La invención de Hugo

La invención de HugoSupe que iban a hacer una película de La invención de Hugo Cabret hace ya tiempo. Por un lado, me hizo mucha ilusión puesto que es uno de mis libros favoritos pero por otro… uf, me aterrorizaba pensar en cómo saldría, sobre todo después de haber visto algún que otro destrozo como Corazón de tinta, un gran libro, bueno, una buena trilogía que daba para mucho y que en cambio se quedó en un magnífico plantel de actores (como si la propia Cornelia Funke los hubiera creado). Si hubiera sido fiel a las novelas podría haberse convertido en un clásico del cine llamémoslo «familiar», esa categoría poco definida en cuanto a etiqueta pero con ejemplos a lo largo de los años que nadie duda en meter en el mismo cajón: ET el extraterrestre, Cristal oscuro, Rebeldes, La historia interminable, Los Goonies, Dentro del laberinto, Cuenta conmigo y, más recientemente, Stardust o Super 8. Se trata de películas protagonizadas por niños/adolescentes que generalmente viven una trepidante aventura que pone a prueba su madurez, su valor y la amistad entre ellos. Sí, podría decirse que son «familiares» porque son aptas para ver en familia, o «de aventuras», ya que es de eso precisamente de lo que tratan, pero sobre todo son amables de ver, son tiernas y entretenidas a partes iguales y, lo más importante, te dejan buen sabor de boca sin importar las dificultades por las que hayan pasado los personajes (como los libros). La invención de Hugo es todo esto (como el libro del que procede).

En pocas palabras, me ha gustado esta adaptación, creo que es respetuosa con la historia original y que conserva los puntos fuertes de la novela: es trepidante, es misteriosa, es tierna. Y para mí eso es suficiente: nunca va a ser mejor la película cuando el libro es insuperable. Siempre he pensado que además del argumento en sí, este libro tenía dos puntos fuertes que lo hacían recomendable para los lectores a los que en teoría se dirige (digo en teoría porque me parece que este es uno de esos libros que no deberían limitarse a la «edad recomendada»). El primero de esos puntos fuertes es que habla de una profesión casi desaparecida de tan olvidada como es la de los relojeros, esos que ven el mundo con forma de mecanismo y saben (afortunados ellos) dónde va cada pieza; y el segundo, que cuenta cómo fueron los inicios del cine a una generación que está muy, muy lejos de aquella época y que, completamente rodeados de la desbordante tecnología actual, no creo que se paren a pensar en que hubo un tiempo en el que había que girar una manecilla para que las imágenes se movieran como en la vida real. Se trata de un hermoso viaje al pasado como el que uno disfrutaría en un parque temático o en el Museo Arqueológico, apasionado y nostálgico. Es admirable cómo conjuga todos esos elementos tan aparentemente inconexos para crear una obra sólida e íntegra «narrada» no siempre, o no únicamente, a través de palabras y que en conjunto se convertía en una emocionante aventura.

La secuencia que abre la película (al más puro estilo Amelie y no solo por estar ambientada en París) nos presenta a los personajes, vamos a decir, secundarios mientras son observados desde lo alto por un huérfano con ojos de un penetrante azul que son capaces de ver mucho más allá de lo que el resto de habituales de la estación percibe. El hombre bonachón que vende periódicos, la mujer de la cafetería con su poco simpático teckel, la encantadora chica de las flores, el serio e imponente librero y, cómo no, el temible inspector de la estación, conforman la escena de este particular universo a diario y, a través de las furtivas miradas del joven Hugo, somos cómplices de sus debilidades y secretos, de sus sentimientos y anhelos. Somos testigos de esta gran familia de la que Hugo forma parte y de la que se siente al mismo tiempo tan lejos, oculto tras las paredes, encerrado en los grandes relojes que marcan la pauta de sus vidas un segundo tras otro, que deciden cuándo entra o sale un tren de la estación; unos relojes, en definitiva, que todo el mundo mira pero nadie ve… como a Hugo.

Y en esa gran familia, como en la mayoría de ellas, también está el viejo malhumorado y cansado de la vida, Papa Geórges, el juguetero. Con él, el misterio entra en juego, un hecho aparentemente aislado y casual que desencadena toda una serie de acontecimientos magistralmente entrelazados pero que con cabezonería astuta tardan en desenredarse de forma que el espectador no puede apartar la mirada para no perderse el más mínimo detalle.

La invención de Hugo CabretEs de destacar la elección de los actores (tengo que expresar mi profundo desacuerdo con que ninguno estuviera nominado a los cada vez más aleatorios Oscar). La primera vez que vemos el rostro de Hugo, tenemos la sensación de que ha saltado directamente de las páginas del libro para convertirse en la versión en color del Hugo de papel; por no hablar del parecido de Ben Kingsley con Papa Geórges / Geórges Méliès. El resto de los actores, todos y cada uno de ellos, son impresionantes: magnífico como siempre, Jude Law; una encantadora Helen McCrory en el papel de Mama Jeanne y por supuesto, la interpretación principal: los jóvenes y talentosos Asa Butterfield y Chlöe Grace Moretz, como Hugo e Isabelle. Con unos secundarios no menos espléndidos y las apariciones estelares (y bastante discretas) del director, Scorsese, y del propio autor de la novela, Brian Selznick.

Precisamente, me llamó mucho la atención que el responsable de este proyecto fuera Martin Scorsese: ¿el director de películas como Uno de los nuestros o Taxi Driver haciendo una «familiar»? Bueno, llámalo prejuicio, pero no sé, yo me imaginaba a alguien más asiduo del género (si es que se puede hablar de tal cosa, insisto), ¿quizá Spielberg? O incluso Luc Besson, que con sus Arthurs ha demostrado que no se le da nada mal este tipo de cine. Es más, hay escenas que podrían haber firmado directores tan dispares entre sí como Jean-Pierre Jeunet o Tim Burton. Pero no, el mismísimo Scorsese. Sin embargo, el resultado me sorprendió gratamente.

Entonces, lo comprendí: ¿qué director, del tipo que sea, no querría llevar a la gran pantalla un libro que con tanto respeto y admiración habla del nacimiento del cine, de la magia, de los sueños atrapados en celuloide? ¿Quién no querría plasmar ese amor por las películas, por unas películas cuyos decorados de madera y cartón eran accionados por los brazos de un equipo de hombres y los efectos especiales no eran más que pequeños trucos de «corta y pega» de negativos? Sí, entonces entendí que cualquier director habría querido hacer esta película sobre aquellos primeros cineastas, esos creadores que dirigían, escribían, actuaban, producían y editaban la película ellos mismos, unos arriesgados visionarios que hipotecaban su vida para realizar sus sueños en forma de imágenes en movimiento para, de paso, hacer soñar a los demás.

Y aunque no soy muy de películas en 3D, reconozco que solo por ver la nieve cayendo por fuera de la pantalla y revoloteando ante nuestra cara como si pudieses tocarla simplemente con estirar el dedo, merece la pena verla con esas incómodas gafas.

En resumen, creo que La invención de Hugo es una película emocionante, de factura impecable, acompañada en todo momento por una música maravillosa, que nos traslada a otros lugares, a otros tiempos. Una película que nos muestra la creación de una persona, que nos habla de ser tenaces y de luchar por encontrar nuestro sitio en el gran mecanismo del mundo. La invención de Hugo está hecha con mucho, mucho cariño porque nace de una novela escrita de la misma manera.

La invención de Hugo Cabret (ilustración de interior)

La invención de Hugo Cabret (ilustración de interior)

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