Las viejas en el cuento maravilloso

W.-Heath-Robinson

W. Heath Robinson: “Los cisnes salvajes”

“No hay poder más grande en el mundo que el tesón de una mujer posmenopáusica”.
Margaret Mead

La vejez se ha visto como un proceso de dependencia, deterioro, pérdida y enfermedad. Así las cosas, a las personas viejas se las discrimina por su edad y, en el caso particular de las mujeres, experimentan además una marcada invisibilidad social [*].

Al mismo tiempo, la vejez puede considerarse un proceso de empoderamiento. En esta etapa de la vida, se vuelven muy importantes habilidades asociadas con las mujeres en general, como la interconexión y el cuidado, mientras que los valores del trabajo y la vida pública entran en recesión. Las mujeres viejas dicen sentirse empoderadas, más conscientes de ellas mismas, satisfechas de lo que han logrado, más maduras y confiadas en sus propios recursos personales y con mayor claridad respecto de lo que quieren y lo que desean ser [*]. A un aumento de la seguridad y el aplomo, se suma una mayor participación y poder en varios planos de la vida social [*]. La denominada «hipótesis de la abuela», de Kristen Hawkes, les confiere un lugar de privilegio en la evolución de la especie al apuntar que «las mujeres menopáusicas tienen en todo el mundo el cometido, propio de las abuelas, de sustentar la vida» [*]; la menopausia representa, así, una ventaja evolutiva, pues permite que las mujeres mayores inviertan, en los hijos que ya han procreado y en sus nietos, un saber acumulado que incluye «conocimientos sobre prácticas sanitarias, relaciones familiares y control del estrés […]. También suelen aumentar su control sobre los recursos y su capacidad de influir en los demás» [*].

Acorde con estas dos caras del envejecimiento femenino, en los cuentos maravillosos a las ancianas generalmente se las presenta mediante características negativas, a la vez que aparecen como seres empoderados, con atributos que ponen al servicio de un proceso de aprendizaje que realiza el protagonista. Se trata de mujeres que enseñan a vivir. En ese sentido, la situación que debe enfrentar el protagonista puede leerse como una experiencia de formación en la que cumple un papel fundamental el personaje de la vieja.

Este ensayo toma como base relatos maravillosos de diversas tradiciones: de los hermanos Grimm, «Los tres pelos de oro del diablo», «El diablo y su abuela», «Los zapatos gastados de bailar», «La ondina del estanque», «La pastora de gansos en la fuente» y «Madre Nieve»; de la tradición rusa recopilada por Afanasiev, «El zar del mar y la princesa sabia», «La pluma del hermoso halcón» y «La princesa encantada»; el cuento rumano «La princesa que se casó con un cerdo», «La bella muchacha en lo alto del árbol» (de Marruecos) y «Maliane y la serpiente gigante (un cuento del pueblo basoto de Lesoto)», recopilados por Marita De Sterck; el cuento popular español «La gaita que hacía bailar a todos»; «El silbato encantado», de Alexandre Dumas, y «El yerno serpiente», de la literatura japonesa.

Hanns Lohrer: "Madre nieve"

Hanns Lohrer: “Madre Nieve”

1. Los ritos de iniciación y el cuento maravilloso

Los ritos de iniciación están en la base histórica de los cuentos maravillosos o de hadas. Los clanes sometían a sus jóvenes a tales experiencias una vez que alcanzaban la pubertad; por el aprendizaje obtenido en ellas, pasaban a formar parte de la comunidad y podían contraer matrimonio. De esta forma, muchos de los relatos se centran en el muchacho o la doncella, quien debe superar una desgracia inicial, que es el motor de las acciones [*].

Aunque el rito de iniciación ofrece un marco interpretativo para las principales acciones de estos cuentos, aquí no las apreciaremos desde la perspectiva antropológica que sirve de base al trabajo de Propp y que remonta la explicación de los motivos a un origen asociado al clan, sino en términos más generales, como un proceso de aprendizaje que se puede explicar mediante conceptos procedentes de ciertas tradiciones espirituales cuyo estudio han retomado también algunas ciencias modernas.

La desgracia inicial que mueve las acciones puede asociarse con la «hipótesis de la adversidad». La adversidad constituye un requisito para el desarrollo de la persona: hace posible que el ser humano esté al tanto de sus propias posibilidades y limitaciones, a la vez que entra en un proceso de revaloración de su vida y sus relaciones con los demás [*]. Las circunstancias por las que atraviesan los personajes principales de estos cuentos los llevan a adquirir conciencia de sí mismos, reconociendo su vulnerabilidad y su dependencia de otras personas.

La situación adversa coloca al protagonista ante su propia fragilidad. Por ejemplo, si los soldados desertores de «El diablo y su abuela» no logran resolver el acertijo que les formulará el diablo, este tomará sus vidas. La joven de «La bella muchacha en lo alto del árbol» enfrenta una forma de vida no humana, junto a su madre-paloma. Al hermano menor de «La gaita que hacía bailar a todos», su padre y hermanos no lo consideran un miembro útil de su familia. En «Maliane y la serpiente gigante», la caprichosa protagonista se ha marchado de casa, después de pelear con sus padres. El soldado de «Los zapatos gastados de bailar» está herido y no puede continuar en el ejército. Todos estos personajes han perdido una situación armoniosa: se hallan de frente a su vulnerabilidad y con una necesidad apremiante de restablecer el equilibrio en sus vidas.

De acuerdo con la lógica de los relatos, estos jóvenes no pueden superar por ellos mismos la situación adversa. Al contrario, deben tomar conciencia de que, para salir adelante en su empresa vital, es necesaria la participación de otras personas; de que, por mucha fuerza, empeño y valor que apliquen en alcanzar la meta, para llegar a ella es necesaria la participación de otros. Según el budismo, la independencia total es una ilusión que se asocia a la fortaleza de la juventud [*]; en el caso de estos cuentos, el héroe debe dejar atrás esta ilusión, para reconocer que el ser humano requiere siempre la ayuda de otros.

Cuando el héroe se halla en una situación conflictiva que no sabe cómo resolver y de la cual obtendrá un aprendizaje que transformará su vida, aparece una anciana que le ayuda. Las viejas de la literatura tradicional no suelen desempeñar, por tanto, papeles protagónicos. Generalmente son personajes secundarios, pero que cumplen una función importante para que el protagonista alcance su meta.

Retomando la idea de que las acciones de estos relatos pueden interpretarse como una especie de rito de iniciación, o sea, como experiencias por las cuales la persona pasa a formar parte de la comunidad, veremos cuáles verdades les enseñan las viejas a los héroes para que maduren como integrantes del grupo social.

Aunque en los cuentos maravillosos suelen aparecer otros personajes (un enano, un animal o un anciano, por ejemplo) que cumplen esta misma función, las viejas son quienes desempeñan, por excelencia, este papel de apoyar al héroe para que supere la situación adversa. En Las raíces históricas del cuento, Propp apunta a la categoría de donante o ayudante e indica que «su forma clásica es la maga […] La maga típica es llamada simplemente ancianita, la ancianita del corral, etc.» [*]. También existen otras ancianas dotadas de cualidades mágicas que no funcionan como ayudantes, sino como antagonistas u oponentes, como es el caso de las brujas malvadas, pero de ellas no nos ocupamos en este escrito.

Maurice Sendak: "Los tres pelos de oro del diablo"

Maurice Sendak: “Los tres pelos de oro del diablo”

2. Características de las viejas en los cuentos maravillosos

Cuando el narrador presenta a las viejas, suele aludir a su aspecto físico (cabellos blancos, dientes grandes que asustan, por ejemplo), a su avanzada edad y, en ocasiones, a que habitan en un lugar apartado, generalmente en medio de un bosque. También se asocian a ellas características como la sabiduría, la astucia, el dominio sobre los elementos naturales y poderes mágicos.

Todas son mujeres dotadas de sabiduría: conocen de qué forma debe actuar el héroe o qué recursos ha de emplear para alcanzar su meta. Sin embargo, esa condición no necesariamente se les reconoce desde el principio; en algunos casos, los protagonistas reaccionan ante ellas con desconfianza. En «El zar del mar y la princesa sabia», el joven héroe ha sido abandonado junto al lago por su padre en cumplimiento de una promesa hecha muchos años atrás; cuando una mujer vieja y sola le sale al encuentro, este no duda en evitarla y llamarla «bruja», evidenciando una relación entre las mujeres y la magia que tiene un trasfondo histórico: la atribución de mayores poderes mágicos al género femenino que al masculino, lo cual dio motivo para sospechar de ellas como brujas, perseguirlas e incluso condenarlas a la hoguera [*]. Sin embargo, inmediatamente después Iván reflexiona sobre su actuar y valora la posibilidad de que esta anciana sea una fuente de saber para él. Hay, entonces, dos movimientos respecto de la vieja: un rechazo inicial y luego una aceptación que resulta beneficiosa para el protagonista. Estas mujeres viejas y solas que aparecen de la nada interpelando al protagonista, a veces son objeto de sospecha; pero más tarde son valoradas por su sabiduría, que comparten para que aquel supere la adversidad.

En algunos casos, se destacan por una gran astucia, rasgo que también despierta las sospechas de otros personajes por su asociación con el engaño y la brujería, como se observa en «La pastora de gansos en la fuente»: «No gustaba a nadie el encontrarla y preferían dar un rodeo, y si pasaba cerca de ella algún padre con su hijo, le decía: –Ten cuidado con esa vieja; es astuta como un demonio, es una hechicera». Es cierto que la anciana de este cuento posee poderes mágicos, pero los usa para que la historia del joven conde y la pastora-princesa termine bien para ambos.

Uno de los ejemplos más ricos de esa astucia se encuentra en «La bella muchacha en lo alto de un árbol». En este cuento marroquí, la vieja explota su supuesta debilidad para mover a compasión a la protagonista y lograr, con ello, que baje del árbol y abandone su modo de vida no humano: «La anciana apareció bajo el árbol con una lona, unos palos, una olla grande y algunas verduras. Armó el toldo al revés, colocó la olla boca abajo sobre la lumbre y distribuyó las hortalizas encima de ella. Luego se sentó a esperar junto al fuego. […] –Soy muy mayor, estoy muy débil, apenas veo nada. No me las apaño sola. Ayúdame».

Mención especial merece, dentro de este mismo rasgo, la abuela del diablo, quien de manera ingeniosa le saca información a este para ayudar al héroe. Así sucede en «El diablo y su abuela» y también en «Los tres pelos de oro del diablo».

Otra característica de las viejas se relaciona con su poder sobre los elementos naturales. En algunos relatos, ellas aparecen como señoras de los animales de la tierra, del aire y el agua, y tienen incluso la capacidad de dominar elementos de la naturaleza como los vientos y la nieve. En «La princesa que se casó con un cerdo», Domingo Santo convoca a los animales para que le indiquen dónde está el camino al monasterio de Ámbar; la Bába-Yagá, de la tradición rusa, tiene poder sobre los vientos, como se observa en «La princesa encantada», mientras que Madre Nieve rige este elemento de la naturaleza.

Algunas de ellas ostentan poderes mágicos, como la abuela del diablo («El diablo y su abuela»), que transformó al soldado en una hormiga para que pudiera esconderse; la vieja de «La ondina del estanque» convirtió al marido y la esposa en sapos, a fin de evitar que los atrapara la ondina. Asociados a tales poderes, las ancianas pueden contar con objetos extraordinarios que obsequian al protagonista y que le serán de mucha utilidad para enfrentar su desafío; por ejemplo, en «La pluma del hermoso halcón», la vieja obsequia a la heroína un rastrillo de oro que trabaja solo y una rueca de oro que hila sola, así como una gallina y unos polluelos de oro, regalos que la joven utilizará para recuperar a Fínist, el hermoso halcón. Y, en «El yerno serpiente», obsequia a la joven una piel vieja, sucia y arrugada, bajo la cual se esconde y evita ser atacada por unos bandidos.

Ahora bien, los rasgos más importantes de estas mujeres son la empatía y la compasión. Sin estos no habría movimiento hacia el personaje en desgracia, y toda la sabiduría, astucia y poderes asociados a ellas resultarían inútiles para que aquel pueda afrontar la adversidad.

Harry Clarke

Harry Clarke: “La sirenita”

3. Empatía y vulnerabilidad

Las viejas de estos cuentos son empáticas, es decir, poseen la capacidad de percibir el sufrimiento que experimenta el héroe y hacerlo suyo; aunque este concepto es más amplio y abarca la comprensión de otros estados emocionales, aquí se circunscribe a la tribulación, debido a la circunstancia adversa que enfrenta el protagonista. Hoy se explica la empatía aludiendo a las denominadas «neuronas espejo», que se localizan en la parte frontal del cerebro y hacen posible que el dolor ajeno se experimente como propio con solo observarlo [*]. Se dice incluso que el cerebro femenino posee una mayor capacidad de «espejeo emocional»; por esta razón, las mujeres en general tienen una aptitud mayor «para leer expresiones faciales y matices de emoción, especialmente los signos de tristeza y abatimiento» [*].

Las viejas se les aparecen a los personajes y les preguntan acerca de su situación, sin que estos les hayan contado antes nada al respecto. Generalmente leen los gestos de desánimo o preocupación del héroe cuando se topan en una calle o en un camino, o interpretan que la visita de este a su casa obedece a un problema grave que necesita resolver. La primera de las ancianas de «El diablo y su abuela» hace suya la tristeza de los soldados y de esta forma se inicia su participación en las acciones: «Se dirigieron a las afueras, al campo, y los dos tenían el rostro compungido. Entonces se les acercó una vieja que les preguntó por qué estaban tan tristes». En «La ondina del estanque», la esposa cuyo marido ha sido llevado al fondo del estanque, visita a una vieja y esta reconoce su sufrimiento con solo verla aparecer en su inaccesible morada: «A ti te ha pasado alguna desgracia –dijo– para que busques mi cabaña».

Esta expresión empática constituye un paso necesario para que el héroe reconozca su situación desafortunada y, con ello, tome conciencia de su fragilidad, que es definitoria de la condición humana. En palabras de Joan-Carles Mèlitch [*], «lo que nos hace “humanos” no es la obediencia a un orden moral, a un código universal, sino el reconocimiento de nuestra condición de vulnerabilidad».

La invitación a contar su desgracia suele acompañarse de algunas preguntas que formula la vieja, las cuales van dirigidas a que el protagonista tenga mayor conciencia de su situación, de cómo le afecta la adversidad. En «La princesa que se casó con un cerdo», la anciana cuestiona a la protagonista acerca de su condición moral, específicamente de sus intenciones al buscarla: «–Si eres una buena persona puedes pasar, pero si vienes con malas ideas harás mejor en quedarte fuera». Por su parte, la vieja de «La gaita que hacía bailar a todos» le plantea una serie de preguntas al pastor, por las cuales este le cuenta acerca de su situación adversa y su conformidad con la manera en que su padre ha dispuesto resolver las cosas; sin embargo, la «entrevista» de ella lo conduce a que reconozca que no está del todo contento con lo que pasa y que podría estar mejor; la anciana lo recompensa, entonces, entregándole una gaita mágica que lo hará superar su condición de manera extraordinaria.

En su contacto con las viejas, los héroes aprenden, reconociendo su situación y cómo los afecta la adversidad, que el ser humano es vulnerable. Una vez aceptada la anciana como una posible fuente de conocimiento, lo mismo que su intervención empática y su capacidad de escucha del sufrimiento ajeno, llega el momento de que el protagonista pueda recibir su ayuda, el momento de aprender que, en determinadas circunstancias de la vida, la persona requiere el apoyo de otras con más experiencia.

Arthur-Rackham

Arthur Rackham: “Hansel y Gretel”

4. Compasión y derecho a la felicidad

La compasión es un principio medular de las tradiciones surgidas en el periodo que va del año 900 al 200 a.C. y que Karl Jaspers denominó como Era Axial [*]. Desde la óptica del cristianismo, Unamuno iguala compasión con amor espiritual: este hace posible que la persona sea consciente, mediante la experiencia del dolor, de su semejanza con el resto de seres en tanto son vulnerables [*]. La compasión también ocupa un lugar central en el budismo, señalando la igualdad fundamental de las personas; implica advertir el sufrimiento ajeno y, desde una actitud respetuosa, considerar que todas las personas tienen el mismo derecho de ser felices [*]. Representa un estadio superior a la empatía: se asocia con la disposición y la posibilidad de aliviar el sufrimiento del otro; Richard Davidson explica esta diferencia desde una perspectiva neuropsicológica: «Los circuitos neurológicos que llevan a la empatía o a la compasión son diferentes. […] Una de las cosas más interesantes que he visto en los circuitos neuronales de la compasión es que la zona motora del cerebro se activa: la compasión te capacita para moverte, para aliviar el sufrimiento» [*].

Las viejas de estos relatos no solo saben reconocer el sufrimiento ajeno, sino que además intervienen compasivamente, es decir, para aliviarlo, proporcionándole al héroe un consejo, una información o un objeto mágico, como se observa en «Los zapatos gastados de bailar»: «No bebas el vino que te lleven por la noche y haz como que duermes profundamente –luego le dio un abriguito y añadió–: Si te lo pones, serás invisible y podrás seguir sigilosamente a las doce».

En la mayor parte de los relatos, las viejas ayudan al protagonista simplemente por la compasión que les inspira, es decir, por pura gracia, sin que este demuestre nada. Responden de tal manera al ver la situación que atraviesa, como sucede al joven en «Los tres pelos de oro del diablo», quien ha sido engañado por el rey para que lleve a la reina una carta donde se ordena su propia muerte. En este primer momento, si bien el muchacho está expuesto a la adversidad, no tiene conciencia de ello. Extraviado en el camino al castillo, pide posada a una anciana que habita en medio del bosque, en una casita pequeña que resulta ser una cueva de ladrones. Así explica ella la presencia del muchacho en la casa: «Es un inocente niño que se ha perdido en el bosque y le he acogido por compasión. Tiene que llevar una carta a la reina». Incluso los ladrones se sienten movidos a ayudarle una vez enterados de los planes del rey: «Los ladrones abrieron la carta y leyeron en ella que el muchacho, tan pronto como llegara, debería ser matado. Los despiadados bandidos sintieron compasión por él». No en balde de este personaje se dice que «nació con la piel de la suerte alrededor del cuello»; aquí podría homologarse la buena suerte, el que los astros le sonrían al personaje, con ser objeto de la compasión por parte del otro, aunque no se tenga conciencia de la vulnerabilidad propia. La segunda de las viejas de este mismo cuento, la abuela del diablo, también ayuda al muchacho «nacido con la piel de la suerte» por el solo interés que le despierta; le arranca al diablo los tres pelos de oro que el joven necesita para ratificar su unión con la hija del rey y, al mismo tiempo, para que resuelva las tres consultas que le hacen los habitantes de dos ciudades por las que pasó en el camino y por el barquero que lo condujo al otro lado del río. El joven de este cuento empieza en una situación de ignorancia de su fragilidad, pero luego, ya consciente de ella, aprende a pedir ayuda con el objeto de asegurar su vida y adquirir fortuna.

En el siguiente fragmento, de «El silbato encantado», se observa la secuencia que he venido exponiendo: una situación de adversidad que enfrenta el protagonista, el encuentro con una vieja empática que reconoce su abatimiento, la verbalización del problema que aqueja al soldado y la reacción compasiva de la vieja con la entrega de un objeto mágico:

Seguía lentamente y con la cabeza gacha un estrecho sendero a orillas de un riachuelo cuando, en aquel mismo sendero, encontró a una viejecita de cabellos completamente blancos, pero de mirada todavía viva, que le preguntó la causa de su tristeza.

Mas el joven pastor respondió moviendo la cabeza.

–¡Ay!, nadie puede ayudarme, y sin embargo, tengo deseos de casarme con la hija del rey.

–No desesperes tan pronto –respondió la viejecita–; cuéntame lo que te apena, y quizá yo pueda librarte del apuro.

Nuestro pastor tenía el corazón tan apesadumbrado que no se hizo rogar mucho y le contó todo.

–¿Y sólo es eso? –preguntó la viejecita–; en tal caso haces mal en desolarte.

Y sacó de su bolsillo un silbato de marfil y se lo dio.

Aquel silbato se parecía a todos los silbatos; por eso el pastor, pensando que, sin duda, había alguna forma particular de utilizarlo, se volvió hacia la viejecita para hacerle algunas preguntas, pero ella ya había desaparecido.

Tanto el joven nacido con la piel de la suerte alrededor del cuello como el soldado herido reciben la ayuda de la vieja sin demostrar nada. Pero no sucede lo mismo en otros cuentos donde la anciana actúa como un «secundario probatorio»: le corresponde poner a prueba tanto las cualidades como los defectos del protagonista [*]. Propp se refiere a ello cuando define la duodécima de las funciones de los personajes: «El héroe sufre una prueba, un cuestionario, un ataque, etc., que le preparan para la recepción de un objeto o de un auxiliar mágico» [*], función a cargo de un tipo de personaje llamado «donante», que en este caso corresponde a la ancianita.

Ya hemos comentado que la respuesta compasiva de la bella muchacha en lo alto del árbol hacia la anciana propicia que la joven baje del árbol, adopte una forma de vida humana y se case con el rey. La vieja incluso prueba hasta dónde es capaz de llevar su reacción: una vez que le ha ayudado a preparar la sopa, le solicita auxilio en una tarea de mayor compromiso afectivo: «La anciana ronroneaba de placer mientras la joven le quitaba los piojos del pelo con gran destreza».

Entre los relatos, hay uno que plantea una situación particular: no presenta el momento inicial de crisis, sino que comienza con un héroe que, en medio de su felicidad y satisfacción, es puesto a prueba por la vieja. Se trata de «La pastora de gansos en la fuente». Aquí no es el joven quien ha caído en desgracia y necesita la ayuda de la vieja, sino la princesa a quien esta ha dado cobijo después de que su padre la expulsara de casa. Esta anciana, que se asemeja a una celestina, ha tomado nota de ciertas características favorables del conde (belleza, fuerza física, entusiasmo, buen humor) que lo hacen un buen candidato para la princesa-pastora a su cargo; luego corrobora que tiene una posición social holgada y es capaz de responder compasivamente a su solicitud de ayuda.

«Madre Nieve», «La gaita que hacía bailar a todos» y «Maliane y la serpiente gigante» constituyen ejemplos de relatos donde se expresa tanto una respuesta compasiva como una respuesta cruel por parte de los personajes ante el sufrimiento ajeno. Esta dualidad tiene como objetivo presentar la recompensa que se obtiene con la primera de las actitudes y el castigo que corresponde a la segunda. En su papel de secundario probatorio, aquí a la anciana le compete verificar la compasión o la crueldad de los personajes. Es el momento de que la doncella o el muchacho protagonista aprendan que, ante la congoja y la tristeza de otras personas, se tiene dos opciones: reaccionar de manera compasiva, procurando ayudarles para que superen la adversidad, o responder de un modo cruel, que para ambas formas está facultado el ser humano: desde el punto de vista evolutivo de nuestras estructuras cerebrales «estamos programados tanto para la compasión como para la crueldad» [*].

En «Madre Nieve», aparecen varios personajes que ponen a prueba a las dos muchachas: un horno lleno de pan suplica que lo saquen antes de quemarse, un manzano cargado de frutos maduros pide que lo sacudan y, finalmente, la propia Madre Nieve solicita ayuda para realizar su tarea. La joven buena responde compasivamente a esas peticiones y, por ello, es recompensada con una lluvia de oro. La hermana fea y holgazana, en cambio, reacciona con crueldad y recibe como castigo un baño de pez que quedó adherida a su cuerpo.

También en «La gaita que hacía bailar a todos» se presenta esa contraposición entre la compasión y la crueldad, con su respectivo premio y su castigo. Se expresa en las acciones de los hermanos mayores, opuestas completamente a las del menor: aquellos tratan con desprecio a la anciana cuando les pregunta qué llevan en el saco («Llevo ratas», «Llevo pájaros»), mientras este último contesta con respeto, e incluso ofrece del contenido del saco a la mujer («Uvas para vender. ¿Quiere usted unas pocas?»).

En «Maliane y la serpiente gigante», la caprichosa joven, aconsejada por el perro con el cual sale de paseo, se comporta de manera educada con una rata que encuentran en el camino y esta le recomienda que ayude a una anciana y a una mujer coja con quienes se toparán luego; por ello, la muchacha recibe una protección mágica. Su hermana pequeña, al ver la fortuna que ha tenido Maliane, emprende el mismo camino, pero termina apaleada, porque «En el juncal la llamó la rata, pero la niña la insultó. […] Cuando la anciana enferma le pidió que le lamiera las heridas purulentas, la hermana pequeña se rio de ella. Y cuando la mujer coja solicitó su ayuda, se negó en redondo».

Gordon Robinson

Gordon Robinson: “La Reina de las Nieves”

Conclusiones

En los cuentos maravillosos estudiados, a las viejas generalmente se las presenta como feas, débiles e incluso como brujas, pero al mismo tiempo se les confieren atributos entre los que se destacan el poder sobre la naturaleza, la empatía, la compasión, la sabiduría y la astucia, que ellas ponen al servicio de un proceso de aprendizaje que realiza el protagonista de las acciones. Las viejas de estos cuentos le enseñan, al héroe, verdades fundamentales para madurar como integrante del grupo social: la vulnerabilidad propia del ser humano y su necesidad de contar con la ayuda de otros, a lo cual van aparejadas formas de actuar deseables para una convivencia sana (hoy puede hablarse de estas como «conductas prosociales»): la reacción empática ante la congoja y la tristeza de otras personas y una respuesta compasiva que incluye darles ayuda para que superen la adversidad, así como evitar las respuestas de indiferencia o crueldad.

Un tema pendiente de análisis se halla dentro de la perspectiva de la literatura y la formación, en este caso de las personas adultas mayores. Se trataría de explicar cómo, al entrar en contacto con los textos literarios, la persona es capaz de comprender su propia narración vital, ello en la línea de otras investigaciones realizadas por la autora de este ensayo con los siguientes cuentos: «Rapunzel», «El Ratoncito que murió ahogado», «Juan Sin Miedo» y «Cenicienta» [*]. Hoy se constata un crecimiento notorio del número de personas adultas mayores quienes, pese a la exclusión de que son objeto, buscan ampliar sus espacios de participación, oportunidad que probablemente resulte más viable para las mujeres, dadas sus habilidades de interconexión. Quizá sea un momento propicio para releer estos cuentos maravillosos, con miras a construir nuevas formas de valoración de las personas en las distintas etapas de la vida.

 


Referencias

  1. Álvarez, Blanca (2011). La verdadera historia de los cuentos populares. Madrid: Morata.
  2. Armstrong, Karen (2011). Doce pasos hacia una vida compasiva. Barcelona: Paidós.
  3. Brizendine, Louann (2007). El cerebro femenino. Barcelona: RBA Libros.
  4. Buss, David M. (2004). La evolución del deseo. Estrategias del emparejamiento humano. Madrid: Alianza.
  5. Cyrulnik, Boris (2007). De cuerpo y alma. Neuronas y afectos: la conquista del bienestar. Barcelona: Gedisa.
  6. Dalai Lama (2015). Las cuatro nobles verdades. Barcelona: Penguin Random House, tercera edición.
  7. Fisher, Helen E. (2007). Anatomía del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio. Barcelona: Anagrama.
  8. Freixas, Anna (1997). Envejecimiento y género: otras perspectivas necesarias. Anuario de Psicología, (73), 31-42.
  9. Freixas, Anna (2008). “La edad escrita en el cuerpo y en el documento de identidad”. En Clara Coria, Anna Freixas y Susana Covas, Los cambios en la vida de las mujeres. Temores, mitos y estrategias (pp. 67-131). Buenos Aires: Paidós.
  10. Haidt, Jonathan (2006). La hipótesis de la felicidad. La búsqueda de verdades modernas en la sabiduría antigua. Barcelona: Gedisa.
  11. Huamanchumo de la Cuba, Ofelia (2015, 17 de febrero). «Brujas y madrastras en los cuentos de los hermanos Grimm», Revista Babar.
  12. Mèlitch, Joan-Carles (2010). Ética de la compasión. Barcelona: Herder.
  13. Méndez-Anchía, Silvia (2007). “Rapunzel o la necesidad de liberarse: lectura con adolescentes”. Actualidades Investigativas en Educación, 7(1), 1-24.
  14. Méndez-Anchía, Silvia (2008). “El Ratoncito que murió ahogado” y las pérdidas en la adolescencia. Actualidades Investigativas en Educación, 8(1), 1-26.
  15. Méndez-Anchía, Silvia (2009). “Juan Sin Miedo va a la escuela”. Actualidades Investigativas en Educación, 9(3), 1-25.
  16. Méndez-Anchía, Silvia (2013). “Cenicienta en Alajuelita”. Revista Espiga, 12(26), 47-56.
  17. Propp, Vladimir (1998). Las raíces históricas del cuento. Madrid: Fundamentos, sexta edición.
  18. Propp, Vladimir (1974). Morfología del cuento. Madrid: Fundamentos, segunda edición.
  19. Sanchís, Ima (2017, 27 de marzo). Richard Davidson, doctor en Neuropsicología, investigador en neurociencia afectiva. «La base de un cerebro sano es la bondad, y se puede entrenar».
  20. Unamuno, Miguel de (1986). Del sentimiento trágico de la vida. México: Espasa-Calpe Mexicana.

Fuentes de los cuentos

  • Afanasiev, Alexandr Nikoláievich (2004). El anillo mágico y otros cuentos populares rusos. Madrid: Páginas de Espuma.
  • De Sterck, Marita (Edición, 2014). El despertar de la belleza. Sesenta cuentos populares de los cinco continentes. Madrid: Siruela.
  • Dumas, Alexandre (2015). El silbato encantado. El gran libro de los cuentos de brujas, magos y encantamientos. Barcelona: Now Books.
  • El espíritu del agua. Cuentos tradicionales japoneses (2013). Madrid: Alianza.
  • Grimm, Jacob y Grimm, Wilhelm (1985). Cuentos de niños y del hogar (3 tomos). Madrid: Anaya.
  • Grimm, Jacob y Grimm, Wilhelm (2013). Cuentos de los hermanos Grimm [recurso electrónico]. San José: Imprenta Nacional.
  • Guelbenzu, José María (Ed., 2011). Cuentos populares españoles. Madrid: Siruela.

Silvia Méndez Anchía es catedrática de la UNED de Costa Rica, donde se desempeña como editora de textos didácticos. Filóloga y psicopedagoga, cuenta con publicaciones en los campos del análisis literario, libros de texto, comprensión de lectura y enseñanza de la lengua y la literatura.

3 comentarios en “Las viejas en el cuento maravilloso

  1. Yolanda Domínguez Campos
    30/09/2018 a las 19:07

    Gracias por la idea de releer los cuentos pertubadores de infancia. Ahora en el otoño amoroso, un gran estímulo. Revelador ensayo!

  2. Juan Ramón Murillo
    25/09/2018 a las 19:37

    Excelente ensayo sobre la vejez. Mis más efusivas felicitaciones.

  3. wílliam venegas segura
    25/09/2018 a las 19:27

    Artículo novedoso y conceptualmente sólido.

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