Las sombras crecen al atardecer

Henning Mankell
Traducción: Frida Sánchez Giménez
Siruela, 2002, Col. Las tres edades

Las sombras crecen y Joel se hace mayor

Tras la publicación de El perro que corría hacia una estrella hace dos años, Siruela nos presenta el segundo libro de la tetralogía del autor sueco Henning Mankell: Las sombras crecen al atardecer. En sus versiones originales, transcurrieron siete años entre la publicación de uno y otro libro.

Como suele suceder en los libros adscritos a algún tipo de serie, en esta segunda novela se hacen frecuentes alusiones a personajes y situaciones de su predecesora, que narraba el proceso de iniciación del protagonista, Joel, a punto de cumplir once años, mediante una serie de “pruebas rituales” que traían como consecuencia el acceso a una nueva etapa de formación, como es habitual en ese tipo de narraciones.

En esta segunda entrega, el lector es situado tan sólo unos meses más tarde de la finalización de la historia anterior, y transcurre entre el final del verano y el comienzo de las nieves, hacia el mes de octubre de 1956, en la misma pequeña y anónima localidad del interior de Suecia, rodeada de bosques. El joven Joel parece gozar de una mayor estabilidad interior, aunque un suceso inesperado vuelve a desafiar su aún limitada experiencia vital. Tal suceso no debe de ser un secreto que condicione la actitud de los posibles lectores de la novela, puesto que aparece relatado en la breve nota de la contraportada: Joel es atropellado por un autobús, y “milagrosamente” resulta ileso. Joel se cree obligado a agradecer de alguna forma ese “milagro”, y el relato se ciñe a la narración de tal empresa y de los problemas que ello ocasiona al protagonista. Desde esa perspectiva, podría decirse que la novela se reduce al planteamiento de una cuestión ética, subrayando de antemano que el protagonista es ajeno a la formación cristiana, pero de forma paralela a esa confesión (el recurrente uso del término “milagro” no parece casual): al igual que para los cristianos los pecados deben ser redimidos, Joel siente que debe agradecer de algún modo que el destino lo haya mantenido sano y salvo. De hecho, el narrador no se anda con rodeos y nos muestra el accidente ya en el segundo capítulo, con tan solo diecinueve páginas de desarrollo de la acción.

A partir de aquí, algunos de los miembros de la extraña galería de personajes presentados en la primera entrega cobran mayor protagonismo, como es el caso de Gertud, la mujer Sin Nariz, y otros siguen manteniéndose en un inquietante segundo plano. Entre ellos, nos sigue pareciendo débil el personaje del padre de Joel, Samuel, aunque quizá no tanto como en la primera novela. Asimismo sorprende que el misterioso joven Ture, anterior compañero de andanzas nocturnas de Joel, haya desaparecido por completo.

El rol del protagonista también nos sigue resultando sorprendente, aunque seguramente tenga su explicación en la distancia temporal o tal vez cultural que nos separa de la época y lugar de la narración: Joel es el depositario de todas las funciones de “empleado de hogar”, al parecer tras haber abandonado su madre el hogar familiar varios años antes: se ocupa de encender la cocina y mantenerla caliente, de hacer la compra, de cocer las patatas antes de que llegue su inexpresivo padre, e incluso de anudarle la corbata los días de fiesta y frotarle la espalda con el cepillo cuando está tomando un baño.

Con todo, es manifiesta la agudeza del autor para dirigir su mirada hacia cuestiones que a los adultos nos pueden parecer banales pero que a los preadolescentes les pueden resultar cruciales; también destaca la habilidad de un narrador exterior focalizado en el protagonista, que tan pronto se distancia de la acción por medio de la utilización del pretérito indefinido, como se ciñe a ella y le imprime velocidad por medio del presente.

La traducción se lee bien, a pesar de algunos pequeños desajuste léxicos y de la versión desigual de los abundantes epítetos de los personajes, que en ocasiones resultan extraños al oído castellano.

En resumen, se trata de una novela concebida con corrección, con los defectos y las virtudes de las “segundas partes”, que sin duda resultará atractiva a los lectores jóvenes iniciados en la lectura literaria, en esa nebulosa edad que los editores han situado a partir de los catorce años.

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