Lucas y el ruiseñor

Antonio Ventura
Ilustraciones de Angela Lago
Caracas: Ekaré, 2003

Ediciones Ekaré continúa alimentado la Colección Ponte Poronte con títulos de calidad y propuestas lectoras para niños y lectores en general ya que tanto el texto como la ilustración a menudo proponen diferentes niveles de lectura. Tal vez, por esta razón cambiaría el subtítulo de la colección: Historias divertidas y sorprendentes para leer en compañía y también para los que comienzan a leer solos, porque el comprador puede entender que sólo es una colección dirigida a los niños cuando en esta colección hay propuestas para todos los públicos. Y éste es un buen ejemplo.

Antonio Ventura nos ofrece una nueva delicia: Lucas y el ruiseñor, ayudado de Ángela Lago con las ilustraciones y de Irene Savino con la cubierta y la dirección de arte. El trabajo coordinado de los tres acaba en un libro fantástico que se inicia en la cubierta, donde abundan los tonos morados, verdes, ocres y azules. Cuando pasas la página, antes de empezar a leer, unos trazos de verdes sobre ocres te recuerdan un paisaje castellano de montañas abandonadas y tranquilas. Las páginas siguientes nos ofrecen un rosal de rosas blancas y una ventana abierta entre colores rosas que nos invita a una mesa con un libro abierto destacando en el centro de la página. Arriba, en la pared, un cuadro que pinta sobre blanco una palmera. Libro, rosa y palmera: el contraste con el paisaje de montañas áridas.

Y luego la historia empieza siempre entre esos dos colores, del morado al ocre, que nos lleva de la aparente soledad de la historia a la auténtica complicidad de los protagonistas: un ruiseñor, un gato y Andrés arrastrando sus pies cansados. Tres camaradas cómplices a pesar de las aparentes diferencias.

Es curioso como esta obra participa de una de las características de sus otras obras: la inquietante El lazo rojo, la tierna El mar de Dario o la más reciente, la angustiosa El relato incompleto. En este caso, Lucas se caracteriza por la ternura y el amor, pero igual que en las anteriores, el autor mira la realidad desde una cámara digital, de aquellas que te permiten tomar algunas fotografías seguidas o con las que puedes grabar en video unos pocos minutos de tu vida.

Como la cámara, el narrador de estas obras sólo nos permite introducirnos en las vidas de los personajes unos pocos minutos. En un momento que no parece diferente del anterior ni del posterior pero que nos muestra vidas llenas de sentimientos y de vivencias: el miedo a la amistad o al amor, desde la añoranza a la ternura. Y luego cierra el cuadro y le pone un marco en el momento justo que decide que ya no nos va a mostrar.

Recuerdo cuando finalicé de leer El lazo rojo, un álbum inquietante que, como el resto de las obras de Ventura, muestra una propuesta textual que va más allá del pequeño lector, me preguntaba: ¿qué pasó antes?, ¿qué pasará después?

Lucas y el ruiseñor comparte esta característica. La portada del libro que hemos descrito al inicio funciona como el zoom de una cámara que nos aproxima desde el paisaje general, y nos introduce, más que a la casa, a la vida de Andrés, Lucas y el ruiseñor entrando por esa ventana abierta. O, manteniendo ese espejo de realidades que tanto gusta al autor, entrando por ese libro abierto.

Luego una pequeña anécdota casi susurrada: la compañía de Lucas, Andrés y el ruiseñor; la llegada del invierno; Lucas detrás del ruiseñor, una rosa blanca, una evocación, el ir y el venir del anciano; los fríos, el miedo a que las rosas no lleguen a resistir el invierno… Y entre la rutina del día a día: un golpe en la ventana, un ruiseñor pidiendo entrar, un gato al acecho, un salto… Al final: Lucas, Andrés y el ruiseñor y, afuera, las rosas blancas.

Y luego pasamos la página, la ventana que al principio del libro nos invitaba a entrar se cierra dejándonos fuera, en la soledad de la noche, observando la sonrisa de Andrés, acariciando a Lucas mientras el ruiseñor en su hombro nos deja ver el libro abierta encima de la mesa.

Más allá de la anécdota, desde la sencillez del momento, desde el sentimiento, convierte tres espacios de vida en tres amigos literarios, sin olvidar las rosas. Un álbum que permite el diálogo, la lectura compartida y solitaria y buenos momentos de placer.

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