Mi vida con la ola

Adaptación de Catherine Cowan.
Ilustraciones de Mark Buehner.
Traducción de Esther Rubio.
Madrid: Kókinos, 2003

Basado en un cuento de Octavio Paz del mismo título, Mi vida con la ola mantiene la fidelidad al espíritu del original e, incluso, reproduce literalmente los pasajes de mayor relevancia, aquellos que incorporan un acento de carácter más poético. Sin duda, en ello ha tenido un papel decisivo la editora en España, Esther Rubio, que ha corrido con las labores de traducción y adaptación de la versión en inglés, para lo cual no es arriesgado aventurar que ha tenido muy presente el texto del escritor mexicano.

La adaptación ha consistido en sintetizar el relato para convertirlo en un álbum ilustrado destinado a jóvenes lectores y en ciertas modificaciones argumentales que afectan al desenlace, al protagonismo de la historia, que pasa de un adulto solitario a un niño y sus padres, y a la ambientación, que se traslada de México a una Norteamérica con aire años cincuenta.

Cuando ese niño va por primera vez al mar, se hace amigo de una ola que escapa de las demás compañeras que pugnan por retenerla y se interna de su mano en la arena. Después de viajar oculta en un tren, la ola irrumpe en el hogar de la familia e inunda las habitaciones de luz, colores, sol, aire y sonrisas que expulsan las sombras y el polvo. El niño y la ola entablan una relación de intimidad, juegos excitantes y hermosos descubrimientos. Sin embargo, la ola no puede despojarse de su condición natural, salvaje, y, sujeta al vaivén de las mareas, su humor oscila y, por momentos, se hace oscuro y amargo. Los días nublados la irritan y, en ocasiones, se vuelve hostil con el niño. Con el paso de los días, va dedicando su tiempo a jugar con los peces y deja de hacerlo con él. La llegada del invierno provoca en la ola pesadillas y unos aullidos “que llenan la casa de fantasmas y atraen a los monstruos de las profundidades”. La situación se vuelve insoportable y la familia se va de casa por un tiempo. Cuando regresan, comprueban que el frío ha convertido a la ola en una bonita estatua de hielo y, con pesar, aprovechan la ocasión para llevarla de vuelta al mar. El libro concluye con una escena en la que el niño, sumergido en la bañera, recuerda con añoranza a la ola (la casa se ha vuelto a llenar de polvo y de sombras) y fantasea con la posibilidad de traerse el año próximo una nube, dado que las nubes son más dulces, cariñosas y dóciles. ¿Lo serán…?

El relato discurre de un modo lineal dentro de los cauces del realismo. Aceptada la convención de una ola que cobra vida y es capaz de adoptar formas que le permiten acompañar al niño, la irrupción de elementos fantásticos se produce sin que medie la transición de una transformación de carácter mágico. El momento en que la casa se llena de monstruos de las profundidades recuerda a aquel otro de Donde viven los monstruos, cuando la habitación de Max crece hasta convertirse en el mundo entero. El libro compagina con habilidad realidad y fantasía, de lo que resulta una obra dotada de una extraña verosimilitud. A este efecto contribuyen decisivamente las ilustraciones, que aciertan a captar el colorido cambiante y el dinamismo de las aguas del mar, sin caer en la torpeza de mostrar a la ola con rasgos antropomórficos explícitos. Es un estilo que permite evocar a Anthony Browne, en el naturalismo y la expresividad de los personajes, en la fidelidad con que parecen retratados los escenarios y, sobre todo, en la presencia de detalles que se ofrecen a la observación y el descubrimiento del lector y que, más allá de despertar su curiosidad, se erigen en elementos narrativos con una decisiva importancia. Así, las nubes que aparecen desde la primera página y que anticipan lo que terminará por ser un final abierto que apela directamente a la intervención del lector en la prolongación de un relato poético, de una curiosa belleza.

1 comentario en “Mi vida con la ola

  1. Gemy
    21/08/2009 a las 16:33

    Disculpa, pero no me quedo muy claro, si esta versión es la traducción del Cuento de O. P. o es una versión libre.

    Aunque de cualquier modo, me quedo con la del Premio Nobel.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *