están escritas correctamente.
* Intenta usar otras palabras.
* Intenta usar palabras más generales.
* Intenta usar menos palabras.

El título, “Egosurfing”, nos da algunas pistas que amplían la búsqueda de significado.

Como en este poema, el uso de elementos y textos completos de la vida común (anuncios, noticias, carteles, etc.) es habitual en la poesía de Javier García Rodríguez, que se caracteriza por el apropiacionismo recontextualizador, que toma textos encontrados y los convierte en poemas a través de una mirada nueva y una colocación adecuada que los transustancia casi milagrosamente en ficción. Así, son poemas que ha escrito, pero que no ha escrito el autor: “Una escena de la película Espartaco que merece ser un poema”, “El amigo del niño que da de comer a una araña”, “Egosurfing”, “Spam para hoy (y hambre para mañana)”, “Actuación en caso de evacuación de emergencia” y quién sabe qué más.

Este procedimiento no es completamente nuevo en poesía, Juan Bonilla escribió hace un tiempo un artículo en su blog de El Mundo titulado “Los poemas del periódico” donde daba pistas de poetas que han utilizado recortes periodísticos para crear poemas (“Réquiem” de José Hierro, Blanco Spirituals de Félix Grande). En él cita la primera parte del poema “El amigo del niño que da de comer a una araña” atribuyéndoselo a Javier García Rodríguez, y añade el párrafo que es su segunda parte, que es también magnífico (“Permaneced alerta”). Javier García Rodríguez no hace clic en “Buscar”, sino en “Voy a tener suerte”.

La parrilla televisiva que en ocasiones parece este libro y su estructura (“documentales de naturaleza”, “confesiones”, “Canal de histeria historia”, “Reposiciones”, “Cursos de idiomas acelerados”, etc.) no es la única pista de la ficcionalidad marcada de las voces de amplio registro que escuchamos en él. El inicio, con su “Ficcionario”, es una clara declaración de intenciones, que se traslada luego, en el interior, al gesto de dar la palabra a personajes televisivos, cinematográficos, reales, a yo poéticos jóvenes, maduros, instructivos, tiernos o guasones, a entremezclar microrrelatos, romances paranormales, telenovelas, experimentos, poemas visuales, vigilantes de la playa, autores clásicos deformes y deformados, chistes o historias del mundo a través de los callos de los pies. También a un ceder espacio a las imágenes desenfadadas, coloristas y sugerentes de María Herreros, que están muy en consonancia con la mirada intensa e inteligente del libro y del lectoespectador que es ahora quien abre estas páginas.

Todos los ecos resuenan aquí, todos ellos cargados de sentidos, a veces abiertos, ambiguos y (por eso) siempre fértiles (hasta los lugares de indeterminación se hacen aquí explícitos: “[aquí va este hueco por si se me pasa alguno]”); el autor le dice al lector: Tú tienes la palabra. Pero le advierte, también, del poder y la responsabilidad que ello conlleva. Si la palabra se usa mal, si se vacía de significado, si es retórica huera, si se pasa por alto y se le quita importancia, si no deja también espacio al silencio (“¿A qué aspiras / ofreciendo silencio en vez de ruido?”), deja de ser dardo, clavel, juego o consuelo y es ruido, pura palabrería, objeto de mercadotecnia, instrumento opresor, balada de las masas.

Por eso Javier García Rodríguez se toma tan en serio la palabra, convirtiéndola a cada paso en juego (paranomasias, aliteraciones, puns, monólogos dramáticos de los personajes más extravagantes, inventarios muy inventados) y habitando las palabras de la tribu, la suya y la nuestra, la de todos, porque el trabajo del etnógrafo, el trabajo del poeta, es mostrar que en este otro territorio también hay homo ludens, que el mundo -conocido y por conocer- es un lugar bello, violento y extraño, y que muchos aliados en la palabra estarán de tu parte, como lo está este libro.

1 comentario en “Mi vida es un poema

  1. Chinca C. Salas R
    29/06/2019 a las 22:22

    La poesía posee características únicas, ser o no ser, el mañana y el pasado conjugado de manera extraordinaria, juventud y madurez, vivir el presente estando en el futuro , el pasado en el futuro, revivir o experimentar dos momentos mágicos, únicos, solo podemos decir que la poesía es un mundo lleno de posibilidades próximas o soñadas, creacion y vida al mismo tiempo.

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