La biblioteca, un espacio de convivencia

Mercè Escardó i Bas
Madrid: Anaya, 2003

Este libro es la biografía de una bibliotecaria tan entusiasta como ingenua, dando por hecho que sólo desde la ingenuidad es posible llevar adelante una empresa tan envidiable como la que cuenta.

Sin compartir las concepciones idealistas que su discurso sostiene sobre la biblioteca, la lectura, los lectores y los libros, reconozco que esta bibliotecaria ha conseguido lo que profesionalmente se llama realizar el sueño de una vida y, al mismo tiempo, realizarse como persona. Algo insólito en estos tiempos en que lo habitual es maldecir el trabajo y aborrecer incluso la felicidad que éste nos proporciona todos los meses.

Mercè Escardó transpira a lo largo de estas páginas una vitalidad y un entusiasmo por el trabajo realizado digno de aplauso.

En la primera parte del libro, su autora evoca cómo se inició en esta labor, cómo se fue consolidando como bibliotecaria y, finalmente, cómo sigue inventando para mantenerse viva en este oficio.

En la segunda parte, el libro nos ofrece un conjunto de actividades y refuerzos prácticos que, durante veinte años, su autora ha desarrollado para despertar y mantener la biblioteca como un espacio de convivencia, involucrando en dicho proyecto a todo tipo de instituciones.

Para más satisfacción del lector, el libro viene acompañado por un CD donde se contemplan los objetivos, los refuerzos y las actividades que se han descrito en el libro.

En cuanto al fondo teórico, que subyace en esta obra, me gustaría hacer algunas consideraciones…

En primer lugar, observo un discurso humanista que roza cierto grado de fundamentalismo lector. Desde esta perspectiva, la biblioteca no sólo es un espacio de convivencia, sino de transformación de los sujetos que lo habitan. Para la autora, la biblioteca es el lugar ideal para el desarrollo humanitario. Quienes pisan una biblioteca son seres singulares y privilegiados. El contacto con los libros nos hace mejores personas, mejores ciudadanos, más creativos y más imaginativos.

En segundo lugar, las bases “didácticas” en que se apoya el discurso de Mercè Escardó arrojan un toque irracionalista. El campo semántico de este discurso está lleno de palabras como “amor”, “entusiasmo”, “intuición”, “fantasía”, “magia”, “imaginación”, “alegría”. Así, la autora no dejará de repetir una y otra vez que la biblioteca es un “lugar mágico” y que las actividades propuestas “sólo pueden hacerse con intuición y alegría”. Como colofón, leeremos que “los niños necesitan que les ayudemos a creer para que no pierdan la “ingenuidad” y que “leer en Can Butjosa -nombre de la biblioteca- “es como leer un cuento”.

Resulta, también, sintomático que los autores que, desde el punto de vista didáctico, que más cita Escardó son Freinet y Rodari, dos pedagogos que no se distinguieron precisamente por defender la dimensión cognitiva del aprendizaje.

La síntesis de ambas corrientes se resumen en decir que la Biblioteca, caso de serlo, tiene que convertirse en una educadora social. Por eso, no dudará en afirmar que “los bibliotecarios tenemos la clave para ayudar a los jóvenes en situación de riesgo”.

A este paso, pronto pedirán cuentas a las bibliotecas del déficit democrático de la sociedad y de las bajadas y subidas irresponsables del IPC.

Mercè Escardó, a pesar de su profesión de ingenua y de entusiasmo, no es tonta, y sabe que las cosas no son tan sencillas, ni tan conductistas. Por eso, se preguntará si es propio de la bibliotecaria actuar así. Actuar así, significa dedicarse al oficio de bibliotecaria con todo el amor y todo el entusiasmo posibles. Y con mucha sensatez afirma: “Esta pregunta, por ella misma, puede ser más paralizante que todos los obstáculos posibles que un bibliotecario puede encontrarse en su vida”. Sin duda.

Para la autora, al margen de discursos sociales y teorías cognitivas sobre la lectura y la animación, lo más importante es la opción y voluntad personales. El primer paso consiste en decidir si, realmente, estamos o no por la labor de vivir con intensidad el trabajo elegido, en este caso de bibliotecaria, o, sencillamente, limitarnos a ser mediocres funcionarios que reparten, eso sí, con toda la dignidad y profesionalidad posibles, los libros que les son solicitados por los usuarios.

Ásta es posiblemente la lección sutil del libro: sin “amor” al trabajo (cámbiese por el sustantivo que se considere más acorde con la psicología personal) es imposible convertirlo en una fuente de satisfacción. Una reflexión que, hoy por hoy, podemos considerar como “políticamente incorrecta”. Bienvenida sea.

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