Las hadas de Villaviciosa de Odón

María Luisa Gefaell
Ilustraciones de Benjamín Palencia
Madrid: Anaya, 2004

Si usted es de los que piensan que las hadas es un invento de los nórdicos o de los anglosajones, pues qué pena pero se equivocó. Porque en un pueblecito cercano a Madrid una señora que pasaba el verano con sus hijas, consiguió ver unas cuantas. Como no llevaba su máquina fotográfica, se puso a escribir sobre el fenómeno. Es verdad que esa señora, María Luisa Gefaell, era de origen austríaco, pero también hay que decir que el pueblo donde aparecieron las hadas tenía igualmente su mérito: Villaviciosa de Odón. Villa-viciosa, atentos al nombre. Tiene un castillo y, como dicen en las guías, «un entorno natural de excepción». A lo mejor, si se da todavía prisa, puede ir a ver si encuentra alguna, aunque a la propia escritora, que estuvo años después, le dio la impresión de que ya no quedaba ninguna.

Por eso es mejor leer este libro que Anaya ha tenido el acierto de reeditar después de… ¡49 años! Así tratamos en nuestras tierras a los clásicos. Gefaell fue una defensora del libro infantil, decía que había que darle «dignidad». Y tenía razón. Ella, al menos, lo hizo con sus libros (Antón Retaco es todavía una delicia, ¿quién se acuerda hoy del circo como espacio de fantasía?). Y con Las hadas… nos metemos en un mundo donde la realidad y la imaginación se combinan en pequeñas postales llenas de hermosura. Hadas del mar que aparecen perdidas en el río, otras que convierten áridos paisajes en campos de flores, hadas que se enamoran y se equivocan en el tiempo. Y también, otra de las aficiones de Gefaell, hadas musicales que convierten a zapateros remendones en cantaores de seguidillas. Todo esto en la Villa Viciosa. Puro encanto.

La verdad, si podemos leer hoy a Andersen, yo diría que leyéramos también a Gefaell. Basta con que Villaviciosa nos parezca tan exótica como Odense, y que aceptemos a los vendedores de miel, de boina y blusón gris, como personajes típicos de escenas costumbristas como las que nos regalan los cuentos populares.

Por último, todo un detalle que la editorial haya hecho una cuidada edición: tapa dura y papel cuché. La presentación de Arturo González y el apéndice de Pedro Cerrillo enmarcan en su momento histórico y literario este texto. Lo mejor, el rescate de las ilustraciones originales de Benjamín Palencia, uno de los principales artistas de la época, fundador de la llamada Escuela de Vallecas.

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