El último oso

Hannah Gold
Duomo, 2021

Si eres de los que sienten (como verás no he dicho «piensan») que los animales pueden comunicarse con los seres humanos, y de los que sea cual sea el tipo de animal estás convencido (observa, no he dicho “te parece”) de que pueden sonreír y llorar, de algún modo, prepárate para una historia que te hará derramar alguna que otra lágrima. Digo esto con conocimiento de causa.

April, una niña de once años, viaja hasta el Círculo Polar Ártico junto a Edmund, su padre y científico de profesión, para que pueda hacerse cargo durante seis meses del observatorio meteorológico que hay allí. La abuela de la niña, y madre del energúmeno que quiere llevarse a su nieta a una isla perdida en medio del Ártico, no lo ve con buenos ojos. ¿Qué demonios van a hacer ellos dos solos en una diminuta isla en medio del mar de Barents?

Bjørnøya, su nombre original en noruego, se llama así por ser un territorio hasta donde el oso polar llegaba… Sí, en pasado. Cada vez hay menos hielo en aquellas latitudes, y cada vez hay menos osos. Es decir, en esa isla no debe haber ningún oso polar, tan solo frío, mucho frío, y un sol de medianoche maravilloso que van a tener la suerte de contemplar. Repito, en esa isla no debe haber ningún oso. Entonces… ¿por qué hay uno?

Una nota de la autora al final del libro explica la motivación para escribir una historia así, la historia de la increíble amistad de una niña pequeña con uno de los animales salvajes más fascinantes, uno de los carnívoros más grandes del planeta. Y da igual que sepamos que eso es imposible, porque está bien contada, alejada de toda ñoñería, ofreciéndonos la oportunidad para conocer un poco mejor una zona olvidada (cada vez menos por la cantidad de recursos que las grandes potencias pretenden explotar) pero crucial para el futuro del planeta, al tiempo que cuenta una historia de duelo (la madre de April murió hace años en un accidente de tráfico) en la que un padre se sumerge en su trabajo hasta el punto de despreocuparse por completo de su hija, y esta consigue, a través de su amor por los animales, sentirse un poquito menos sola. Su padre utiliza el concepto escandinavo friluftsliv para referirse a la pasión que siente su hija por la naturaleza, y la recuerda retozando en el jardín mientras él la miraba desde la ventana… igual que su madre. Naturaleza y amor, tan necesarios ambos.

Acercar a los más jóvenes el mundo natural es esencial si queremos que cuiden y respeten el hogar que van a heredar. Más allá del cambio climático, del calentamiento global, de la desaparición de especies, está la necesidad de convivencia que la especie humana ha ido desarrollando con el resto de animales desde el principio de los tiempos. Esta historia no los humaniza, y quizá por eso llegue más al corazón. Galletas untadas con mantequilla de cacahuete no son la mejor comida para un oso polar hambriento, pero funcionan perfectamente como conexión entre el mundo humano y el mundo salvaje. Un mundo salvaje cada vez más amenazado por la civilización. ¿Llegarán las futuras generaciones a ver el deshielo del Ártico? Probablemente, y las consecuencias las sufrirán también. Historias como esta que nos cuenta Hannah Gold son indispensables, no ya para concienciar sino para recordar que tan frágiles como los osos polares somos los seres humanos… solo que lo ignoramos y disfrazamos esa vulnerabilidad con soberbia.

Es un libro maravilloso con momentos divertidos, angustiosos, lleno de toda la ternura imaginable en una niña capaz de hablar con los animales “desde dentro”, como si estuviera hecha de agua, dice ella. April Wood es un personaje delicioso que brindará al lector que se acerque, con curiosidad, a esta historia, unos momentos memorables.

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