La feria de la noche eterna

La feria de la noche eternaJoan Manuel Gisbert
Zaragoza: Edelvives, 2011

Buscando una referencia que sirva para entender qué tipo de literatura hace Joan Manuel Gisbert y que, al mismo tiempo, ayude a relacionar sus características generales con esta novela, me he encontrado con el texto de una conferencia impartida por la especialista en LIJ Rosa Huertas Gómez cuyo título, El misterio en la obra de Joan Manuel Gisbert, ilustra a la perfección uno de los pilares básicos en los que se asienta el trabajo del autor catalán. En ella se puede leer:

“En sus novelas es lo fantástico, lo inexplicable, lo sobrecogedor, lo que surge en medio de lo cotidiano. Y es mucho más inquietante esta aparición inesperada, porque el final no nos va a devolver a una realidad tranquilizadora sino que nos va hacer cuestionarnos hasta la consistencia de lo tangible. Sus novelas se mueven en la delgada línea que separa realidad y fantasía. Lo fantástico aparece como una cara más de la realidad. La duda y el misterio se instalan tanto en los movimientos de los protagonistas como en las expectativas de los lectores. (…) En las obras de Gisbert realidad y fantasía se funden, no sabemos en qué momento hemos pasado de la una a la otra o si realmente lo hemos hecho. (…) En la estructura encontramos siempre un planteamiento sugerente, un progresivo internamiento en el enigma y una progresión hacia lo desconocido, lo que hace que en ningún momento decaiga el interés del lector. (…) Gisbert suele dejar una vía abierta al porvenir, a las posibilidades futuras del ser humano en su ansia de conocimiento.”

Todos y cada uno de estos rasgos característicos de la obra gisbertiana son perfectamente aplicables a La feria de la noche eterna, su más reciente novela juvenil protagonizada por Emilio, un adolescente muy aficionado a los libros de ciencia ficción, que es enviado por su madre a un pequeño pueblo costero junto con su tío Hugo, alguien con quien apenas ha mantenido contacto en su vida; pero lo que el muchacho espera que sea una estancia aburrida se convierte en una experiencia inolvidable a causa de la presencia en las afueras del pueblo de una extraña e inquietante feria de atracciones cuya mera apariencia nos hace intuir que oculta importantes secretos, aunque hasta el final es imposible averiguar de qué naturaleza son. Tras la apariencia de una normalidad cotidiana se ocultan verdades, algunas de las cuales solamente al final podrá despejar Emilio –nunca sin la imprescindible ayuda de la enigmática Georgia y del propio tío Hugo, que juega un papel mucho más importante de lo que en principio podría esperarse de él–, de suerte que descubre gracias a ellas su condición de depositario de un conocimiento inimaginable para el común de los humanos. He dicho a propósito anteriormente que despeja algunas de las incógnitas planteadas porque Gisbert se cuida muy mucho de dejar al libre albedrío de los lectores la interpretación de algunos datos así como la continuación de una historia, que no queda ni mucho menos cerrada.

¿Se trata de su novela más brillante? A pesar de su corrección creo que no, más bien se sitúa en la media de su producción literaria, pero sucede que, en su caso, eso ya es decir bastante, y además cuenta con un valor añadido como es el hecho de que de forma sibilina y muy hábil induce a los lectores a adentrarse en la literatura de ciencia ficción, y no de cualquier manera, sino empezando por los clásicos, los más grandes del género: James G. Ballard, Ray Bradbury, Stanislaw Lem, Isaac Asimov, Ursula K. LeGuin, Arthur C. Clarke o Italo Calvino son algunos de los nombre que deja caer a lo largo del libro, así como varias de sus obras cumbre, como El país de Octubre, Fahrenheit 451, Las doradas manzanas del sol, Las Ciudades Invisibles o Crónicas Marcianas, entre otras. Este sentido homenaje a un género tradicional e injustamente infravalorado es el colofón idóneo para recomendar una historia que nos traslada a una dimensión desconocida, turbadora y atractiva de la que afortunadamente es difícil salir.

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