Los tres erizos

Texto e ilustración de Javier Sáez Castán
Caracas, Ed. Ekaré, Colección Ponte Poronte, 2003

La editorial Ekaré nos tiene acostumbrados a buenos libros, pero, a mi juicio, Los tres erizos, de Javier Sáez Castán es un libro excelente. Trataré de explicar brevemente por qué digo esto.

Creo conocer un poco el trabajo de Javier, su manera de proceder a la hora de organizar los elementos o componentes de su trabajo: por un lado los estrictamente literarios; por otro, los formales y estéticos, y, por último, digamos, los elementos connotados, es decir sugeridos o insinuados tanto desde el nivel textual como plástico. Tengan ustedes en cuenta que en la obra de Javier nada está fiado al azar -y si no, observen esa casi imperceptible línea que enmarca la ilustración a sangre de la portada de autor, que equivaldría al marco que encierra todas las demás ilustraciones-; esto, para un editor que se precie de tal, es dramático, pues cuando uno, convencido de su criterio y buen juicio editorial, le sugiere un leve cambio en el discurso narrativo o en el plano de las ilustraciones, Javier pondrá sobre la mesa unas cuantas razones de por qué aquello es de aquella manera y no de otra. Quiero decir que Javier cuando crea un libro del que es autor del texto y de las ilustraciones, construye un universo global, en el que cada uno de los componentes forma parte de un puzzle en el que todas las piezas encajan, sólo valen para un lugar -es decir no son intercambiables- y tienen su significado determinado. Esto, evidentemente, es fascinante, pero puede suponer, un infierno para un editor que no se haga cómplice del creador en su proceso de trabajo y que éste, al final -al trabajo me refiero-, se desbarate como esos castillos de naipes que se desmoronan por falta de equilibrio entre las cartas que lo construyen o falta de paciencia por parte de su arquitecto. Ninguna de estas dos situaciones se ha producido con Los tres erizos. Todo lo contrario.

Cuando uno entra en este libro, del que, dicho sea de paso, cuesta trabajo salir, tiene, durante todo el tiempo que dura la representación, la sensación de estar asistiendo a un espectáculo que se ha construido para él, sólo para él. Que todo lo que sucede, sucede de manera inevitable, como si un orden ineludiblemente lógico hubiera organizado y estructurado la secuencia narrativa y la planificación de las imágenes a través de las cuales se nos cuenta la peripecia de estos tres sugerentes personajes. Asistimos perplejos a una escenificación teatralizada, pero sobre todo privada, íntima, contada en voz baja -como se dicen las cosas importantes-, transcurrida en un tiempo que no es el que se muestra -no olvidemos que se trata de una pantomima- sino el tiempo de su escenificación.

Nada más abrir el libro, igual que Magritte debajo de su dibujo de una pipa nos advertía “esto no es una pipa”, Javier nos indica que el cuento no es sólo un cuento, y propone ya un primer distanciamiento: bajo el título Los tres erizos se nos advierte de ello; por si hubiera alguna duda, tal que si hubiéramos entrado en un teatro y nos hubieran entregado un programa de mano, en la siguiente página se nos presenta a los personajes y el telón anuncia ya el primer acto de la pantomima.

El escenario es un jardín que parece haber sido pintado por Carmen Lafont, pero con la luz íntima de los patios de Isabel Quintanilla. Los personajes comienzan su representación, es otoño. En un momento de tensión, el texto nos emplaza a otra estación del año, la primavera: segundo acto. La acción se precipita hasta el feliz desenlace.

Al dramaturgo le ha parecido oportuno introducir un elemento final que refuerce la construcción teatral de la historia: el colofón. Verdadero plano topográfico de los fragmentos de escenario que el ilustrador nos fue ofreciendo a lo largo de la historia. Se cierra el telón: A cada uno lo suyo. Y a Javier, la enhorabuena.

Decía al principio que Los tres erizos es un libro excelente, no sé si les he persuadido de ello; de lo que no tengo ninguna duda es de que es un libro verdadero que, desde mi punto de vista, es lo mejor que se puede decir de una obra creada por el hombre.

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