La torre y la isla

(La llave del tiempo, I)
Ana Alonso y Javier Pelegrín
Madrid: Anaya, 2006.

Ana Alonso, bióloga y autora de cinco poemarios, y Javier Pelegrín, profesor de literatura, son los autores de La torre y la isla, y entusiastas de la ciencia ficción y de la literatura.

2121. Cinco adolescentes, Martín, Alejandra, Casandra, Selene, Jacob. De ellos, cuatro, debido a su sistema inmunitario, son seleccionados por la Corporación Dédalo para contribuir al progreso de la ciencia y a la lucha contra la enfermedad e invitados a pasar diez años en una paradisíaca isla que la Corporación posee en los confines del mundo. Es un mundo con colonias en la Luna y organizado en megalópolis -Iberia Centro, Madrás-Calcuta, Azur…-, alfombradas por cintas transportadoras sobre las cuales se deslizan sus habitantes, que llevan ruedas neuronales incorporadas para conectarse a internet y se alimentan con transgénicos; sobrevoladas por dirigibles, desde cuyas piscinas maravillosas bajo cúpulas acristaladas se observa un fantástico cielo; transitadas por monorraíles; habitadas por hologramas y cibervendedores.

Detrás de ese decorado vistoso, imaginativo, cinematográfico, situado en un futuro no demasiado lejano, los autores retratan una sociedad verosímil y próxima, la sociedad que puede venir con los hilos que en la actualidad se están urdiendo. Un escenario fantástico que oculta el retrato de una sociedad vigilada constantemente por cámaras, policías y corporaciones regidas por intereses económicos espurios, que son, en realidad, las que detentan el poder, arrebatado a las naciones por su ineficacia, poder oculto tras una máscara virtual de bondad y aparente colaboración humanitaria; una sociedad que prohíbe los libros de papel, que aplasta a los movimientos de resistencia antiglobalización, que padece problemas de energía, una sociedad cuyas universidades -Oxford, Harvard- han sido compradas por corporaciones que veneran los laboratorios como capillas en las que poder combinar los tubos del futuro. Una sociedad, en suma, que guarda muchas similitudes con la nuestra y, por tanto, afianza la verosimilitud de todo lo que ocurre en ella.

Los autores transmiten una visión pesimista de la sociedad, oculta tras los fuegos de artificio, en las que tal vez los recuerdos sean sólo implantes en el cerebro. Al margen de ese pesimismo que percibirá el lector, hay otros elementos con los que se identificará el público juvenil: las situaciones equívocas de enamoramiento, el sentirse un grupo distinto del resto de la sociedad, la actitud de pandilla con un objetivo común que les ayuda a sobrevivir, la búsqueda por encontrarse a sí mismos, por saber quiénes son; las conspiraciones, los fantasmas. Y los guiños que los autores realizan -qué tres cosas llevarse a una isla-, el homenaje a clásicos de la ciencia ficción -Capec, Lem, Moebius…

Pero hay algo que quiero destacar sobre la visión pesimista: el entusiasmo de unos jóvenes por rebelarse contra la comodidad, contra la injusticia, contra la manipulación; es la osadía de poder enfrentarse todavía a un poder que los engulle y que los utiliza.

Una obra literaria con todos los ingredientes que pueden atrapar al lector sin edad, aunque sus personajes sean adolescentes o jóvenes, con un derroche de imaginación y de aventura. Un mundo creíble que ya empezamos a habitar.

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