La hora de los relojes

La hora de los relojesFran Nuño
Ilustraciones de Enrique Quevedo
Vigo: Faktoria K de libros, 2011

Me gustaría saber más de poesía; también de arte, de cine, de cocina, de relojería, de filosofía, de peinar gatos y bañar perros. Me gustaría saber mucho más de todo para poder contar cosas indiscutibles, pero no es así. Solo puedo contar lo que me pasa dentro cuando leo poesía, cuando huelo un buen guiso, cuando veo una peli que me gusta, cuando un cuadro me hace tilín o un despertador no me deja dormir con su traqueteo de horas interminables. Por eso voy a contaros lo que me pasó al leer el libro de Fran Nuño. Un libro que hace del tic tac de los relojes y de su camino de horas infinitas, una lectura que disfruté y me hizo recordar a las siestas en el pueblo, mientras intentaba evitar dormir después del almuerzo.

Abrí el libro con cierto reparo, lo confieso. Y con gran respeto porque sabía que allí dentro había poesía y yo no me considero gran lectora de poesía por lo tanto, soy muy excéptica. Comencé leyendo muy rápido (son poesías muy cortas y fáciles de entender), pero poco a poco fui cayendo en la cuenta de que mi lectura se iba enlenteciendo, que tardaba en pasar las páginas, que ya no dirigía yo mi lectura sino que era la propia poesía quien iba pautando mi avance verso a verso.
Descubrí pinceladas de homenaje a mi gran amigo Jairo Aníbal Niño entre el tic tac de los relojes de Fran, me re-encontré con ese tipo de poesía que de tan sencilla, me hace caer tan profundamente en la palabra, que me pierdo en ella durante eternos minutos, como cuando dice el autor:

El templado relojero
siente el corazón del tiempo
en la yema de los dedos.

Y entonces me pregunté, y si en lugar de un relojero fuera un herrero, o un cirujano, o un albañil, y si fuera un torero o una oficinista, cómo sentiría el corazón del tiempo una aguamarina.

También me he reído, he asentido con la cabeza en algún verso, he traído desde mi memoria el sonar de aquellas máquinas precisas de mi infancia a la que mi abuela daba cuerda para que no dejaran de avanzar. Incluso he comentado alguna idea en voz alta como si fuera posible hablar con el reloj que dos veces al día, nos da la hora exacta.

En cuanto a las ilustraciones, creo que juegan a ser poesía, con sus colores entonados, espacios rimados, su equilibrio de líneas asonantes y consonantes, sí,  creo que son imágenes pensadas para seducir desde la inocencia de las formas. Parecen antiguas y son atemporales, como los relojes, como el espacio interior, como las sonrisas.

Me ha gustado leer La hora de los relojes, alguna poesía me ha atrapado más que otra, pero eso está bien, porque leer es parte de una experiencia personal y no todas las experiencias son iguales. Tic tac, tic tac, tic tac tac tac…

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