Madera de ángel

Ignacio Sanz
Madrid, SM, Colección El Barco de Vapor, 2002

Hay una escultura muy especial en el pueblo de Turégano: representa dos angelotes, uno pequeño, con la cara de un niño de cinco o seis años; el otro es un ángel gordote y mayor que, sin embargo, no ha perdido la inocencia reflejada en sus ojos. Pero hay mucho más en esa pequeña pieza de arte: las muescas de un corazón y dos iniciales grabadas en una de sus alas, una sombra del olivo que fue junto a otros en la puerta de una Iglesia, años de descanso en una vieja granja y un olor de madera que el tiempo no ha logrado arrancar de su esencia. Quizás todos estos ingredientes hayan proporcionado a la pieza una naturaleza singular, pues Ángel Bermejo, tras su contemplación, entra en una especie de éxtasis que lo mueve hasta la torre de la Iglesia del pueblo. La guardia civil lo arresta por considerar su actitud, cuando menos, «sospechosa». En el pliego de descargo dirigido al juez el detenido explicará las circunstancias de su vida que lo llevaron a esta situación. Y así conocemos su historia. En un mundo en el que el valor de la bondad está pasado de moda y se confunde con la estupidez ha de salir adelante nuestro personaje: con la incomprensión de los que le rodean y hasta le quieren, como su mujer y sus hijos. Pero con una infinita paciencia, tolerancia, amor y sentido de la justicia. Ál sabe contemplar la vida y los detalles que se le escapan al resto: los que viven deprisa y pasan sin ver, y a veces sin disfrutar. Ál conoce el placer de los olores naturales del campo y la madera, del trabajo hecho con amor y minuciosidad, de los paisajes de aquellas provincias castellanas que muchos ignoran… Es una persona sosegada que transmite paz, un hombre de apariencia infeliz que en su interior guarda un tesoro: el secreto de la esencia de la vida. Y es que él mira más allá de lo que la apariencia sugiere, analiza, sin juzgar, comprende, ama, esculpe la realidad. Este filósofo de alma sencilla dice de las personas: «actuamos de manera extraña porque hay muchas aguas revueltas dentro de nosotros».Ignacio Sanz (Segovia, 1953), escritor y etnógrafo, es autor de multitud de libros sobre ritos, oficios, cultura tradicional, relatos, viajes, cuentos juveniles y novelas. En esta ocasión nos sorprende con esta bella y plácida narración, la historia de un hombre bueno. Destaca el humor, presente en sus páginas desde el primer capítulo en el que, con no poca ironía, nos relata el desconcierto y desconfianza de la guardia civil ante hechos inexplicables y por tanto delictivos. También es notable, al igual que en muchas de sus obras, un amor incondicional por los paisajes de Castilla que describe con el sosiego que su contemplación provoca en el alma.

El vocabulario que utiliza, sencillo pero cuidadosamente escogido, se enriquece con vocablos propios del oficio de carpintero: zoquetes, garlopas, gubias, limas… adquieren especial encanto en boca del protagonista, quien disfruta con su trabajo sobre la madera y el placer de todo lo natural y sencillo: «la madera tiene el mismo olor perfumado que los montes de donde procede». Recoge también vulgarismos y giros informales propios del lenguaje juvenil y destaca, como curiosidad, la selección de los nombres de los protagonistas, todos referentes a asuntos celestiales.

Si existiera hoy en día, viviendo entre nosotros, como una persona más, un ángel, éste sería como Ángel Bermejo, el protagonista de la historia. Ese hombre de mediana edad, representante de ropa deportiva, sencillo, afable, inocentón, un poco infeliz y sobre todo bueno, muy bueno. Madera de Ángel es un texto que deja en el alma sosiego y tristeza, como si un ángel hubiera paseado entre las letras y se hubiera marchado dejándonos con la melancolía de su ausencia.

2 comentarios en “Madera de ángel

  1. mayerly
    31/08/2009 a las 18:38

    Me PaReCe Un LiBrO mUy InTeReAnTe pArA tOdA eDaD

  2. candela
    14/06/2009 a las 13:37

    me gusta mucho ese libro me lo e tenido k leer en el colegiu

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