La importancia de narrar la historia en tiempo de crisis: La guerra de Catherine

La guerra de CatherineJulia Billet
Ilustraciones de Claire Fauvel
Barcelona: Astronave, 2018

Basado en una novela juvenil que la escritora y profesora de arte francesa Julia Billet publicó en el año 2012, La guerra de Catherine (Premio al Mejor Cómic Juvenil del Festival de Angoulême) reescribe las experiencias ficticias de una adolescente judía en la Francia de la Segunda Guerra Mundial marcada por el Holocausto o la persecución a los judíos. Sus padres son conscientes del peligro que corre y la dejan en un internado cercano a Francia que acoge a niños semitas, pero no será el único lugar donde busque refugio porque en tiempos de guerra es difícil estar a salvo. En este cómic publicado en Francia el año 2017 se hace más evidente la importancia del arte y de la narración, en este caso en imágenes, para acercarnos a la historia.

La guerra de Catherine vio la luz por primera vez el año 2012 con una única imagen en la portada y con muchas páginas más. Fue seleccionado por el Ministère d’Education Nationale y se leyó en las aulas de estudiantes secundaria franceses -la prescripción lectora se convierte muchas veces en una bendición- y muy pronto pasó a ser un superventas dentro y fuera de Francia.

Se trata de una historia que mezcla realidad y ficción a partes iguales. Por ejemplo, la madre de la autora fue una entusiasta de la fotografía que de pequeña estuvo internada en la Maison d’Enfants de Sèvres, la misma donde se refugió Catherine. La escuela se ubicaba en una gran propiedad rodeada de bosques que antes de la Segunda Guerra Mundial estuvo al servicio de una comunidad religiosa. Más tarde, fue el hogar de niños que no tenían aseguradas sus necesidades mínimas por motivos de orfandad, abandono o pobreza extrema.

Tras la ocupación nazi y por expreso deseo de su directora, Yvonne Hagnauer, o Goéland, el socorro se extendió a la acogida clandestina de niños judíos. Su propósito era evitar su deportación y logró salvar a muchos de ellos. El resto de personajes y sus historias son ficticias, pero muy similares a testimonios reales de aquel tiempo.

El entorno espectacular que rodeaba la escuela ayudaba a incentivar la creatividad y sensibilidad de los niños: “Nada es comparable al crepúsculo cuando el día se difumina poca a poco”, dice Catherine. A pesar de que la joven protagonista cuenta los días que hace que no ve a su familia intenta disfrutar de todo lo bueno que la rodea: los paseos por el bosque, su cargo como responsable del taller de fotografía, los enfrentamientos con la presidenta de La Pequeña Sociedad, el periódico escolar con el que colabora con las fotografías de la Rolleiflex que le presta Pingouin, el marido de Goéland, sus amigos Sarah y Jeannot, etc.

Es a través del arte de la fotografía el mejor camino para intentar entender todo lo que ocurre a su alrededor sin juzgar, solamente con el objetivo de la cámara como filtro. Desde unas bailarinas que ensayan en el bosque que rodea el internado, hasta las caras de los compañeros y profesores que no verá jamás y tantos otros héroes como la resistencia. También el rostro de su amada Alice, una niñita a la que tiene que convencer de que lo mejor que les puede pasar es separarse para reencontrarse tras la guerra más mayores, más fuertes y sabias pero con las mismas ilusiones de cuando se conocieron.

Goéland y l’École Nouvelle

Goéland y su marido Pingouin (Roger Hagnauer) son dos personajes fundamentales en la obra y dos figuras claves en la educación y labor humanitaria. Goéland aparece como una entrañable mujer de pelo gris de carácter vivaz y resolutivo que se preocupa por educación y la seguridad de los niños. Por su parte, Pingouin es el que ofrece a Catherine la cámara fotográfica que será el instrumento para representar el mundo y contar su historia. Según Catherine: “Pingouin, el marido de la directora, me prestó una Rolleiflex cuando me nombró responsable del taller de foto” y añade: “Desde entonces no me separo de ella”. Llama la atención que Pingouin colabore en el proceso de revelado de fotos, pero que nunca tome la cámara entre las manos. Tiene una explicación que Catherine conoce, Pingouin es incapaz de hacer fotos desde que fue prisionero al inicio de la guerra y Catherine sospecha que pertenece a la red de la Resistencia.

Goéland y Pingouint fueron dos maestros laicos y defensores de los derechos humanos que formaron un buen equipo en La Casa de los Niños de Sèvres. Además de no hacer diferencias entre los niños y no imponerles llevar la estrella amarilla, distintivo de los judíos que según mandato nazi debían llevar cosida a la ropa, pusieron en marcha una pedagogía innovadora inspirada en l’École Nouvelle. En las imágenes del libro se puede observar la distribución de las mesas en forma de u y las oportunidades de los alumnos de expresar su opinión de forma abierta. Además, se les permite descubrir y explotar sus habilidades al organizar clases de música, baile, escritura, canto, etc.

Catherine es consciente de las bondades de la educación que recibe: “Los alumnos eligen cómo emplear su tiempo. Los profesores nos animan a buscar en los libros y a aprender por nosotros mismos”. Según ella, en esta escuela cada alumno es responsable de su propio proceso de enseñanza-aprendizaje y los libros sirven para indagar según el grado de curiosidad. Los profesores, por su parte son los guías que alientan su pensamiento crítico y autonomía. Una representación de los principios de la Escuela Nueva, l’École Nouvelle, cuyo principal precursor fue Comenius, que consideraba a los niños como seres humanos completos capaces de pensar, expresarse y percibir.

A lo largo de su huida por toda Francia Catherine experimentará otros métodos pedagógicos que no comprueba que no son tan eficaces como el que recibe en la Maison de Sèvres, pero los métodos de Goéland y su equipo han conseguido transformarla hasta el punto que es capaz de poner en práctica lo aprendido como profesora.

Los conflictos y el arte

Es evidente que en situaciones de crisis y conflicto el ser humano se queda bloqueado y sin posibilidad de reaccionar de forma coherente. El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, opera un estímulo capaz de dar la vuelta a todo. Ana Frank fue una adolescente judía que se refugió en la escritura de su diario para soportar su encierro en la casa de atrás: “No pienso en la miseria sino en la belleza que aún permanece” y la firmeza que mostraba en esta otra frase: “Me gustaría seguir viviendo incluso después de mi muerte”. Un deseo hecho realidad a través de la escritura que también se confirma con Catherine a través de la fotografía, porque ella construye historias, no con palabras, sino con imágenes fijas capaces de captar instantes irrepetibles que transcienden más allá de su estatismo y que el punto de vista de la fotógrafa les da un sentido único y personal.

El propósito de Catherine es retratar su mundo y todos los que forman parte de él. En un principio se limita al entorno natural que rodea la Casa de los Niños y los profesores, compañeros y amigos que conviven con ella. Cuando el peligro es inminente decide representar su guerra”, hacer acopio de sus experiencias personales que se convierten en parte de la memoria histórica. En relación a la apropiación de los espacios a través de su representación por medio del arte, la socióloga y antropóloga francesa Michèle Petit afirma que:

«Para que el espacio sea representable y habitable, para que podamos inscribirnos en él, debe contar historias, tener todo un espesor simbólico, imaginario, legendario. Sin relatos — aunque más no sea una mitología familiar, algunos recuerdos—, el mundo permanecería allí, indiferenciado; no nos sería de ninguna ayuda para habitar los lugares en los que vivimos y construir nuestra morada interior».
Leer el mundo, Michèle Petit (Fondo de Cultura Económica, 2015)

Catherine es una contadora de historias, tal como leemos en Petit, y por eso su paso en el mundo está más que justificado; a pesar del miedo, las renuncias, las pérdidas y la incertidumbre.

Algunos pensadores que sobrevivieron a la persecución nazi y a los campos de concentración fueron Primo Levi, Bruno Bettelheim y Victor Frank. Los tres tienen en común el afán por trasladar en sus obras la esperanza en la bondad y la salvación del hombre gracias a la cultura, la historia y el arte. Dos de ellos, Primo Levi y Bettelheim pusieron fin a su vida y destaca Bettelheim -el escritor y psiquiatra autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas– que tomó esa decisión a los 86 años. No es el mismo caso que Victor Frank -considerado el padre de la logoterapia o el estudio del significado y sentido de la existencia humana- que aprendió a pilotar aviones cuando estaba a punto de cumplir los setenta años. Una de las frases que mejor resume su pensamiento dice así: “El hombre que no ha pasado por circunstancias adversas, realmente no se conoce bien”.

El viaje del héroe

La primera medida de seguridad que Goéland y su equipo les recomiendan en su nuevo hogar a todos los niños de origen judío es cambiarse de nombre y no utilizar jamás el anterior. Es una alternativa a la estrella de David que, por el contrario, no los señala ni delata. De este modo, Rachel pasa a ser Catherine; Samuel, Sylvain, y Sarah, Sabine. Bajo una nueva identidad el temor de los niños es que sus padres lo tendrán muy difícil para encontrarlos. La importancia del nombre dado por los progenitores es fundamental para el crecimiento personal y la percepción de uno mismo. Así ocurre en diferentes culturas y un ejemplo de ello es el inicio de este cuento:

«El nombre que me dio mi padre es Walimai, que en la lengua de nuestros hermanos del norte quiere decir viento. Puedo contártelo, porque ahora eres como mi propia hija y tienes mi permiso para nombrarme, aunque sólo cuando estemos en familia. Se debe tener mucho cuidado con los nombres de las personas y de los seres vivos, porque al pronunciarlos se toca su corazón y entramos dentro de su fuerza vital. Así nos saludamos como parientes de sangre».
“Walimai” en Cuentos de Eva Luna, Isabel Allende (Plaza y Janés, 1989)

Como el cambio de nombre no es suficiente, el próximo paso es dejar el hogar que les da cobijo y comida. Es a partir de ese momento cuando Catherine se hace una promesa a ella misma: “Regresaré para contar mi guerra en imágenes” y empieza el periplo de una heroína que llega a reconocer el buen sabor de la carne de cerdo que su religión les prohíbe probar.

Catherine deja el internado y es acogida por diferentes personas. El monasterio de Saint-Eustache cuyos rígidos métodos pedagógicos contrastan fuertemente con los de Goéland y el resto de profesores. La granja cercana a Limoges donde conocerá la bondad de una modesta y cariñosa familia donde la pequeña Alice descubre la dicotomía entre amar y comer los animales y la sólida formación de Catherine se hace evidente en la escuela rural. El orfanato al pie de los Pirineos donde Catherine imparte clases inspirada en los métodos de la Casa de Sèvres y convierte la biblioteca en su refugio. La convivencia con una joven de la Resistencia que enfoca sus habilidades hacia la cocina y el bricolaje. Hasta el fin de la guerra y la liberación de París de manos de los alemanes que todos los franceses celebran con júbilo.

El regreso al hogar

Este peregrinaje de Catherine por diferentes regiones de toda Francia se equiparan con el obligado camino que deber recorrer el héroe, en este caso heroína, para su formación vital que le ayuden a madurar a través del viaje, las aventuras y el paso del tiempo. Se puede considerar La guerra de Catherine como un bildungsroman, es decir, una novela de formación o aprendizaje donde, en este caso, la maduración va aparejada a la supervivencia y el auxilio de los mayores es la esperanza de la “construcción” entendida como la salvación de un peligro real que asoló gran parte de Europa en el siglo pasado.

El libro termina con la victoria de los aliados y la caída del régimen nazi. Una Catherine ya bastante más crecida que cuando se inició la historia trata de reencontrarse con su pasado. La visita a la Casa de Sèvres es obligatoria porque, a diferencia de su hogar materno donde no la espera nadie, allí se encuentran sus amigos y profesores. En el sitio donde fue feliz lejos de los suyos es capaz de llegar a un conclusión terrible: “¿Mis padres están muertos? Es la primera vez que me atrevo a pronunciar estas palabras en mi cabeza”. Lo único que le queda es su pasión por la fotografía y los recuerdos que debe modelar de forma consciente, ya que como advirtió Primo Levi: “Un recuerdo evocado demasiado a menudo y expresado en forma de historia tiende a convertirse en un estereotipo cristalizado, perfeccionado, adornado, instalándose en sí mismo en el lugar de la memoria pura y dura, creciendo a sus expensas”.

El holocausto es todavía hoy un tema recurrente en la literatura. No sabe de tendencias ni se limita a unos pocos géneros, también es apto para cualquier edad y condición. Con La guerra de Catherine nos encontramos con una joven que se ve obligada a huir a toda prisa de forma constante. Muchas veces lo único que consigue llevarse con ella es la cámara de hacer fotos que constituye su forma de mirar, de expresarse y también de recordar su pasado.

Conociendo la predilección de los franceses por la bande dessinée era de esperar que se adaptase en imágenes en formato cómic, hecho que ocurrió en mayo de 2017. Un año más tarde se ha traducido a otros idiomas, como el español que publica la editorial Astronave, el sello juvenil y crossover de Norma Editorial con las maravillosas imágenes de Claire Fauvel. Ahora el próximo paso es la adaptación en pequeña o gran pantalla.

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